Atajando por la solana de la Loma de Dílar

17 Mayo 2019

Llega Mayo y con él las ganas de disfrutar de borreguiles y lagunillos. La cuenca alta del Dílar se convierte en la elección más obvia para ir empezando. Pero el problema es que entre ella y nosotros se interpone -por así decir- la muy alta y extensa Loma de Dílar. O desde la Hoya de la Mora, cruzando todas las pistas de esquí, o desde la Cortijuela, pateando la Loma de Peñamadura, has de añadir al menos 10 km (ida y vuelta) a cualquier recorrido medianamente interesante por la zona. Yo me he encabezonado en acortar esa marcha de aproximación, buscando alternativas más directas o interesantes para ponernos a pie de obra. Si en esta entrada lo hacíamos desde Pradollano, en esta ocasión se trata de salir de la Cortijuela, y ahorrarnos la bajada al río por Chaquetas -y la posterior subida al Berreadero-, yendo por la solana de la Loma de Dílar. Aquí va el resultado.

Este es el track de la ruta en Wikiloc

Hay que decir que, en una primera ocasión, acabé llegando a los prados de Los Alacranes para luego volver por la propia Loma de Dílar, después de una entretenida subida por un barranquillo de la misma. En segunda instancia, nos pusimos a tiro de piedra de la Laguna de la Mula, aunque sin llegar a ella por diversas circunstancias, y descendimos, ahora sí, por la vereda del Berreadero y Chaquetas. Cuento aquí esta última, que vale como ilustración de esa aproximación recortada, que permite ahorrarse unos kilómetros al acceder al alto Dílar, y ya que cada cual llegue hasta donde sus piernas le permitan. Hay que advertir, en todo caso, que tiene un punto aventurero, tanto por lo incierto de la vereda en algun punto como por el cruce del río.

Salimos, pues, de la Cortijuela. Os ahorraré descripción y fotos de la primera parte, obvia y bien conocida, y comenzaré en el Collado de Martín o del Tejo, tras 2,25 km de buen carril.

Desde el collado disfrutamos de los rozagantes prados que adornan el comienzo de la bajada a Chaquetas, con el añadido sutil de las primorosas peonías que están en su apogeo.

Comenzamos a bajar como si fuéramos al Cortijo de Chaquetas, pero sin intención de llegar al mismo. A unos 400m del collado, el camino hace un zigzag pronunciado (atajable por una veredita que sale algo antes, por la izquierda). Justo en esa revuelta, veremos otra veredita que abandona la curva, de nuevo por la izquierda:

Vemos a la derecha la revuelta del camino, y a la izquierda, bien marcada entre los piornos de la loma, la cinta rojiza de la vereda.

La vereda, que en este tramo es bastante clara, va contorneando la loma para ponerse paralela al río, muy abajo a nuestros pies…

… y nos permite una vista algo más extendida de lo habitual del Cortijo y Collado de Chaquetas.

Al tiempo que nos permite dominar desde la altura los vericuetos del robledal, en la umbría de la loma de enfrente.

Tras pasar un castillejo de piedras a la derecha, la vereda prosigue en un ascenso suave en el que cruza varios canchales o derrubios, donde habrá que pisar con garbo para evitar inoportunos resbalones, aunque no es difícil en absoluto. Lo que sí tiene su intríngulis es mantenerse en la vereda buena. Me explico: hay una primera bifurcación, poco clara, en la que debemos mantenernos a cota en lugar de ascender. El ramal ascendente corresponde a una sendilla que busca la base de los tajos que coronan la Loma de los Panaderos, siempre por canchales, y nos dejaría en el collado por el que entra la clásica vereda de ascenso a la Loma de Dílar desde Collado Martín. Podría hacerse, y en el Barranco de las Víboras bajar a la embocadura de los prados del barranco para retomar la nuestra, pero es subir más y luego bajar, así que no mola. El problema es que, algo después, se repite la jugada pero a la inversa: arranca una variante que se mantiene a cota, mientras la nuestra sube un poco más. La variante se aproxima al borde de sucesivos cortados, algo más abajo, y acaba muriendo sin llegar a ninguna parte ¿Cómo acertar? El track, por supuesto, será de gran ayuda pues marca la ruta correcta (que por cierto coincide con la vereda que, para mi sorpresa, viene dibujada en el mapa de Topo_Hispania). Como segunda y fundamental pista, la vereda buena encierra en su seno una conducción de agua, en tubo negro de pvc, que aparece y desaparece con regularidad:

Aquí puede verse, tubería de Ariadna que nos guía con seguridad.

La pena es que no es visible en el momento mismo de las bifurcaciones, pero sí algo después. Así que si pasan unos minutos y no tenéis noticia de ella, sospechad. Por fin, las fotos pueden ayudar en algo:

Estos vistosos cortados nos orientan: la variante inferior pasa cerca de ellos, de hecho por el mismo borde del segundo, mientras nuestra vereda los mira con algo más de distancia (al igual que mira a la vereda inferior, que vemos paralela a la nuestra durante un rato).

En fin: en el momento en que divisemos la tubería podemos respirar tranquilos, y disfrutar las bellezas de la ruta, que en este caso están enfrente:

El Barranco de la Haza del Sordo, al que cruza algo más arriba la vereda del Berreadero, se nos muestra aquí como un rosario de cascaditas, casi inaccesibles a los humanos, e invisibles desde otro punto que no sea este.

Así, andando camino, llegamos a las inmediaciones del Barranco de Las Víboras (este, que no el de la carretera de Sierra Nevada):

Es el único accidente de esta loma tan monótona, y se agradece. Habitualmente se cruza por su parte más plana, por la vereda de la loma de los Panaderos. Aquí estamos llegando por su parte abarrancada, y la vereda subirá para acceder justo a la inflexión entre los dos tramos.

Aquí acabamos de acceder a la parte inferior del tramo superior (de la segunda parte contratante), y nos solazamos con sus extensos prados donde pastan las vacas y ríe, cantarina, el agua del arroyo.

A este punto podría llegarse por la vereda de la loma de los Panaderos, bajando desde el collado entre umbría y solana hacia el agua, y siguiéndola hasta el final de los prados. Es más sombreado y más bonito, aunque con más desniveles, y vamos pensando en la cabecera del Dílar, sin tiempo que perder…

Cruzamos el arroyo sin internarnos en el barranco, y buscamos, hacia la derecha, la continuación de la senda:

Que viene oportunamente indicada por un visible hito de piedras.

Yo pensaba, la primera vez, que la tubería tomaría el agua del propio barranco, pero, para mi sorpresa, lo cierto es que reaparece en la senda una vez pasado el mismo ¿Hasta dónde? La respuesta aparece unos 260m después del barranco:

Esa acumulación de majuelos, al pie de unos peñascos, indica la presencia del agua…

Entre los espinos, a unos pocos metros por encima de la senda, está la fuente:

Según los moradores del Cortijo de Chaquetas, con los que tuvimos ocasión de hablar a la vuelta, se trata de la Fuente de las Víboras (de la que mandé ficha a Conoce tus Fuentes), y es la que suministra el agua -mediante nuestra oportuna conducción- a todo el cortijo y a los refugios del Ayuntamiento de Dílar en el paraje. Vemos claramente la arqueta desde la que parte la tubería.

El agua, que mana en el interior de la oquedad, es pura y fresca, toda una delicia después de tanta solana.

Volvemos a la vereda y continuamos, ya sin hilo conductor, en unos cuantos subeybajas pero con tendencia general casi llana. Faltando la referencia de la tubería, unas cuantas fotos nos ayudarán a mantenernos en el buen camino, que a partir de aquí es algo más incierto:

De momento, podemos vislumbrar su trazado en la siguiente lomilla, y fijarnos en el peñasco que despunta casi en el centro de la foto: la vereda pasa unos metros por encima.

Aquí acabamos de superar el peñasco, y miramos hacia atrás, con el Puntal de los Mecheros y los Alayos cerrando la perspectiva del valle.

A continuación llega uno de los puntos más espesos del recorrido: hay que atravesar un piornal, el único de cierta entidad en la ladera, y el trasiego de las vacas arriba y abajo  desdibuja un poco la senda. De nuevo pongo una foto que aclarará, por lo menos, el punto al que debemos llegar:

En un círculo rojo he señalado un par de peñas de color claro que destacan con nitidez en la ladera. La vereda pasa justo por debajo, así que nos servirán de brújula.

Al comienzo del piornal, superando un barranquillo, hay que subir un poco buscando un rellano algo más despejado en la loma siguiente. Remontando unos metros por el mismo la trocha continúa, superando el siguiente barranquillo, tras el cual hay que frotarse un poco con los piornos, ascendiendo por los vericuetos que abre el ganado hacia las peñas rubias, que tenemos a la vista. Superadas las mismas por abajo y tras unos metros de ascenso, llegaremos a un rellano desde el que la vereda comienza a bajar decididamente hacia el río:

Este es el punto en que comienza la bajada, y nuestro destino la lengua de terreno verdeante a la vera del río. Pero la cosa tiene truco, porque la línea hasta allí no es recta: tras unos 50m de bajada, la trocha se nivela, evitando una zona más pendiente y pedregosa, enfilando a cota la zona de espinar más densa que vemos a la izquierda.

Desde los primeros espinos tenemos la ilusión de que solo queda dejarnos caer hacia el río. Pero paciencia: todavía habrá que mantener la altura…

Hasta arribar, bajo su corona de espinos, a un regatillo de agua que encharca la ladera y la puebla de juncos. Superado el mismo, ahora sí, zigzaguearemos hacia abajo perdiendo altura rápidamente hasta que el sentido común nos pida volver a derrotar a la izquierda.

Un asomo de trocha, con alguna revuelta, nos lleva hasta un último macizo de espinos. Se ve claramente un coladero en su base. Desafortunadamente, tiene el tamaño adecuado para una vaca pequeña, y sus ramas espinosas tienen por costumbre crecer dificultando el paso. Serán necesarios algunos bastonazos y ciertas contorsiones para adaptarlo a medida humana.

Superado ese escollo, por fin, ya nada se interpone entre nosotros y el río, que baja henchido por el deshielo, con un bramido que impone respeto. Ahora hay que cruzarlo…

Después de haberlo estudiado en un par de ocasiones, ofrece dos alternativas algo más sencillas que el resto:

La primera es esta: justo al comienzo de la zona de prado despejada, vemos (casi en el centro de la foto) esa amplia zona de agua oscura. Es lo más cercano a un vado que podemos encontrar en los contornos, con el agua apenas llegando a las rodillas y un piso relativamente libre de accidentes.

Por aquí el cruce es bastante factible, incluso en un momento de deshielo bastante intenso, pero es muy recomendable llevar en la mochila unas zapatillas o sandalias que nos sujeten bien el pie y no nos importe mojar. A pie desnudo, una piedra puntiaguda puede hacernos trastabillar y caer, lo que tendría poca gracia. Ya en el otro lado hay trochas que permiten ir avanzando río arriba, aunque hay un paso entre espinos y piornos que no es para recomendar a un amigo. Tras nuestra experiencia de pasar 20 minutos para recorrer 120m, mi recomendación es la segunda alternativa:

De momento, en llegando a la zona despejada, continuaremos por este lado del río, donde hay senda dibujada por el ganado. Ganaremos, en ligero ascenso, una escalón donde encontramos restos de corrales:

Aquí vemos el corral, situado junto a un precioso rellano verde, en cuyo borde crecen espinos de porte arbóreo que podrían pasar por robles.

Andaremos hasta el final del rellano, para asomarnos a su borde:

Es un paraje precioso, con un enhiesto majuelo entre bloques de piedra, cuya sombra bien merece una parada…

… para meditar pensando en algún epigrama espiritual como los de aquellas estampas de antaño.

Bien. Un poco por debajo de este lugar, hay en el río unas piedras que podrían permitir un cruce en seco, a condición de carecer de vértigo y prudencia, si y solo si el caudal es lo suficientemente exiguo como para que la piedra central esté completamente seca. Dos saltos y listo. Pero lo normal, en deshielo, es que dicha piedra esté mojada, con lo cual nuestro gozo en una poza de fuerte corriente. La verdadera alternativa, tipo vado, está unos metros más abajo, donde encontramos este otro lugar:

Obsérvense la piedra y la trocha que aparecen al otro lado, señal de que alguien o algo viene a cruzar por aquí. Sandalias de agua en los pies, por la zona menos espumosa en el centro de la foto solo tenemos un metro complicado, en el centro, donde el agua lamerá nuestras rodillas. Paso a paso, tipo muñecas de Famosa porque la corriente tiende a desviar nuestros pies, acabaremos cruzando. Si somos varios, una mano amiga sobre unos pies en zona más tranquila nos ayudará a mantener el equilibrio. Tampoco hay que demorarse mucho, ¡que el agua está heladaa!

La eenoorrme ventaja de esta alternativa es que, si bien el cruce es algo más aventurero, nos deja justo al comienzo de un prado o borreguil verde-verde que es la continuación natural de la ruta, con lo que nos evitamos la penosidad del avance por la ladera espesa.

Este es el prado en cuestión. Tiene esta primera parte más pendiente y encharcada, que superaremos por su borde izquierdo, y un segundo tramo más tendido pero igualmente despejado.

Desde ese segundo tramo vemos unos praditos que parecen continuar loma arriba, a la izquierda… ¡no os dejéis atraer por sus cantos de sirena! Os llevarían a la perdición, dejándoos a merced del malvado piorno. Hay que cruzar el segundo tramo, hacia la derecha, para descubrir, un escalón más arriba, dos vetustos corrales de piedra (muestra, una vez más, de que hubo vida humana por estos parajes no hace tanto tiempo). Llegaremos hasta el que se encuentra más arriba:

Corral de arriba. Por un lado u otro del espino de la izquierda -dependiendo de los azares del crecimiento de los piornos- arranca uno de esos camino secretos de las vacas entre el piornal.

Pondremos nuestros cinco sentidos (y la máxima ampliación del gps) en mantenernos dentro de ese camino secreto; ya sabéis: a veces no es visible en vista rasante; solo lo encuentra el pie, o modernas técnicas de prospección aérea. Son solo 100m, la verdad es que no es para tanto, pero la primera vez me perdí porque no llevaba track, y tuve ocasión de lamentarlo amargamente. Al cabo de esos 100m se sale a una zona más despejada, antes de un segundo tramo de piornal bastante más corto y asequible. Y después…

La vereda del Berreadero, que a estas alturas nos parecerá autopista de peaje (el que ya hemos pagado para llegar a este punto).

Evaluando: desde Collado Martín, unos 3’8 km para llegar aquí, con unos 300m de ascenso tendido y menos de 100m de descenso. Por Chaquetas y el Berreadero, 6,3Km, con unos 170m de descenso al río y 450m de ascenso, la mayor parte de un tirón. No suena mal… siempre que no nos hayamos extraviado y que el cruce del río haya sido aceptablemente diligente.

A partir de ahora, a disfrutar:

Barranquitos laterales de aguas saltarinas, borreguiles y prados…

Cuando vienes desde Chaquetas, se añade a todo eso la emoción de llegar por fin al río, que va subiendo a nuestro encuentro. Esa emoción, ves, la hemos gastado ya. Pero gusta volver a ponerse a la vera del agua, avanzando por trochas sin demasiada complicación, que se difuminan en los prados…

… Como este primero, donde encontramos el primer rebaño de los muchos que pueblan la zona.

En una media hora desde que accedimos a la vereda, llegamos a los Prados de los Alacranes, verdes y floridos. Aquí el río va por llano, y es más fácil encontrar puntos de cruce si quisiéramos pasar al otro lado. Hoy no queremos, pero yo lo hice para subir por la ladera izquierda hasta lo alto de la loma, en la anterior ocasión.

Seguimos hacia arriba por esta margen. El río gana pendiente al doblar la revuelta al final del prado:

Y nos regala un espectáculo de agua y sonido en estos procelosos rápidos.

Al coronar ese repecho, nos alegra la vista, por un fugaz momento, la vista de las Chorreras del Molinillo al fondo, bajo los neveros del Cartujo y los Tajos de la Virgen ¡Bienvenidos a la alta montaña!

Ese inclinado prado de la derecha es nuestra ruta prevista. Pensábamos hacerlo con tranquilidad, con idea de comer a la altura de las piedras grandes que se ven arriba a la derecha; pero una vaquilla del rebaño, que ha venido siguiéndonos por la otra margen del río -tal vez creyéndonos sus pastores- ha decidido otra cosa: ni corta ni perezosa, ha cruzado el río y se dirige hacia nosotros a un trotecillo poco tranquilizador. Llegada a nuestra altura, baja la cabeza con ademanes de macho bravo y, lejos de pararse a ver de qué vamos, se nos viene echando encima ¿le incomoda la presencia de nuestro perrillo Chopo? ¿le incomodamos nosotros? ¿Nos quiere decir algo? No no quedamos para comprobarlo: echamos a ascender por lo más empinado del prado, con un ojo en el cogote. La vaca-toro muge animosa, llamando a las demás: ¡Corred, que se escapan! y ahí vienen todas, ascendiendo tras nuestros pasos.

Llegamos al extremo superior izquierdo del prado, donde un arroyito baja como una flecha rodeada de verde desde su manantial, unos 80m más arriba. Subimos hasta allí y, agotados, volvemos la vista atrás. El rebaño se ha parado en la esquina del prado, como conferenciando, pero enseguida hacen ademan de seguir subiendo. Esto ya es demasiado. Vociferando como posesos, con gesticulaciones de rabia profunda y la ayuda de algunas piedras sabiamente dirigidas, les hacemos comprender que no somos nada suyo y que nos dejen en paz. Parece que por fin lo aceptan y se paran a ramonear la hierba a sus pies. Respiramos, y por un momento nos planteamos comer allí, en las piedras donde nace el manantial. Pero temiendo un nuevo acceso de cariño vacuno, al final decidimos continuar camino y quitarnos de su vista.

El punto en el que estamos es muy interesante como encrucijada, aunque la excitación del momento no nos permita apreciarlo (ni fotografiarlo, hélas!) como se merece. Mirando hacia arriba, a la loma, tenemos a la derecha un nuevo pradito tras el cual una trocha o veredilla casi llana apunta a un collado pelado a unos 150m. Por ahí, tengo estudiado que se accede por vereda a los últimos corrales que se atraviesan cuando viene uno por la loma en dirección a la Laguna de la Mula. Tengo también visto que la sendilla del collado prosigue desde donde estamos también hacia la izquierda, por donde accederíamos -en unos 400m llanos- a otro extenso prado justo en la vertical de La Mula, desde donde acceder a la misma sería cuestión de coser y subir cantando. Pero el sprint vacuno nos ha dejado con las fuerzas justas, y pocas ganas de que nos hagan una maniobra envolvente, así que optamos por el collado, sin dejar de mirar de reojo al rebaño, que a su vez nos mira… bovinamente.

El collado da paso a esta hoya verde. Por su borde izquierdo, una sendita la rodea y luego atraviesa el piornal que sigue, para encaramarse al siguiente collado.

Volvemos a dudar si comemos aquí, pero al final la prudencia nos lleva a coronar ese segundo collado…

… para salir a los mencionados corrales en la vereda de La Mula, de la que estamos a poco más de 1km, atravesando los Prados de Las Monjas y siguiendo el emisario de la laguna.

Todavía con la mosca detrás de la oreja, decidimos encaramarnos a un castillejo de piedras que desde este rellano se asoma al valle. Así observamos al enemigo sin ser vistos… ¡tate! Nuestra precaución no fue excesiva, porque las vacas han continuado subiendo y se despliegan ahora en formación de combate por la hoya verde junto al primer collado. Afortunadamente, no vernos por allí parece enfriar sus ánimos y se conforman con quedarse a pastar en la hoya. Podemos comer tranquilos.

Aunque preferíamos haber estado más cerca del río, la foto oficial refleja una espléndida panorámica, con el valle alto del Dílar y toda la cuerda desde el Veleta a Elorrieta. Además, ya solo queda bajar, sin obligar a nuestros cuerpecillos a una subida recién comidos.

La vuelta es más o menos la ruta habitual a la Mula desde la Cortijuela, con alguna variante menor. Comienza desde estos corrales por una senda casi llana que rodea la primera estribación…

… dándonos enseguida vistas de la baja montaña y la Vega, en compensación por las que nos quita de las cumbres.

Desde este punto divisamos claramente un prado, algo más adelante y casi a nuestra altura:

… en el que pastan caballos y algunas vacas, esperemos que menos respondonas.

Cruzado el prado (por arriba y con un ojo en el ganado) retomamos la vereda, que contornea más o menos a cota la siguiente loma…

… hasta salir a este pintoresco lugar: un manantial en un nuevo prado rabiosamente verde, del que se descuelga otra “flecha verde”, que seguiremos en toda su longitud.

El verde termina algo más abajo. Pero manteniendo la dirección, y por la derecha de la vaguada que allí se forma, encontramos terreno trochado por un piornal-enebral que en todo caso es ralo y no dificulta demasiado el avance.

El aterrizaje previsto es en estos corrales que ocupan uno de los sucesivos repuntes de la loma. No es todavía la vereda del Berreadero, a la que llegaríamos si continuáramos bajando más allá de los corrales. Pero hay una alternativa más económica…

Otra vereda, paralela a la del Berreadero, cruza la ladera a esta altura. La tomamos a la izquierda y con ella cruzamos el siguiente barranco, que resulta ser Barranco Hondo. Entonces ingresamos en una inclinada planicie:

Veremos, al frente y a nuestra altura, un extenso prado (que no sale en la foto) y, hacia abajo, las dos calvas que aparecen en la imagen. Por ellas sí que circula ya la vereda del Berreadero, y estaremos atentos a abandonar la vereda que llevamos -que enfila el prado de arriba- en favor de una trocha que se dirige en derechura a estos de abajo. Es una alternativa más tendida que la del prado superior y, aunque la trocha no es gran cosa, tampoco el terreno da para complicarnos demasiado.

Lo demás es cosa bastante sabida: vereda a la izquierda, cruce del barranco de la Haza del Sordo (que por aquí nos oculta sus espectaculares cascadas) y, tras un nuevo faldeo de loma, aterrizaje en el rellano con corrales donde encontramos el tramo del Sulayr que sube desde el río por el robledal. Hay que hacer notar, en todo caso, que para llegar a dicho rellano la vereda hace un extraño: a la altura de un borreguil que nace justo a la derecha del camino -ya a la vista del rellano de marras-, la senda hace por seguir al frente, lo que nos colocaría justo en la vertical del rellano, al que bajaríamos por incierta senda en el piornal. Es más práctico usar el borreguil como camino, porque justo donde acaba arranca a la izquierda una vereda mucho más marcada, que nos deja en los corrales sin ninguna dificultad.

Luego, la bajada por el Sulayr, siempre espectacular a estas horas de la tarde:

Y más si la Genista versicolor está en flor, como es el caso.

Y por fin la subida a Chaquetas, mientras la sombra avanza sobre el robledal.

Echamos un rato de cháchara con los dueños del Cortijo, que nos dan interesantes precisiones sobre la Fuente de las Víboras, y unos cuantos largos y revitalizantes tragos de agua. La hemos bebido de su fuente esta mañana, mucho más fresca que aquí, tras varios kilómetros de conducción mal enterrada. Luego solo queda coronar el Collado de Martín y dejarnos caer hasta la Cortijuela. Un placer. Chau.

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