Sierra del Jobo

17 Febrero 2018

Hace ya bastante tiempo que, yendo de Granada a Málaga, venía echando miradas de deseo al conjunto de sierras que desfilaban por la izquierda de la autovía. A la altura de las Villanuevas -del Trabuco y del Rosario-, el telón de fondo se presentaba como un dentado perfil calizo, con los pies asentados en frondosos bosques de pinos, encinas y quejigos, que excitaban poderosamente mi imaginación. Algún día tenía que ser y, este pasado febrero, por fin fue…

Seguro que para los senderistas malagueños no será una novedad, pero para el vecino granadino (o giennense, o cordobés) lo que allí conocen como Arco Calizo Central ha sido un apasionante descubrimiento, todo un mundo de relieves cársticos donde alternan los roquedos calizos tallados en tajos y picachos inverosímiles, con hondonadas de verdor refulgente y bosques mediterráneos de cuento de hadas. El conjunto de sierras que lo forman arranca junto a la Sierra Gorda de Loja y ocupa la espina dorsal de la provincia hasta culminar en la mismísima Sierra de las Nieves, a la vera del mar. Sierras de Gibalto, San Jorge, Jobo, Camarolos, Prieta, de las Cabras, del Torcal, de Abdalajís… en fin, a ver si me dan el tiempo y la salud para conocerlas todas.

Como introducción decidimos comenzar con la Sierra del Jobo, que es la vistosísima raspa que separa Villanueva del Trabuco del poljé de Alfarnate y Alfarnatejo, y que, bien mirado, está a tiro de piedra de Granada, pues en una hora de camino te pones a pie de obra. Se trata de llegar a la mencionada Villanueva del Trabuco y tomar, no la MA-4100 que lleva a Alfarnate y sale a la entrada del pueblo, sino el camino que, desde el mismo río Guadalhorce y remontando el Arroyo de las Chozas, lleva al mismo sitio por el puerto entre las sierras de San Jorge y El Jobo. Es asfalto hasta el límite de la sierra y buen carril después. Un poquito antes del puerto, estacionamos el vehículo junto al desvío que lleva al Camping de Villanueva y el Parque de aventura Pindongos (localízalo previamente en Google, porque no está muy señalizado). Allí empezamos a caminar… y a disfrutar.

No pongo track porque hay muchos de la zona en Wikiloc, a poco que pongas Villanueva del Trabuco y Sierra del Jobo, pero incluyo este planillo con nuestra ruta a efectos de contextualizar el relato.

Parque de aventura (con tirolinas para los peques, área recreativa y albergue, todo en uno), en una amplia vaguada donde los altos pinos carrascos del principio dejan paso enseguida a encinas y quejigos.

El amplio carril que cruza el paraje continúa hacia adelante, prácticamente llano, y en una mañana fresca como esta, después de benefactoras lluvias, es una gozada tanto para domingueros como para avezados senderistas.

Hacia atrás, la Sierra de San Jorge entre quejigos.

El camino discurre por una vaguada, posiblemente una fractura en las calizas ensanchada durante milenios. Durante el primer tramo casi no tiene borde derecho, permitiendo vistas al valle. Después de un primer llano herboso, en cambio, se convierte en un corredor de poca profundidad…

… pero de umbrío aspecto, poblado como está de una preciosa espesura de encinas y quejigos. El carril se ha convertido mientras tanto en vereda.

Y así nos lleva hasta una segunda hondonada herbosa o nava -una dolina colmatada por arcilla- desde la que podemos ver con más perspectiva los picos de la Sierra, el Chamizo, máxima altura con 1.641m, a la izquierda del todo.

Tras la hondonada y una pequeña subida, nuevo tramo de pasillo boscoso:

Igualmente umbrío y evocador.

Y como no hay dos sin tres, el tercer llano herboso…

… que sigue a una vistosa trinchera entre rocas, que vemos en primer término.

En este punto nos aparece una valla ganadera que cruza todo el llano. La senda la resigue hacia la izquierda, hasta encontrar un portillo practicable que permite retomar la dirección anterior, valle arriba. De acuerdo con mapas y ortofotos, si en lugar de reemprender la subida continuáramos hacia la izquierda, una vereda a media altura u otra por el fondo del vallecito que allí empieza nos acabrían llevando al Cortijo del Jobo, desde donde se puede volver al carril inicial, con lo que haríamos una excursión familiar cortita y de muy poca subida, apta para todos los públicos.

Nosotros, en todo caso, seguimos enfilados por nuestra vaguada, en busca del collado en el que termina. Aquí se acaba lo muy facilito, y empieza la subida al collado, que es también fácil, pero un poco más exigente, por cuanto subiremos casi 200 m en la misma distancia en la que hasta ahora hemos subido poco más de 50.

Como se ve, el terreno se ha empinado, saliendo de la zona boscosa, y hacia atrás van definiéndose las sierras que dejamos a nuestra espalda.

Despacito y con buena letra, llegamos a un antecollado, inicio de un falso llano que nos llevará al collado “de verdad”, que vemos al fondo. La ¿era? que vemos y luego una extraña estructura semiexcavada en el terreno nos verán pasar.

Llegados al collado, las vistas del otro lado se despliegan ante nosotros:

Esa es la Sierra de Camarolos, atractivo caos de paredes y hondonadas que está diciendo “recórreme”. A nuestros pies, oculto por el pedregal del primer término, se ubica el llamado “mirador del Hondonero”, a donde puede llegarse en vehículo desde Villanueva del Rosario, y luego enlazar con el carril que vemos al fondo, flanqueado por el vistoso Tajo de la Madera, y acceso privilegiado a las alturas de aquella sierra. Lo apuntamos en “pendientes”.

Un detalle nos llama poderosamente la atención: casi a los pies de la inmensa mole rocosa de la Sierra del Jobo circula una notoria faja de terreno llano y con suelo, atiborrada de árboles o arbustos, que parece tener continuidad hasta doblar la esquina de la montaña. Verla y desear recorrerla es todo uno. No hoy, que vamos prudentes, pero la situamos primera en la lista de espera…

Descansamos un poco en el collado y luego, siguiendo las indicaciones del track que hemos pillado en Wikiloc, buscamos, en los cerros de la izquierda y ligeramente hacia atrás la que llaman “cueva de Tomaybebe”, simpático nombre que podría indicar incluso alguna fuente.

Esta es la cueva, claramente usada por pastores y ganados, situada bajo las paredes más visibles de la ladera. No tiene pérdida, porque además existe una sendita desde el collado. Eso sí, fuente no encontramos; tal vez alguna gotica de agua resbale por sus paredes en tiempo lluvioso…

A continuación descendemos un poco sin dejar de desplazarnos a la izquierda, hasta retomar la senda -o sendas, porque al ser de cabras consta de varios hilos-, que va ascendiendo y contorneando la loma, torciendo poco a poco a la derecha.

Así “doblamos la esquina” en busca de una segunda vaguada y collado. El tiempo se ha metido en nubes que juguetean con las cimas.

Desde este punto las vistas son espectaculares: el poljé de Alfarnate a nuestros pies, Sierra Gorda de Loja al fondo izquierda, Sierra Nevada -nevada- en el centro y la poderosa mole de Tejeda culminando las sierras de la derecha. Inusual vista para nosotros, de sitios conocidos que desde aquí parecen nuevos… No hay nada como viajar.

Como decía, la senda ingresa en una nueva vaguada, toda verde, que culmina en un collado, al pie del roquedo calizo de las cimas. Aunque es un desvío, no dejamos de acercarnos para gozar de nuevas perspectivas.

Y a fe que no nos arrepentimos, porque desde el collado la sierra se pone grande, vasta mole caliza de flancos impresionantes, y “nuestra” faja, a sus pies, se aprecia con mayor claridad. En primer plano vemos un derrumbe o cascada de peñascos, rasgo que parece ser habitual en la zona, producto de algún formidable cataclismo que se llevó un cerro por delante en tiempos ignotos.

El río de piedras complicaría tomar la subida clásica al Chamizo, que se hace desde el Mirador del Hondonero y transcurre al otro lado del derrumbe. Si desde aquí quisiéramos coronar, parece que lo más práctico sería echarse al roquedo, por la izquierda, aunque no es camino de rosas, según parece.

En todo caso, nosotros damos por bueno lo recorrido e iniciamos la bajada, sin más que dejarnos caer por la vaguada a nuestra espalda. Tras despistarnos un poco por la ladera de la derecha pensando que sería más dócil que el fondo, lo cierto es que pronto se convierte en un lapiaz pesado de recorrer, y las trochas nos vuelven a llevar al mismísimo fondo de la vaguada, por donde circula el ganado y lo haremos nosotros.

Hay que activar las rodillas y tirar de bastones, si se tienen, evitando los traspiés, pero por lo demás no ofrece especial dificultad.

La bajada alterna tramos más rocosos con placenteros rellanos. En uno de ellos, al abrigo de unas peñas con encina, nos decidimos a comer, rogando por un poco de sol, que va y viene sin saber si quedarse o esconderse. Tras la comida, la foto oficial:

Con un telón de fondo de cinemascope y technicolor.

Retomada la bajada, saludamos a un solitario arce de Montpellier…

… y atravesamos un paso de duendes bajo una protectora encina.

La vaguada aterriza ¡por fin! en una coqueta hoya:

… adornada por unos cuantos quejigos de venerable aspecto, acompañados por los sempiternos majuelos.

A partir de aquí el terreno se allana considerablemente y nuestro discurrir es más plácido…

En el extremo de este singular anfiteatro, sobre un grupo de rocas que afloran del sedimento, como puestas a propósito, “tomamos posesión” del lugar, que a su vez ha tomado posesión de nosotros. Al fondo, las alturas de las que venimos.

No lejos de ahí, un cadáver de Ent que vino a morir aquí, postrado por la edad.

El sol parece despedirnos con un último esplendor en la hierba.

Sigue un tramo gozoso y gozable, de poca pendiente, rosario de hondonadas herbosas…

… bajo los árboles del bosque que va adensándose alrededor.

El sol va marcando un camino de luz, conforme salimos del palio de nubes detenidas en las alturas. Aparecen en gran cantidad matas de eléboro, con el brillo verde claro de sus inflorescencias.

Aquí un “falso árbol”, en realidad enredadera desplegándose desde un tronco muerto.

Nuestro corredor acaba confluyendo con otro vallecito que baja desde la derecha, en el cual se dibuja una senda algo más clara. (Por cierto que, si se hace la ruta en sentido contrario, este es un punto ideal… para perderse, porque la senda más clara sigue el otro valle, y la embocadura del nuestro no es para nada evidente cuando se sube. Ojo al dato y al track, si se tiene). Por la senda conjunta acabamos el descenso, hasta un amplio llano:

… que se abre a la izquierda, por donde habríamos aparecido si hubiéramos acortado la ruta desde el llano de la valla…

… mientras al frente, y sobre un altozano, nos aparece el Cortijo del Jobo, puesto avanzado de la civilización en estos agrestes parajes.

Superada la cuestecilla, miramos hacia atrás a la sombra de un magnífico quejigo.

Hay junto al árbol una desvencijada cabaña prefabricada, que conoció mejores tiempos ¿intento fallido de turismo rural “a la noruega”?

La vista desde el cortijo es espectacular, con el Tajo del Fraile a la derecha y la Sierra de Enmedio (en medio de los Alfarnates) a su izquierda. Por detrás comienza la Axarquía malagueña, con Riogordo y Colmenar como primeros hitos.

No hay nadie en el cortijo, pero sí una valla con portillo y cartel que reza “no pasar. Propiedad privada”. Pero mira hacia el otro lado y por tanto lo que acota es el sitio del que venimos, así que sentimos que, si acaso hemos circulado ilegalmente, ahora estamos algo más en la legalidad.

Desde el cortijo ya circulamos por un carril con todas las de la ley -si de leyes hablamos- con la Sierra de San Jorge al fondo.

Cerca del final, una preciosa charca con un no menos precioso quejigo.

La confluencia de este carril con el principal, en el que tenemos el coche, nos depara una pequeña y desagradable sorpresa: hay una valla bastante bien conservada que nos separa del mismo, y su entrada -salida en este caso- está cerrada con candado. Vaya pues, al final sí que estábamos fuera de la ley. Tendremos que hacer alguna contorsión para poder salir, pero nada que con buen ánimo sea imposible. Habrá que estudiar para otra vez si, derivando a la izquierda antes de este final, se encontraría un paso más decente.

En todo caso, una vez fuera emprendemos el retorno hacia la izquierda, por sendas entre los pinos a la vera del carril (con tal de no ir por el carril, mira tú), y en un cuarto de hora estamos llegando al lugar donde nos espera nuestra amada Gwendoline (mi furgo, que es mujer). Volveremos sin duda y sin que pase mucho tiempo, pues se nos ha quedado cierta faja en las mientes. Hasta entonces.

Un pensamiento en “Sierra del Jobo

  1. Pingback: Cierta faja en el Jobo | elcaminosigueysigue

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