Cañón del Fardes

30 Septiembre 2018

Fiel a la querencia por los barrancos, cumplimos visita a uno que quedó pendiente tras la entretenida -y truculenta- ruta de los Arces de Montpellier del otoño pasado. Llegando al vehículo, se nos habían quedado prendidas en la mirada las hechuras del recién nacido Río Fardes, justo después de las confluencias de los arroyos de Las Perdices, Majalijar y Revocillos. Apuntaba desde arriba un cañón pinturero, junto al que habremos pasado infinidad de veces -siempre por carretera- sin llegar a hollarlo. Pues era el momento…

El punto de partida, el mismo que en la anterior ocasión: el ensanchamiento que corresponde al entronque de la antigua carretera de Murcia con la aun más antigua que cruzaba los Revocillos, en una curva que el nuevo trazado dejó en desuso (salida Las Mimbres-Prado Negro de la A-92, al fondo de la cuesta abajo). La bajada al Fardes desde aquí no es un prodigio de comodidad, pero tampoco para echarse a temblar: por aquí, por allá, el caso es llegar al cauce, pues es la vía segura, en tanto que las laderas exhiben un monte bastante espeso.

Y así, por el cauce mismo, es por donde progresaremos sin dificultad…

Hay que decir que hacemos la excursión a finales de septiembre, y el cauce baja completamente seco. No creo que lleve mucha agua en ningún momento, porque es un terreno calizo bastante permeable, pero puede que en época de lluvias intensas haya que abstenerse.

Tras un primer tramo bastante llano, encontramos zonas con algo más de pendiente y numerosas rocas en el cauce. Nada serio, pero por momentos entretenido. Afortunadamente, la vegetación nunca llega a ser un problema, como en el más estrecho barranco de los Revocillos.

Al volver un recodo, en lo más fragoso del cañón, encontramos un “resto arqueológico”…

Osamenta herrumbrosa que ya habíamos divisado desde arriba, preguntándonos qué terrible accidente la había llevado allí…

Pero no es tal; según un paisano con el que hablamos luego, el lugar ha sido de antiguo un lamentable cementerio de vehículos para aquellos listillos que han querido ahorrarse los papeles y dineros que supone dar de baja oficialmente un vehículo ¡Hala! Venían aquí y lo despeñaban. Hay que ser ignorante y desaprensivo…

El cañón sin despojos es mucho más agradable. Majuelos, arces de Montpellier y fresnos dan el contrapunto a las encinas que tapizan las laderas.

Un poco más allá, otra muestra de civismo y conciencia ecológica (este lleva más tiempo)…

Ajena a la trapacería de los humanos, esta habitante del cañón se dedica a buscar presas que devorar, sin molestar a nadie…

Llegamos al punto más estrecho del cañón, marcado por un vistoso monolito de piedra que surge entre la espesura. Así y todo, sigue siendo bastante fácil de recorrer…

… hasta este momento, en el que hace su aparición el elemento que faltaba: el agua. Hay que hacer un pequeño destrepe para llegar a su nivel…

La misma poza, desde el otro lado. Hemos bajado por las rocas que vemos entre los dos peñascos más grandes, y hecho alguna acrobacia para no mojarnos. Podemos decir que estamos en el Nacimiento del Fardes (al menos, así aparece reflejado en Conoce tus fuentes), donde el agua que se filtraba cauce arriba reaparece para ya no abandonarlo.

El mapa geológico sitúa aquí un contacto entre calizas-dolomías con filitas y pelitas -incluso una mancha de margas y calcoesquistos-, todas ellas más impermeables que aquéllas, lo que favorece que el agua vuelva a la superficie.

El resultado es un arroyo de verdad, precioso, con el agua reflejando el cielo entre los árboles. Podemos ver burbujitas que muestran que está brotando justo aquí.

Precioso… pero bastante más incómodo para caminar, porque además la vegetación se ha hecho más densa, las márgenes más barrosas, y ya no tenemos la autopista del cauce. Procede dejar el paraíso intacto y buscar una alternativa: desandamos hasta la poza inicial, y volviendo a trepar entre los peñascos, pronto entrevemos una alternativa razonable:

A mano izquierda (en el sentido descendente del valle) columbramos una pendiente accesible con unos corrales (lo que sugiere que existe un acceso superio). Allá que vamos, por terreno relativamente trochado.

Afortunadamente, no hay ni que llegar a los corrales, porque a los pocos metros de ascenso el terreno ofrece progreso franco por encima del bosque galería que defiende el cauce:

Bruno parece opinar que es buena ruta, pues se lanza sin dudarlo en esa dirección. Hay una cresta rocosa que… vamos a ver…

Hay que trepar esa crestecilla, en un par de pasos con manos (saltitos en el caso de Bruno), pero nada como para preocuparse. En cambio, la recompensa es alta:

Queda a nuestros pies todo ese estrechamiento final del cañón, seguido por el ensanchamiento del valle, cuajado de vegetación, que hemos dado en llamar Nacimiento del Fardes. Espectacular.

Hay que bajar desde la cresta, eso sí; no directamente, pero ascendiéndola unos metros hacia la montaña, enseguida encontramos una lomilla más practicable para bajar a la vega del río, donde se ven sendas de aspecto cómodo y apacilbe.

Así que en un periquete estamos en la mencionada vega, ya terreno de sedimentación cuaternaria, por donde nos solazamos entre hierbas altas, a prudente distancia de los sauces y majuelos que defienden el agua.

Pronto comienzan las choperas, muro vegetal que ocupa el fondo del valle, hasta el Molinillo, que nos queda ya a tiro de piedra. Bajo los chopos la orilla es más amable, paseable al borde del agua, que va cogiendo alegría conforme avanzamos.

Y ahí están los primeros cortijos de la zona del Molinillo, bajo un cielo que se ha puesto rotundo de azul y nubes blancas.

Aun inciertos respecto a la ruta de vuelta, queremos evitar la carretera en lo posible, por lo que seguimos junto al río, esperando que sea factible pasar los cortijos por la derecha. Así va a ser, porque aunque hay vallados hasta cerca del agua, dejan margen suficiente para una sendilla bucólica junto al río…

Unos por una orilla, otros por la de enfrente, disfrutamos de un delicioso paseo junto al agua…

Y a fe que el paraje merece saborearlo sin prisas. La de veces que habremos estado en el Molinillo sin llegarnos a esta ribera, pardiez.

Sobrepasados los cortijos, el valle sufre un estrechamiento, que parece un poco más delicado, Optamos por pasar todos a la margen derecha, por donde, al final de un prado, ascendemos una cuestecilla que nos coloca en lo que debió de ser una acequia, hoy vereda, que discurre unos metros por encima del cauce:

Mirando hacia atrás, saliendo del valle poco a poco…

… llegamos al final a una casilla, que intuimos que debe tener acceso por arriba.

Y en efecto así es: justo por detrás de la casilla discurre el carril que desde el Molinillo se interna en la sierra, hacia el camino que lleva a Carbonales. Aunque mi idea original era volver por el Arroyo de Prado Negro, la hora y el tenerlo tan a huevo hacen que optemos por esa ruta para la vuelta. De forma que, torciendo a la derecha desde la casilla, ascenderemos el carril hasta el camino de Carbonales, por el que, de nuevo a la derecha, acabaremos llegando a la antigua carretera de Murcia, tras pasar por debajo de la autovía.

Si antes disfrutamos de rincones umbríos, ahora es momento de amplias panorámicas, como esta del valle del Fardes, con las alamedas que acabamos de recorrer.

A la derecha, más allá del Molinillo, los cerros entre el Picón y el Cucadero se visten de luces y sombras.

Tajos del Jinestral.

Y Orduña y la punta del Majalijar, cerrando el panorama más a la izquierda.

Como decía, tras cruzar la autovía por el túnel habilitado para el carril que nos lleva, desembocamos en la antigua carretera de Murcia. Solo tendríamos que bajar la cuesta, hacia la derecha, para llegar al vehículo; pero rizamos un último rizo: cruzamos la carretera y rodeamos por la izquierda el cerrillo que tenemos enfrente, con idea de no pisar el asfalto más de lo imprescindible. Y encontramos otro resto arqueológico:

En este caso el de la (más) antigua carretera de Murcia, uno de cuyos meandros está en proceso de completa naturalización. Solo el quitamiedos de obra, balcón sobre el Arroyo de las Perdices/Majalijar, da fe de su ex-sistencia.

La verdad es que no ganamos mucho, porque, tras rodear el cerrillo, el antiguo trazado nos devuelve a la carretera. Pero al menos disfrutamos de la última vista de la jornada:

Majalijar con chopo. Buen final.

Y esto es todo. À bientôt!

P.S.: Bueno, no: una precisión toponímica para los puristas: hay quien considera -y algún mapa así lo refleja- que el verdadero comienzo del Fardes solo se produce más abajo del Molinillo, tras recibir las aguas del Arroyo de Prado Negro. El tramo que hemos recorrido se llamaría Barranco de los Vaqueros (como el puente que lo cruza, justo bajo los Revocillos, junto al que aparcamos el vehículo). En cambio, como se dice antes, otros ya llamaban Nacimiento del Fardes al que nosotros hemos “descubierto”. Yo, ni quito ni pongo nombre, pero celebro el agua que brota de la tierra, se llame como se llame. Amén.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .