Dehesa de San Jerónimo (I)

Esta hermosa circular nos adentra en el meollo del valle alto del Monachil, por tierras de la Dehesa de S. Jerónimo. En lo que hoy es casa de retiro de las Adoratrices pararon Boissier y otros naturalistas, siendo este uno de los puntos clásicos de acceso para los esforzados montañeros que se acercaban a las alturas de Sierra Nevada. Paraíso botánico, alberga uno de los robledales señeros de la Sierra, que se adorna con arces, mostajos, majuelos, escaramujos, agracejos -¡qué gusto por la jota! -, sauces y mimbres junto al agua, y que en otoño revienta de ocres y rojos y en primavera se alfombra de verdes tachonados de millones de flores. El Prado del Conde es el otro plato fuerte, rabiosamente amarillo en primavera por las genistas, y con un inalcanzable manantial entre sauces.

Longitud: 6,3 km.
Altitud mínima: 1540 m.
Altitud máxima: 1740 m.
Esfuerzo: medio-bajo
Intríngulis: medio, puntos sin sendas, cruces de río

Cuándo ir
Desapacible en invierno por la umbría: humedad y robles pelados. En primavera es espectacular, sobre todo la solana, pero los cruces del río se complican. En verano se soporta. La estación ideal es el otoño, con todos los colores del mundo, y el río manejable.

Cómo llegar
Al punto A se accede desde la carretera de Sierra Nevada, tomando el carril que arranca a la derecha desde el restaurante “Los Jamones”, en la última curva antes del Centro de Interpretación del Dornajo. Por encima de los aparcamientos, el carril asciende dejando el edificio a la derecha y va contorneando la ladera entre álamos y luego pinos; cruza el camino -senda- de los Neveros y se interna, prácticamente llano, en el valle del Monachil, ofreciendo bellas vistas del Huenes y el Trevenque. Tiene un desvío, a la derecha, al Cortijo de Diéchar, que descartamos para pasar la cancela de las Adoratrices, congregación que en la actualidad gestiona el Convento de S. Jerónimo, inicio de nuestra ruta.

Pto. A
Del carril que lleva al Convento arranca a la derecha, antes de superar un último barranco, otro carril al Cortijo de la Dehesa, que enseguida hace un pequeño rellano en la vecindad de unas casas. En dicho rellano, o en el mismo carril principal, dejaremos el vehículo. Ambos carriles pueden cerrarse a partir de aquí con cadena; aunque las encontremos quitadas, no es conveniente pasar el coche, por si fastidiamos a algún honrado trabajador que deba cerrarlas. O nos fastidian.

La ruta
El intríngulis de esta ruta es que el punto D de cruce del río puede ser complicado en primavera, por la combinación de fuerte corriente y traicioneras zarzas, por lo que es más recomendable el otoño para la ruta completa. Como alternativa se puede hacer la parte de la solana (hasta B o incluso hasta C), volviendo por el mismo camino, o enlazando desde C con la ruta Dehesa de S. Jerónimo 2, en cuyo caso tendremos una subida algo pesada por el carril de Diéchar hasta el Cortijo de la Dehesa para recoger el vehículo. Se puede hacer en sentido inverso, con la ventaja de averiguar pronto en D si es practicable, pero con el inconveniente de que acertar la senda desde el Prado del Conde hacia el río, y desde C a la umbría es más complicado que al contrario. En todo caso, cualquiera de sus partes por separado merece grandemente la pena.

De nuevo en el carril principal, empezamos a andar en la dirección que llevábamos. En un momento tenemos vista del Convento y el Cortijo (1).

1. El Convento se parapeta tras la alameda superior. A sus pies, el Cortijo de la Dehesa. Al fondo el valle del Monachil, con el robledal en la umbría.

2.

Llegados al primero, lo rodeamos por la derecha (2), pegados al muro de contención y atravesando una cancela ganadera. A veces alguna vaca viene a echarse una siesta a la sombra, con lo que el paso se vuelve realmente… estrecho.

En todo caso, desde la esquina del convento disfrutamos de las vistas del valle y del Cortijo de la Dehesa (que me le tengo echado el ojo para cuando sea mayor) (3).

3. Cortijo de la Dehesa, inmejorablemente situado en la solana.

Bajamos unos metros separándonos del edificio y, cruzando otra cerca (4), nos encontramos ya en una franca vereda de buena anchura, que llanea bajo unas peñas y nos introduce al poco en una hermosa ladera, entre pinos, encinas, majuelos y prados (5). En primavera es un goce para los sentidos, especialmente cuando las altas varas de los gamones (asfodelus albus) codifican en blanco el paisaje.

4.

5.

En poco más de un cuarto de hora, el Barranco de los Prados del Aire se cruza en nuestro camino (6) y la vereda lo aborda en corta bajada, para cruzarlo -muy poca agua lleva- y seguir casi llana por la Loma de las Yeguas.

6. Barranco de los Prados del Aire.

Tenemos el pinar por encima, y delante una zona despejada. Ya la Loma de la Perdiz, frente a nosotros al otro lado del río, se despliega invitándonos a recorrerla (7); paciencia. Nuestra vereda llanea por la solana (8) y luego hace un sube y baja mientras se introduce entre los árboles: pinos y encinas, que gradualmente dejan paso a los robles (Quercus pyrenaica), conforme la bajada se acentúa en busca del río.

7. Barranco de Manuel Casas y arranque de la Loma de la Perdiz, desde la solana.

8.

Llegados a éste, al cabo de algo más de 1 h., la vereda se difumina en sus terrazas. Ahora estamos en un sitio auténticamente montañero (9), donde el agua espumeante -sobre todo en el deshielo- dialoga con empinadas laderas cubiertas de robles, majuelos y rosales silvestres.

9. Río Monachil, burbujeante de espuma en primavera.

Pero ese agua espumeante está también muy fría. Si en verano u otoño podemos intentar el salto de piedra en piedra, en primavera no nos queda otra que colgar las botas (al hombro) y vadear por sitio propicio, unos metros río arriba (10).

10. Desde el punto de cruce, miramos río abajo.

Ya en el otro lado, una escueta senda nos introduce en el bosque (11), ascendiendo por un cerrete al que perfila un barranquillo que mantenemos a nuestra derecha.

11.

La senda, difuminada entre la hierba y las hojas caídas, se desvía a la derecha sin alcanzar la cima, aunque vale la pena abandonarla un momento para acceder a la meseta superior, paraíso de vacas, desde la que avistaremos algunos edificios de la Estación de esquí de Solynieve (12).

12. La cima del cerro es un precioso llano, con una era junto a los robles, desde la que acertamos a ver algunos edificios de la estación de esquí. Es lugar frecuentado por las vacas que pastan por la zona.

13. El robledal en la umbría. Viene acompañado de gamones, rosales y espinos, con el fiel rascaviejas (Adenocarpus decorticans) en las zonas más abiertas.

Poco marcada, la vereda se introduce a la derecha en la umbría, en suave ascenso, ofreciéndonos el tramo más sombreado de la ruta. El robledal se espesa aquí, y pisamos su densa hojarasca sobre un suelo a tramos algo encharcado por minúsculos arroyitos (13).

Acaba la senda llevándonos a la divisoria de la loma de la Perdiz, donde prácticamente se pierde en una zona abierta de prados, puntuados en su extremo superior por los restos de unos corrales de piedra. Este es un lugar que por sí solo merece el viaje: el prado abierto desciende suavemente ante nosotros, rodeado de robles en todo su contorno. Al fondo ganamos vistas sobre la falda del Dornajo y, más allá, el Cerrajón del Purche y el Cerro de los Poyos. El punto es perfecto para comer, y satisfará a los practicantes del noble arte de la siesta. (14)

14. Prados en la loma de la Perdiz

15. Un último rellano de la loma alberga un nuevo prado con restos de un corral.

Desde aquí hay que guiarse por el terreno: bajando por lo abierto y manteniéndonos cerca de la cresta de la loma -a nuestra derecha-, no tenemos más remedio que arribar a un nuevo prado con corral (15), que marca su vértice inferior.

De aquí salimos hacia la izquierda, hasta un rellano desde el que disfrutamos de una hermosa vista del barranco de Manuel Casas (16).

16. Barranco de Manuel Casas

Aquí reaparece algo parecido a una trocha, que nos baja hasta el río Monachil. Este puede ser el punto más complicado de la ruta, ya que hay que vadear el río, unos metros aguas abajo, para salir al otro lado por un boquete entre las zarzas que siguen a un pequeño escarpe. Si en verano y otoño el agua es poca y la vegetación se comprime, en plena primavera ambas están desatadas, haciendo riesgoso el cruce, salvo para los valientes provistos de machete o tijeras de podar (sin coña).

Superado este punto, nos encontramos unos metros más abajo con la confluencia del Monachil y el Arroyo de Manuel Casas, con la loma que acabamos de bajar a nuestra espalda (17).

17. La Loma de la Perdiz desde la confluencia del arroyo de Manuel Casas (una cinta de agua a la derecha, bajo los tajos) con el río Monachil, que no se ve pues ha excavado su curso en el material de aluvión del fondo del valle.

Por el vallecito que sigue progresamos río abajo hasta que la vista de unos airosos tajos al frente a la derecha (18) nos indica que hemos de empezar el ascenso por la ladera para superarlos. La trocha que abren los animales debe ser suficiente para guiarnos.

18.

Conforme nos acercamos, se despliegan los tajos frente a nosotros (19), y la trocha nos lleva justo a su borde superior.

19.

Volviendo la vista atrás, gozamos de una selvática vista del terreno recorrido (20).

20. Valle del Monachil arriba desde los tajos. En el centro de la fotografía, el fondo de valle que acabamos de dejar.

Proseguimos paralelos al tajo hasta que, llegados a un último prado, la senda tuerce a la derecha para adentrarse en los pinos, sin subir, y cruzar varias barranqueras en busca del Prado del Conde.

El Prado merece por sí solo una visita. De repente desaparecen rocas y aulagas y la hierba se adueña del terreno (21).

21. Mirando hacia atrás desde el borde del Prado. La trocha, que aquí no se aprecia, viene por las genistas de la izquierda, y a la izquierda del pino más cercano. El prado con un solitario pino, a la derecha, es el que nos marca el lugar si venimos en dirección contraria.

Conforme nos internamos en lo abierto, podemos ver hacia arriba a la derecha unos escarpes rocosos y una torre de tendido eléctrico (22), que será nuestro faro en este proceloso mar verde;

22. Bajo la torre del tendido eléctrico discurre la vereda que supera el escarpe, sobre el que se encuentra el Cortijo de la Dehesa.

porque prado es, pero pendiente y escalonado, trufado de encinas y majuelos, y cruzado por una densísima sauceda (de Salix atrocinerea) que bebe del manantial que aflora bajo una conspicua encina en su parte superior. De modo que, deambulemos o no por sus edénicos rincones, la salida será por su borde derecho y hacia arriba, hasta la vereda que asciende el escarpe casi justo bajo la mencionada torre eléctrica, y tras pasar una nueva cancela de ganado.

Estaremos entonces en un llano por el que avanzaremos hacia la izquierda, para asomarnos a un rústico pretil de madera, balcón soberbio sobre el prado y la umbría de enfrente (23).

23. Prado del Conde en primavera. En el centro de la foto, la encina bajo la que aflora el manantial, seguida por la sauceda que divide en dos el prado. Al frente, el Tajo de la Mojonera y la Peña del Tesoro, y entre medias el collado de Matasverdes.

Volviendo con pesar la espalda al paisaje, cruzaremos el llano hacia el Cortijo de la Dehesa, pues junto a él estamos, y empezaremos a rodearlo por la izquierda, hasta la esquina de su valla, donde nos alejamos unos metros bajando por el prado para tropezarnos con un antiguo camino -hoy senda pedregosa- que, hacia la derecha, nos permite completar el rodeo dejándonos en el carril que desde el cortijo nos devolverá a nuestro punto de partida. Antes atravesaremos el Barranco del Saltillo (24), que en toda estación riega la penúltima curva del camino.

24. Barranco del Saltillo, en el punto donde cruza -por encima- el camino.

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4 pensamientos en “Dehesa de San Jerónimo (I)

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