Tres cerros y una Cañada Espinosa

El Sur y el Este del macizo de Cucadero-Cañamaya rebosan de atractivos; entre ellos el Cerro del Castillo-Peñas Cabreras, recientemente puesto en el mapa por un sendero señalizado (SL-A-190) que arranca -o pasa- por Sillar Baja. Dicha ruta en realidad se mantiene en los bordes del macizo, y soslaya sus -para mí- principales atractivos: los arroyos de la Garduña (Cañada Espinosa) y el que llamo de Los Chorros a falta de nombre en los mapas. Este último es un precioso cañoncito calizo con bosque galería… de encinas, y que casi siempre lleva agua. Y Cañada Espinosa guarda un  impresionante río… de majuelos, que es una apoteosis en Mayo. Si añadimos el Cerro del Cucadero, que ofrece en vistas mucho más de lo que cuesta en esfuerzo, el placer está asegurado.

Distancia: 11,3 Km completa; posibilidad de recortar descartando opciones.
Altitud mínima: 1.284 m
Altitud máxima: 1.603 m
Desnivel acumulado: 660 m
Dificultad: Baja (Media en puntos concretos)
Tiempo estimado de marcha: 4h

Terreno: Subeybaja entre cerros calizos con sus típicos lapiaces y peñascos, alternando con zonas margosas más suaves. Dos recoletos arroyos/vaguadas aportan agua y verdor, incluyendo una fuente de caudal permanente. La vegetación arbórea es casi exclusivamente de encinas, que cobijan las primorosas peonías en primavera, y se mezclan con retamas, aulagas, plantas aromáticas y los sempiternos majuelos, que llegan a predominar en determinadas zonas.

Cuándo ir
Puede hacerse todo el año, aunque en invierno, con nieve o hielo puede tener algún paso resbaladizo. Hay que evitar en todo caso el pleno verano, por seco. Bien entrado Mayo es el momento ideal, con prados verdes, agua en los arroyos, peonías bajo las encinas y majuelos en flor.

Cómo llegar
Tomaremos la A-92 hasta la salida de Diezma (276). Sin llegar a entrar en el pueblo, el vial de acceso desemboca en una calle o carretera que tomamos hacia la izquierda, desandando camino más o menos paralelos a la autovía (por lo que era la antigua Carretera de Murcia). Nos servirán de orientación los carteles que, a la salida del pueblo, indican el Hotel Señorío de Rías, cuyo desvío encontraremos, a la izquierda, a 3,3 km del pueblo. Justo pasado el desvío -que no tomaremos-, una zona de asfalto desaparecido nos invita a aparcar.

Punto A

Es la zona donde el famoso corrimiento de la A-92 (bueno, uno de ellos) se llevó por delante a esta carretera y a su hermana mayor de más abajo. Se conservan los pozos de drenaje que se hicieron en su momento. Si está muy embarrado, aparcaremos de este lado; si está practicable, pasada la tierra hay arbolillos a la izquierda que sombrearán el vehículo para la hora de vuelta.

Descripción de la ruta

Plano de la ruta. Línea continua para carriles, punteada gruesa para veredas y de puntos finos para trochas o campo a través. Los números en rojo corresponden a las fotos. Sugerencia: si haces click con el botón derecho sobre el mapa y seleccionas “abrir en ventana nueva” podrás tenerlo siempre a mano para ubicar las fotos y las indicaciones.

Justo después del tramo arrasado arranca un carril a la derecha, cerrado por una barrera metálica. Ese es el comienzo de la ruta. Podemos ir por el propio carril o, visto que empieza con una pendiente totalmente improcedente, andurrear por el llano de su izquierda, para ganar altura suavemente y, derivando poco a poco a la derecha, volver a salir al carril de modo más civilizado.

Cruzado un pequeño canalillo o vierteaguas, el camino llanea entre olivos. Un poco más allá, tomaremos un ramal desdibujado que sale por la izquierda:

1. Desvío a la izquierda. El principal es el que lleva a Sillar Baja, y podría conducirnos también a la base del Cerro del Castillo, pero después de una revuelta de poca utilidad.

A través de una puerta natural entre las encinas, ingresamos en un terreno de monte bajo y retamas, por el que nuestro camino prosigue sin dificultad, llaneando hasta que comienza a bajar…

2… dándonos vistas sobre el Cerro del Castillo y Peñas Cabreras, y a sus pies el cortijo del mismo nombre.

El Cortijo está reducido a un informe corralón, pero el cerrillo en el que se asienta ofrece estupendas vistas. El carril gira a la derecha en ligero ascenso, rodeando una vaguada, y luego vuelve a girar a la izquierda, descendiendo. Si no queremos llegar hasta la bifurcación donde se toma el de las Peñas, a unos 40 m de la última curva mencionada tomaremos uno secundario a la derecha, que ataja la “V” que hacen los principales, y en un minuto estamos en el de las Peñas, que asciende hacia la base de las mismas:

3. La vista desde aquí es espectacular sobre este verdadero castillo natural, que oculta en su interior otro hecho por la mano del hombre.

Llegamos así al punto marcado en el mapa como b, justo en la base de las Peñas Cabreras. Aquí tenemos dos opciones: la corta, que procedería saliéndonos por la izquierda en la curva que hace el camino para rodear las Peñas, o la larga, absolutamente recomendada, que consiste en seguir por el carril, dejando las peñas a la izquierda, para buscar la subida al rellano entre las peñas y el Cerro del Castillo. Explicaré primero esta última, y luego volveremos sobre la opción corta.

El carril se aleja por unos momentos de las paredes de roca, para ganar altura en una revuelta, pero poco después gira a la izquierda y vuelve a mirar hacia el cerro:

4. Desde este punto tenemos una buena visual del objetivo: se trata de acceder a la melladura entre las Peñas Cabreras, a la izquierda y el Cerro del Castillo, a la derecha.

Para ello seguimos el carril, que vuelve a girar a la derecha al llegar a la base de las peñas. Unos 80-100 m después, observaremos a la izquierda unas trochillas de aspecto prometedor, que empiezan a ascender por la ladera, a contramano de la dirección que llevábamos. Las seguimos conforme van enfilando el canuto o cahorro que viene desde el llano entre los cerros. Es una subida corta y pendiente, con mucha piedra suelta, pero por lo demás perfectamente practicable:

5. La senda es compartida por humanos y ovicápridos, por lo cual se divide y entrecruza mil veces. Se trata de escoger el ramal que nos resulte menos penoso, y soñar con la recompensa mientras rompemos a sudar.

Y la recompensa no tarda en llegar: en unos minutos accedemos a la escotadura entre los cerros:

6. Que es un hermosísimo llano verdeante de hierba, con el Cerro del Castillo a la derecha y las Peñas Cabreras a la izquierda. Entre dos de las paredes de estas últimas, nos llama la atención un desvencijado muro de mampostería: se trata de los restos del Castillo de Cabrera, a los que vale la pena acercarse.

El Castillo de Cabrera (Hisn Qabrira, tal como se cita en las Memorias de Abd Allah) es un establecimiento fortificado postcalifal y Zirí (s. XI), del que quedan en pie esta muralla con entrada en arco de medio punto y, rodeando la peña central y en su parte superior, un ángulo de muralla de tapial.

7. Franqueada la muralla no queda nada construido, pero las propias peñas hacen de almenas de una inexpugnable fortaleza natural.

Volviendo a franquear la puerta y descendiendo al llanillo, vamos rodeando la peña más grande hasta descubrir, en su extremo derecho y en todo lo alto, una espigada ruina: el resto de lo que fue una muralla de tapial (cemento de cal), que queda como testigo de tiempos pasados. Se puede subir hasta la misma, si tiene uno habilidad escaladora y ausencia de vértigo (…y de prudencia?), pero no es algo que pueda recomendarse para todos los públicos.

8. Si careces de prudencia, puedes disfrutar de esta vista apoteósica. Yo subí por lo que queda a mi espalda en esta foto, por una pared abombada menos pendiente que el resto hasta un estrecho pasillo entre rocas (ver foto 6). No lo intenté por el canuto de la foto. Entre el punto de toma y el peñasco donde está la muralla hay un nuevo trepadero donde alguien colocó una cuerda como asidero… pero su estado invita más bien a confiar en la propia roca.

Sea desde arriba o desde abajo, es un lugar con magia y vistas de escándalo, que bien merece la visita. Seguimos hasta el final del llano para acabar de disfrutar del paraje…

9 … dejando a nuestra espalda la peña con los lienzos de muralla inverosímilmente conservados en lo alto.

10. El final del rellano viene marcado por otro castillejo, este natural, desde el que volver a disfrutar de la vista de Sierra Nevada.

Ahora se abren de nuevo varias alternativas: volver por donde hemos venido y desandar el camino hasta el punto b; completar la subida hasta el Cerro del Castillo; y/o bajar por el empinado cahorro que comienza a la derecha del castillejo de piedras de la foto. La subida al Cerro del Castillo es fácil y no deja de ser recomendable: para hacerla, retrocederemos unos metros por el llano hasta obtener esta visual:

11. Vemos el que he llamado “castillejo” justo en el borde izquierdo de la foto. A la derecha vemos una encina y un mogote de piedra rojiza; pues entre una y otro discurre una trochilla que nos llevará sin dificultad hasta un collado en la parte superior del cerro, desde el que subir a la cima del mismo -a la derecha- ya será pan comido.

12. Y la recompensa, grande, pues ya las Peñas Cabreras -que apenas asoman la cabeza justo enfrente- no nos tapan la vista de los 360º, con toda la Sierra a nuestra disposición.

De hecho se puede recorrer sin dificultad toda la plataforma superior hasta la segunda cima del cerro -a la izquierda desde el collado-. Queda a voluntad de cada cual. La vuelta al rellano es por el mismo camino.

De nuevo en el rellano, explico la bajada por este lado; es pendiente y por momentos traicionera, con un par de momentos propicios al resbalón…

13 … como puede verse, con esa sendilla de cabras al pie de esos “moai” como de Isla de Pascua…

… Así que estáis disculpados si decidís volver atrás hasta el punto b. El canuto ahorra tiempo, que duda cabe, si sois de paso firme. De hacerlo, en llegando a la base de los peñascos, hay que dejarse guiar por la trocha, hacia la izquierda, para salir a la vereda que viene por fuera de las Peñas:

14. En este punto donde un hito de buen tamaño marca sin duda, para los que vienen por la vereda, el punto para ascender por donde nosotros hemos bajado.

Si no os queréis complicar la vida con el castillo, en el punto b tomaríamos una huidiza senda que deja las peñas a la derecha:

15. Tal que por aquí: por esa entrada herbosa a la izquierda del camino, hacia el hueco entre las encinas. En verano puede estar más clara, aunque en primavera la hierba y las flores tienden a difuminarla un poco. Luego, entre las encinas, va progresando con bastante claridad, y solo hay que ir atentos a no tomar alguna desviación que baje hacia la izquierda, sino mantenerse siempre a poca distancia de los peñascos.

Toda la zona es un paraíso para escaladores, que llaman a esto el Naranquito, y no es raro sorprender alguna cordada colgada sobre nuestras cabezas. Sus idas y venidas buscando la pared de la jornada marcan trochas hacia la roca que pueden llevarnos a algún renuncio, pero en general, manteniendo la cota y eligiendo siempre la senda más principal, no debemos tener problema en llegar hasta el hito de la foto 14.

A partir de ahí, continuamos con la misma tónica:

16. Vereda exigua pero razonable, que prosigue casi llaneando. Una indicación útil: pasaremos por encima de los peñascos que repuntan hacia el centro de la foto, así que no bajéis de esa altura.

De hecho, por encima de esos peñascos lo que hay es un terreno despejado, en suave pendiente, al que llegamos después de atravesar la zona de encinar. Nos dejaremos caer hacia la parte inferior de ese claro, que iremos resiguiendo mientras giramos poco a poco a la derecha, en descenso, poniéndonos en paralelo al vallecito que separa al cerro del Castillo de los de enfrente, y que no es otro que el que he llamado Arroyo de Los Chorros (punto c).

La entrada exacta para cruzar el arroyo puede tener su intríngulis, porque aunque no suele llevar más que una modesta cantidad de agua, la espesura de encinas y majuelos en torno suyo puede complicarnos la existencia. Tiene varios coladeros por donde pasa el ganado, y hay que acertar con el más cómodo para nuestra ruta. De entrada, la senda que venimos siguiendo debe bajar progresivamente, lo que significa que descartaremos algún ramal que vemos que continúa por la derecha, a cota o en ligero ascenso (me barrunto que se puede rodear todo el cerro sin llegar al arroyo, pero eso no nos interesa). Se llega entonces a un punto en el que las encinas bajan hasta el mismo arroyo y parecen formar un muro frente a nosotros. No hay que enfrascarse en esa espesura; más bien, sin dejar de bajar, lo haremos hacia la izquierda, retrocediendo unos metros por un claro sin arbolado, hasta tropezarnos con una vereda más clara: es la que viene por debajo de los peñascos que nosotros hemos superado por arriba. Tomándola hacia la derecha, nos deja en el arroyo en un punto de cruce bastante franco:

17. El minúsculo arroyo de Los Chorros en el punto de cruce (c). Enfrente, del otro lado, una cuestecilla rocosa nos sacará del cauce rehundido a una terraza donde encontraremos la vereda que sigue todo su curso.

La ruta propuesta continúa arroyo arriba (a la derecha, pues), pero no me resisto a invitaros a un desvío lleno de atractivos: si tomáramos esa vereda a la izquierda comprobaríamos que puede recorrerse todo el transcurso del arroyo -con algún tramo rocoso, cierto, pero no difícil- y que atraviesa lugares de indudable encanto:

18. Como este, donde un viejo sauce viene a beber, rompiendo la monotonía de encinas y majuelos, junto a una cascadita tobácea parecce que dispuesta a propósito para solaz de ninfas y duendes. Este es el paraje que propiamente se conoce como Los Chorros, y parece claro el porqué.

La sendilla vendría a salir al final a la amplia zona de prados al Este de Cañada Espinosa, por donde acabaremos volviendo, así que también es posible -incluso más fácil- disfrutar del paraje a la vuelta, entrando arroyo arriba (foto 41). Ya lo indicaré en su momento.

Por lo pronto, volvemos al punto donde, tras cruzar el arroyo, hemos salido a la terraza o escalón por el que circula la vereda, que tomamos a la derecha. Este tramo es fácil, y nos deja enseguida a la altura de la hoya entre el Cerro del Castillo y el de Cañada Espinosa:

19. Es esta una nava de fondo plano, rellena de sedimento, donde crecen la hierba y los majuelos, y que actúa sin duda como punto de recarga del arroyo, al concentrar en ella el agua que se filtra en los cerros calizos del entorno.

Progresamos por el borde izquierdo de esta hondonada, por sendas difusas, y acabamos embocando el primer barranquito de la izquierda. Por el cauce, en un primer momento. Se podría seguir por el mismo, pero pronto los majuelos empiezan a resultar espesos y el avance complicado. Entonces es mejor salir del arroyo por la derecha, y subir unos metros por la ladera de ese lado. En cuanto nos liberamos de la cercanía de los majuelos, se puede seguir progresando hacia la izquierda, paralelos al arroyo…

20. De esta manera: a prudente distancia de los espinos, pero sin perder la referencia del arroyo.

En poco más de 100m lo que se ha venido convirtiendo en una trocha definida viene a salir a un camino que aparece por la derecha. Es un carrilillo que se ha desgajado del que anduvimos en la base del Cerro del Castillo, que llega hasta aquí tras rodear un amplio llano por encima del arroyo de Los Chorros. Ahora enfilará el Collado de Anapera, frente a nosotros, y nos sirve para progresar en esa dirección. Cruza el arroyito de los majuelos, que teníamos a la izquierda, y continúa por zona despejada y casi llana:

21. El retamar que conduce al Collado de Anapera -a la izquierda-, que separa el cerro del mismo nombre del Cerro de Cañada Espinosa, más a la izquierda.

El camino, antes de llegar al collado, se bifurca en dos: el de la izquierda enfila El Collado de Anapera, que nos dejaría directamente en la Cañada Espinosa, o Arroyo de la Garduña. El de la derecha aborda un segundo collado por donde se accede a la sendas que bajan de Cañamaya hacia Sillar Baja. Este es el que tomaremos, con idea de subir a Cañamaya y Cucadero. En realidad, es más práctico abandonar el camino por la derecha antes de la bifurcación para acompañar el curso -aquí apenas un surco en el llano- del arroyito que veníamos siguiendo. Por el borde del mismo nos acercamos al extremo derecho de este amplio llano, donde encontraremos el camino mencionado, atajando así la revuelta que haríamos si llegáramos a la bifurcación.

Tomado hacia la derecha, subimos un abrupto y corto cuestarrón tras el cual comienza a llanear. Si lo siguiéramos hasta la divisoria que nos separa de la cuenca del Arroyo de los Villares, no tendríamos más que tomar dicha divisoria hacia la izquierda para acabar subiendo al Cerro de Cañamaya. Pero vamos a hacer ese giro a la izquierda mucho antes, para ahorrarnos camino y pendiente (punto d):

22. Punto d. Justo después del primer cuestarrón se abre una zona de prado a la izquierda. Antes de que termine, y por detrás de los majuelos que vemos a la derecha, arranca una trocha que nos llevará a la base del cerro, tras cruzar una cerca ganadera que suele estar por los suelos.

Tras un breve tramo de arbustos y piedras, cruzamos una mancha de encinas y ¡oh, sorpresa! salimos a un bien trazado carril. Se trata del que recorre en un amplio bucle todo el macizo, desde el Arroyo de Prado Negro, pasando por la Solana, hasta volver al Llano de la Doncella y Almuéjar. Aquí lo encontramos justo en su extremo más oriental, donde hace una cerrada revuelta para empezar a volver hacia el Oeste. Lo tomamos hacia la derecha, completando la revuelta, y lo seguimos durante unos cientos de metros. Si solo quisiéramos coronar el Cerro del Cucadero, nos mantendríamos en el carril hasta la base de dicho cerro, donde tomaríamos un carril secundario a la derecha, abandonándolo enseguida para cruzar un extenso prado o erial y abordar la subida por su cara Nordeste. Si, en cambio, optamos por subir también el Cerro de Cañamaya, habrá que estar atentos a este punto:

23. A unos 160m de la revuelta en la que accedimos al carril, un par de mojones de cemento señalizan un aliviadero de agua bajo el camino, que corresponde a una vaguadita que en ese punto viene de la ladera. Por la misma, trochada por senda de cabras, comenzaremos a subir.

No es gran cosa como senda, y de hecho prácticamente se pierde algo más arriba. Pero el terreno es lo suficientemente accesible como para coronar esta lomilla en unos minutos. En cuanto el terreno se allana, tropezaremos con sendas que vienen perpendicularmente a la dirección que llevamos (son las que recorren la divisoria desde el camino que abandonamos en el punto d). Las tomaremos hacia la izquierda y avanzaremos con tiento, porque las más marcadas se limitan a orillar la cima del cerro, paralelas al carril, para acabar saliendo al llano que nos separa del Cucadero. Para ascender a la cima propiamente dicha habrá que derivar un poco a la derecha, intentando subir en la medida de lo posible en un terreno con pocas referencias. En cuanto cojamos la dirección ascendente, saldremos enseguida a un domo rocoso y despejado en donde, ya sin dudas, localizaremos su punto más alto. La cima del cerro de Cañamaya.

24. Tiene unas bonitas vistas, que incluyen toda Sierra Nevada. Pero aquí me interesa el entorno más inmediato: el vecino Cerro del Cucadero, del que nos separa el extenso prado que vemos en el centro. También vemos el carril, a la izquierda, y comprendemos cómo para ascender se trata de rodear la cima por el extremo superior del prado para acceder desde allí a la suave ladera Norte, evitando así los cortados más complicados. De horizonte, a la derecha, toda Sierra Arana con Orduña, Cerro de la Cruz, Cabeza del Caballo y Jinestral, con la cortijada de Sillar Alta en la base.

Bajaremos buscando de nuevo las veredas paralelas al camino. Bastará con dejarse caer derivando hacia la izquierda para no perder altura, y salir al prado por donde lo veamos más fácil. Remontándolo entero hasta su extremo superior derecho, tomaremos allí la suave divisoria que nos conducirá a la cima del Cucadero.

25. En ese ascenso cruzaremos un típico lapiaz, alfombrado de gamones…

26. …hasta llegar a la preciosa cima del cerro (punto e) que, como las buenas ofertas, vale mucho más de lo que cuesta.

27. Y como muestra, esta fantástica panorámica del macizo entero y de buena parte del Parque Natural de la Sierra de Huétor, con Sierra Nevada como imprescindible colofón (sin olvidar el Cerro del Castillo, a la izquierda, y el altiplano de Guadix, con la Sierra de Baza, Sagra, Cazorla y qué sé yó).

Volvemos sobre nuestros pasos por el lapiaz, pero no llegaremos hasta el punto por el que accedimos desde el prado. Manteniéndonos cerca del borde derecho de la loma, en cuanto superamos la zona más abarrancada vemos una bajada factible hacia la zona arbolada que se cobija a los pies de esos cortados que defienden la cima. Dejándonos caer, enseguida encontramos una sugerencia de vereda que se interna entre las encinas…

28. Es una zona sombreada donde la senda va ensartando deliciosos claros entre las encinas, donde sin duda el ganado descansará a resguardo del sol en días calurosos.

Sin más que mantenernos paralelos a los farallones rocosos que se adivinan tras las encinas, acabamos superando el extremo de la arista que dibujan, que viene a morir suavemente en la loma. Mantendremos entonces la misma dirección, incluso un poco a la izquierda, desatendiendo las sendas que pretenden continuar rodeando el cerro. En unos minutos vendremos a salir al carril que pasa por la base del Cucadero, el mismo que hemos tomado y dejado ya un par de veces. En esta ocasión lo tomaremos hacia la izquierda, y lo recorreremos durante unos 200m. Un poco antes de la bifurcación por la que entraríamos de nuevo en el prado, se aprecia un comienzo de senda a la derecha:

29. No está muy definida al principio, pero sí se ve el terreno claramente pisado por pezuñas animales.

30. En cuanto se interna entre los árboles, la senda se afirma y comienza a bajar decididamente.

Estamos ahora bajando a la hoya donde comienza la Cañada Espinosa o Barranco de la Garduña. También es posible bajar a la misma desde enfrente, donde habíamos encontrado el carril que nos ha llevado al Cucadero, si en lugar de seguirlo lo hubiéramos cruzado siguiendo al frente. Es lo que puede hacerse si no hubiéramos querido coronar los cerros.

En todo caso, lo que sigue es casi imprescindible, porque es la dirección de la vuelta (en algún momento hay que empezar a volver), y porque sería pecado no llegar a este sitio (punto f):

31. La senda viene a dejarnos en el fondo de la concavidad, donde verdes prados nos reciben y una lámina de agua profundamente azul destaca tras los árboles…

Es un depósito que se rellena con el agua de la fuente que hay unos metros antes:

32. La estupenda fuente de Cañada Espinosa, de caudal permanente (y abundante), apta para calmar la sed tanto de caminantes como de animales. Es el mejor sitio que podríamos soñar para comer, si no lo hubiéramos hecho.

Reparadas las fuerzas, seguimos bajando, bien por la derecha o por la izquierda del depósito de agua, tras el cual reencontramos el carril (sí, es el mismo todo el rato, aunque parezca mentira).

Carril abajo (a la derecha), nos vamos aproximando al Cortijo de Cañada Espinosa:

33. Que tiene una situación envidiable y unas vistas de escándalo. Lástima que sea una ruina. El valle, a nuestra izquierda, ha sido abancalado, convirtiéndose en una sucesión de escalones herbosos que antaño con seguridad fueron cultivados.

Tras una prudente ojeada al cortijo -sin entrar demasiado, por si las pulgas- continuamos camino adelante. No seguiremos en el mismo mucho rato (nos llevaría por toda La Solana hacia el Arroyo de Prado Negro). Pretendemos en cambio seguir el curso de la cañada; para ello, estaremos atentos a una encina a la izquierda del camino:

34. Es muy característica, con sus tres troncos, al borde del penúltimo escalón.

Caminaremos hasta situarnos a la sombra de la encina. Aquí, como se refleja en el mapa, tenemos dos opciones: una a la izquierda, donde el terreno hace vaguada, para tomar el canuto entre las dos peñas que forman el final de este tramo llano. Por ahí discurre una bajada pendiente y pedregosa, con riesgo de algún resbalón, pero que es la ruta más directa al nuevo rellano que hay a sus pies. Si queremos algo más de seguridad o menos castigo para las rodillas, derivaremosdesde la encina un poco a la derecha, asomándonos al último escalón terroso, y descubriremos una vereda o trocha que se adosa a la ladera, hacia la derecha, para luego ir girando hacia la base de las peñas, ya por terreno más cómodo.

En cualquiera de los casos, venimos a salir a un nuevo plato fuerte de la jornada (comida pantagruélica, esta); el punto g:

35. Es lo que yo llamo Cañada-Espinosa-propiamente-dicha: un prado en ligera cuesta, por cuya parte central, y naciendo justo al pie de las peñas que antes mencionaba, un río de majuelos, apretados como ovejas ante los lobos, se desarrolla en toda su longitud. Al fondo, el Cerro del Castillo y las Peñas Cabreras dominan el paisaje.

Me llamó la atención en las ortofotos de la zona, antes de conocer el paraje, el aspecto de ese río verde, cinta compactísima de vegetación en mitad del claro, y planteé mi primera visita aquí solo para echarle un vistazo a esta curiosidad botánica.

El río de espinos es impenetrable en casi toda su longitud. Si nos pegamos a su borde mientras descendemos el prado, cerca del final descubriremos un coladero:

36. En este punto ralean un poco los majuelos y es posible cruzarlos. A la derecha, el terreno se abarranca porque es aquí donde el Barranco de la Garduña ha decidido proseguir su descenso. Hay que andar con ojo porque, entre nosotros y los espinos hay una cerca ganadera bastante desvencijada, poco visible entre los juncos, pero que hay que superar sin dejarnos un tobillo en el empeño. Hecho esto, solo hay que caracolear un poco entre los arbustos para llegar al otro lado.

37. En Mayo, con los espinos en flor, es todo un espectáculo de blancos sobre el verde rabioso de la hierba. Al fondo a la derecha vemos las peñas gemelas que cierran el prado. Por encima está el vallecito escalonado donde se ubica el Cortijo de Cañada Espinosa. Tal parece que el agua se infiltra en el subsuelo en dicho tramo para reaparecer, oculta entre los arbustos, justo en la base de las peñas.

38. En el extremo opuesto, un nuevo castillejo de peñascos repunta para poner el punto final al paraje. Vale la pena treparlos -rodeándolos por la izquierda- para ganar una estimulante vista del paisaje circundante, incluyendo la A-92 que veremos casi a nuestros pies.

Se podría salir de aquí por la izquierda de esas peñas, buscando las trochas que, a través de un par de escalones, nos acercarían a los prados que preceden al arroyo de los Chorros. Pero la salida más franca es por la derecha, pegados al bosquete que vemos en la foto anterior, donde enseguida encontramos vereda que baja pegada a ese lateral de las peñas:

39. Un par de escalones de piedra nos dejan en una suave ladera, por donde la sendilla acaba llegando a un collado dominado por una torre de tendido eléctrico, y cruzado por el carril que viene de La Solana y se dirige hacia Peñas Cabreras, que tomaremos hacia la izquierda.

En poco más de 100m encontramos una bifurcación, donde escogemos el ramal de la izquierda, evitando el que baja a la derecha…

40. Entramos entonces en los amplios prados entre Cañada Espinosa y el arroyo de los Chorros, por donde el camino serpea, no blanqueando en este caso, sino enrojeciendo de arcillas producto de la descalcificación de las calizas margosas.

41. Insensiblemente nos acercamos a arroyo, orillado por hermosos fresnos, que el carril acabará cruzando por un paso despejado.

Este es el punto que comentaba allá por la foto 18: si tenemos tiempo y ganas, en vez de cruzar sin más podemos continuar ascendiendo por este lado del arroyo hasta llegar a Los Chorros, y allí remontar el curso cuanto nos pida el cuerpo, disfrutando de las pequeñas pozas, saltos de agua y umbríos rincones que nos esperan a no más de 300m de aquí. Luego desandaremos el camino hasta este punto para continuar la ruta.

Cruzado el Arroyo, el camino tiene un nueva bifurcación, en la que tomaremos el ramal izquierdo, y luego emprende una subidita muy suave entre el encinar, para culminar junto a una nueva torre eléctrica, donde salimos a terreno más despejado…

42. … con estupendas vistas. En primer término la antigua carretera de Murcia, que viene subiendo a nuestro encuentro.

43. Un poco más allá, un pintoresco conjunto de cipreses y álamos, junto al único pino de la jornada, avisan de la existencia de un cortijo abandonado.

Nuestro camino viene a morir en el que sube de dicho cortijo a Peñas Cabreras. Como las Peñas ya las conocemos, tomaremos hacia el cortijo, a la derecha. Bien por el camino o trochando su última revuelta, llegaremos a esta última ruina, melancólico lugar que sin duda conoció tiempos mejores, pero que conserva todavía el encanto de su avenida de cipreses frente a una alberca circular, abiertos ambos al amplio horizonte que domina Sierra Nevada.

El cortijo contaba con su propio acceso desde la carretera, y si no queremos complicarnos la vida -o tenemos querencia por el asfalto- no hay más que tomar dicho camino para salir a la carretera y remontarla hasta el vehículo. Si, en cambio, queremos seguir pisando tierra y hierba, cruzaremos la vaguada que sigue al cortijo, manteniéndonos paralelos a la carretera.

44. De momento, la vista desde allí hacia los árboles del cortijo, a esta hora de la tarde, no deja de tener su encanto.

A partir de ahí seguiremos trochas y sendas que, inexorablemente, nos irán acercando a la cinta de asfalto, a la que saldremos cuando buenamente entendamos que no vale la pena retrasar más el momento y aferrarse a la ilusión del paraíso; todo se acaba. Pero que nos quiten lo andao.

Track de la ruta en wikiloc