Una de arces (granatenses en Sierra Nevada)

19 Octubre 2019

El arce  granadino (Acer opalus granatensis) es un representante autóctono del género Acer en las tierras del sur y este de la Península y en el Magreb. En Sierra Nevada se localizan algunas de sus más extensas poblaciones, por lo que es casi un símbolo de nuestra montaña, en la que se extiende entre los 1.400 y los 2.000m de altitud, ocupando con frecuencia la franja de mayor altitud del piso supramediterráneo. De hoja pequeña, con cinco lóbulos no excesivamente marcados, su fruto es una disámara cuyas dos alas forman un ángulo generalmente agudo. Su porte no llega a competir con los grandes arces europeos o americanos, estando entre el del arce campestre y el más pequeño arce de Montpellier. Con todo, en zonas como el Camarate o la Dehesa de San Jerónimo pueden encontrarse ejemplares que superan cómodamente los 10m de altura. Gusta preferentemente de terrenos calizos, frecuentemente a la sombra de cantiles rocosos y canchales, con humedad suficiente, y se rodea de robles, mostajos, cerezos, agracejos o majuelos.

De más está decir que su hermosa coloración otoñal, entre los amarillos y los rojos, lo hacen pieza codiciada por fotógrafos y buscadores de colores en general, como es mi caso, que cada año entre octubre y noviembre me echo al monte a buscar sus contrastes. Este año me ha servido de excusa para andurrear por la parte alta de la Dehesa de San Jerónimo, y en concreto por el tramo más alto del Barranco de la Mojonera, que había apuntado en pendientes hace ya algún tiempo. Comoquiera que esta salida fue un safari fotográfico más que una excursión con pretensiones, prescindo de aportar una ruta muy concreta, y la sustituyo por un plano con la distribución aproximada de las manchas más densas de nuestro arbolillo en la zona. Helo aquí:

Hay tres manchas principales de Acer granatense en esta zona: una en el Barranco del Espinar, sobre todo bajo los cortados del cerro del Mirador que dan al mismo; otra en la ladera del mismo cerro que mira hacia el Barranco de la Mojonera; y la tercera sobre los canchales en la base de la Loma de los Panaderos, de cara a la Cortijuela. Esta última es el punto de acceso lógico para visitarlos, y la vereda que lleva desde allí hacia Pradollano, pasando por el Collado de Matas Verdes -que he señalado en rojo en el mapa- es el hilo conductor que nos permite conectarlos. Luego, en cada barranco podemos encontrar ejemplares aislados o en pequeños grupos.

De hecho, mi aproximación comienza en La Cortijuela, desde donde subo al Collado de Matas Verdes por la ruta habitual. Desde allí sigo hacia la derecha por la vereda más baja de las dos que rodean el Cerro del Mirador. Justo tras pasar la divisoria entre los barrancos del Espinar y La Mojonera, existe un acceso fácil al primero de los acerales de la jornada:

Vemos la vereda principal, que cruza esa zona de piedras sueltas. Justo al rebasar la divisoria para entrar en la zona más cómoda que sigue, nos dejaremos caer hacia la izquierda, saliendo del escalón más llano para abordar la ladera donde se encuentra este primer grupo.

Enseguida encontramos los primeros ejemplares, levantando sus copas redondeadas entre piornos y enebros que tapizan el suelo.

Han empezado a amarillear, aunque están lejos todavía de su óptimo cromático.

Ejemplares maduros alternan con jovencitos en crecimiento, lo que parece indicar que hay cierto grado de reproducción autónoma de la población.

El progreso hacia abajo se ve complicado por la pendiente del terreno y por la densidad de la cubierta arbustiva, así que, tras algún devaneo, prefiero recuperar cota e ir rodeando la ladera por la parte superior del bosquecillo…

Hacia abajo quedan algunos ejemplares de buen porte. La mancha se prolonga hacia abajo hasta el mismo arroyo de la Mojonera.

Manteniendo la altura, supero un pequeño resalte y doy vista a un grupo particularmente nutrido:

Aunque algunas guías lo definen como árbol solitario, esto podría bien considerarse un bosquecillo, con ejemplares de buen tamaño. En el Camarate, en la ladera del Cerro de las Calaveras sobre el Arroyo de las Rozas llegan a formar alineaciones que podrían llamarse “bosques galería” siguiendo el curso de las vaguadas.

Bajando hacia el grupo anterior, encuentro este venerable abuelo, que podría ser centenario, con varios troncos del que el mayor podría tener hasta 80cm de diámetro.

Hacia arriba, un retoño parece dispuesto a recoger el testigo de sus ancestros…

Sigo rodeando la loma, sin dejar de tropezarme con vistosos ejemplares.

Doblando la esquina, defendida por una densa cobertura de enebro, enfrento por fin los cantiles que culminan este ramal de la Mojonera, bajo los cuales se arraciman los ejemplares más pintureros.

Acompañados de agracejos, majuelos y algún que otro sauce, aquí exhiben sus galas más coloridas.

Gano altura por la derecha para situarme al nivel de los cortados…

… y me van quedando por debajo…

… y todavía más abajo. Estoy ahora casi al nivel superior de los últimos cortados…

… donde, por un coladero entre los arbustos, accedo a lo que queda por encima:

Que es una deliciosa majada, circundada por piornos, que no es otra que la que dejamos a la izquierda, en la base del cerro, cuando bajamos del collado del Pino. En ella se juntan las dos veredas que rodean el Cerro del Mirador, para proseguir juntas en dirección a Pradollano -o hacia San Jerónimo-, ya sendero Sulayr.

Sigo por la vereda unos 300m, y al llegar al segundo y más importante ramal de la Mojonera, me desvío a la derecha comienzando a ascenderlo…

Un arce aislado vigila este tramo del barranco. Por qué este es totalmente verde mientras los demás amarillean, es un misterio para mí ¿inversión térmica?

Bajo su sombra, el arroyo susurra, escasísimo de agua.

Hacia arriba, otro grupo se cobija bajo las pintorescas agujas calizas que adornan la cabecera.

Quiero pasar por allí, pero no directamente, porque tengo visto en Maps un prado que verdea en la ladera de la izquierda, flanqueado por lo que supongo que siguen siendo arces. De modo que me salgo del barranco por la izquierda, siguiendo inciertas trochas de ganado. Accedo a un collado en la divisoria de la loma y allí encuentro que las trochas forman vereda, que asciende de través por la loma en la dirección que me interesa. Al cabo de unos minutos… ¡bingo!:

Llego al prado en cuestión, precedido, en efecto, por otro grupeto de granatenses.

Es un prado-balcón, de los que hay unos cuantos en toda la ladera, paraísos de vacas poco hollados por los bípedos. En su parte superior, una hondonada medio encharcada, posiblemente manantial al que se le ha recrecido el borde para que retenga el agua para las bestias. De ahí se descuelga este canalillo de agua, que contribuye a irrigar el prado.

Por la izquierda de la charca se retoma lo que viene siendo una vereda de buena hechura. La sigo un rato en ligero ascenso para ver qué me depara la vista sobre Riscas Negras, siguiente barranco de la Loma de Dílar (ya hice todos estos, a más altura, en esta ocasión). Pero en llegando a la vista del barranco el panorama no ofrece grandes alicientes y la vereda se desdibuja, de modo que giro a la derecha, manteniendo la altura que ya he ganado y desando la loma, de vuelta hacia la cabecera de La Mojonera, de cuyos peñascos superiores debo estar al nivel. Si queréis ahorraros este desvío improcedente, no hay más que ascender el prado de la charca hasta su parte superior, y allí salir hacia la derecha.

En cualquiera de los casos se llega más o menos a este punto: a la altura de los peñascos y con el barranco picando hacia abajo. Hay trocha que lo cruza a esta altura (se ve enfrente a la izquierda), pero las vacas que ocupan el sendero, y la promesa de algo más de espesura hacia abajo me deciden a perder altura por la loma de este lado, entre enebros y agracejos, en dirección al único pino (P. Sylvestris) que se aprecia en la foto.

A los pies del pino encuentro un rellano herboso del que rezuma una humedad que se convierte en las primeras aguas del barranco -al menos en esta época-. Buen sitio para comer, a lo que me pongo con entusiasmo.

Arces por encima, bajo las agujas…

… y arces a mi altura, al otro lado del barranco. De nuevo me llama la atención el que estén más verdes que los de más abajo.

Acabado el refrigerio, cruzo el barranco, que no ofrece dificultad, y me alejo hacia la loma, que repunta en una nueva zona de majada…

… desde la que miro hacia atrás, al vértice que acabo de abandonar.

Me queda ir progresando a media ladera, zascandileando, zascandileando, ganando la poca altura que me separa del Collado del Pino.

Contemplo desde algo más arriba la majada a la que salí tras recorrer la mancha de arces que asoman por detrás. Al fondo, la solana de San Jerónimo con su cortijo y su convento.

Desde el mismo punto, pero tirando de teleobjetivo.

Cruzo otra coqueta majada, con vigía arbóreo incorporado…

… y voy haciendo camino hacia el collado, que se presenta alto y claro frente a mí.

Llego al collado sin problemas, por trochas de vacas que surcan en verdad toda la zona. Desde el mismo, ya con el collado de Matas Verdes a la vista, renuncio a la vereda y me salgo por la izquierda, para cruzar el Barranco de Benalcázar por unos canchales donde se insinúan trochas de ganado, para hacer el recorrido que ya hice en esta ocasión (aunque en sentido contrario).

La travesía, superado ya el barranco de Benalcázar, no ofrece dificultad, por terreno abierto por encima de los pinos, con algún arcecillo -cómo no- poniendo la nota de color.

La ruta lógica aquí sería reseguir el borde superior del pinar, donde el terreno es más plano, pero como quiero visitar el otro grupo de arces importante de la zona, que se ubica un poco por encima, a media ladera, gano un poco de altura para acercarme a ellos:

Allí a la izquierda, bajo ese diente de roca, comienza el aceral…

..con algún ejemplar alto y espigado…

… y, justo bajo los tajos, otros más achaparrados. El Trevenque, cuya cima pincha apenas el horizonte, me confirma que ando sobre los 2.000 m.s.n.m.

Una de hojas.

Tras este grupillo comienza un canchal que acompaña por debajo a toda la serie de cortados:

Entorno predilecto de estos árboles, que no faltan a la cita.

Estos forman una vistosa mancha de color contra el horizonte azul, entre el Trevenque y la loma, por donde asoman los Alayos y, al fondo, la Sierra de la Almijara. En el canchal parece haber sugerencias de trochas que hacen practicable un terreno por lo demás poco agradecido para caminar.

La silueta del Trevenque juega a ocultarse tras los árboles dorados…

… y el Huenes tras el cobre viejo de estos otros.

En este último grupo acaba el canchal, seguido por una loma cubierta de arbustos que es casi más incómoda de caminar. De modo que decido por fin enfilar hacia abajo, entre las piedras sueltas y la ladera de piornos y espinos, buscando siempre el paso más fácil. Mi objetivo es la llanada por donde pasa la vereda que viene del Collado de Martín al de Matas Verdes, por la que volver a este último, y de ahí a la Cortijuela.

Desde el mencionado llano, vuelvo la vista atrás para decir adiós al colorido grupo de arbolillos que acabo de atravesar. Mis respetos y mi agradecimiento por su existencia.

Y esto fue todo. Color y gloria en las alturas…

2 pensamientos en “Una de arces (granatenses en Sierra Nevada)

  1. Juan

    Otra maravilla! Imagino que te lo habrán dicho ya pero narras muy bien! No puedo evitar la tentación de postularme para acompañarte y aprender en alguna de tus rutas. Seria genial

    Responder

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