Alacranes-Perdiñel

11 febrero 2018

Tras las últimas aproximaciones a los pinares de los Alacranes desde el Aguas Blancas y desde el Barranco del Tintín, acabo haciendo una ruta comme il faut por la zona, culminando en el Cerro Perdiñel, a modo de compendio de todo lo descubierto en esta hermosa y poco transitada zona al este del pantano de Quéntar. Un entretenido subeybaja por cuatro valles y tres cerros, con la nieve como feliz acompañante.

Vuelvo a salir en esta ocasión desde el Aguas Blancas, frente al barranco de Martín García, por donde se entra en materia de modo mucho más directo.

Aquí tenéis el mapa en Google Maps. Y el track en wikiloc.

Tras cruzar el río y ascender unos metros tomo la senda a la izquierda, para ascender por el barranco que lleva al collado entre Aguas Blancas y Padules…

En cuanto gano un poquito de altura, la nieve aparece alegrando el paisaje.

… y en poco más de media hora estoy en el mencionado collado.

Tomo a la izquierda, por la senda que discurre cerca de la divisoria, buscando el collado de los Alacranes, al que llego en otros 20 minutos. Cuando fuimos a Prado Payoyo tomamos allí el carril hacia la derecha; hoy busco el carril secundario que sale a la izquierda, para llegar después de una corta y amena subidita al cerro de los Alacranes:

Su cima es en realidad un amplio llano, vigilado por este grupo de pinos.

Y las vistas, en un día despejado como hoy, son espléndidas. Esta hacia el Oeste, desde el Calar de Güejar hasta los tajos del Agarradero, con Tejeda y Almijara en la lejanía.

Y esta hacia el Este, con el Cerro Perdiñel como elemento más visible, y los cerros de Tocón por detrás y a la izquierda.

Tras deambular un poco, deshago el carrilito de la cima buscando el principal.

… y una vez en este último, afronto decididamente el descenso, a la izquierda, hacia los Cortijos de los Alacranes.

Al estar en umbría, la nieve me regala una estampa plenamente invernal ¡menos mal que voy andando!

Llevo a mi izquierda el vallecito que desciende hasta el Arroyo de los Alacranes, donde se ubican los cortijos del mismo nombre. Por aquí pasó el incendio del 96, aunque respetó parte de los pinares originales. Por la loma nevada del primer término había pensado bajar, buscando una senda en el fondo del valle, que pinta interesante.

Pero unos paisanos que regresan con su 4×4 tras examinar su rebaño enfrían mi determinación: “Eso está mu malo”, sentencian con su pragmática opinión de lugareños que desconfían de las habilidades del urbanita (y por otro lado no ven razón para enfangarse en el fondo del valle habiendo tan cómodo carril hasta el mismo sitio). Les hago caso permaneciendo en el carril, aunque luego me arrepentiré.

El carril, desde luego, es una opción fácil, que no deja de ofrecer sus alicientes, como este estilizado chopo, desnudo por el invierno.

Cerca ya del fondo y superado un rebaño de vacas que pastan a su amor, vuelvo la vista atrás hacia el collado por el que he accedido al valle.

Donde este barranquito se une con el de los Alacranes se ubican un par de cortijos con sus tierras de labor:

Aquí estoy pasando cerca de uno de ellos, oculto tras los chopos. El camino aquí hace un giro a la izquierda para abordar la solana.

Poco después del mencionado giro del carril, tras cruzar el barranco, aprecio una senda que asciende por el pinar, a la derecha. Podría llevarme a la divisoria de la loma que baja desde el Perdiñel, surcada por un cortafuegos, y podría ser una ruta de acceso directo al cerro. Pero me apetece pasar por el helipuerto que hay al otro lado de la loma y tomarme el ascenso con calma y por camino, dado que además la nieve podría hacer resbaladizo el último tramo de ese ascenso directo. De modo que permanezco en el carril.

Y un poco más allá obtengo mejor vista de los cortijos:

…con el Cerro Perdiñel, mi objetivo final, dominando el valle.

Cerca de la divisoria de la loma me desvío unos metros hasta un grupo de rocas que hacen de atalaya sobre el valle. Desde allí tomo esta panorámica:

El Arroyo de los Alacranes cruza toda la foto de izquierda a derecha hasta abarrancarse bajo las faldas del cerro. Enfrente, el barranco lateral que baja desde el collado. Por ambos veo discurrir una senda bastante franca, que solo se pierde ya en el vértice de la loma que baja desde el camino.

Creo que podría haber hecho ese descenso sin demasiado sufrimiento, aunque aprecio que la vuelta al carril hubiera sido desde la valla del primer cortijo hacia la derecha, en lugar de por la  ladera en la que estoy, fea de aulagas, como había pensado inicialmente. Otra posibilidad a explorar es si valle abajo, por donde el arroyo se abarranca, se podría llegar al Aguas Blancas. Habrá que investigarlo en otro momento.

Vuelvo al carril, que un momento después dobla la esquina de la loma internándose de nuevo en umbría. 300 metros más allá, pasa junto al helipuerto:

Un vistoso llano flanqueado por dientes calizos, con un círculo de piedras que encierra una “H” que permite identificarlo desde el aire.

Desde este llano baja una vereda bien marcada hasta el río Aguas Blancas, por una zona que se quemó pero cuya vegetación se encuentra hoy en franca recuperación. No la tomaré porque mi ruta de hoy va en sentido contrario, siguiendo el carril que gira a la derecha y faldea la loma en busca del Barranco del Pocito, que baja desde el mismísimo Perdiñel.

Desde ese tramo domino el curso bajo del Barranco del Pocito o de los Alacranejos, muy afectado por el incendio, y el propio valle del Aguas Blancas, con la carretera de Tocón claramente visible. Como máxima altura destaca al fondo el Cerro del Pararrayos (1.658m).

El camino entra en el valle del Pocito, que cruzará para seguir en dirección a Tocón.

Pero en dicho cruce, antes de un paso de ganado, se desvía a la derecha el ramal que asciende por el valle, que es el que voy a tomar.

A pocos metros del comienzo, observo una clara vereda que asciende a un collado a la derecha. Es la que había identificado a la altura de los Cortijos de Alacranes, que me hubiera permitido llegar aquí sin pasar por el helipuerto. Subiré al collado para comprobarlo, antes de volver a bajar y continuar por el carril.

Algo más arriba, el Cerro Perdiñel comienza a asomar la cabeza a la derecha.

Todo este valle está completamente arrasado por el incendio, los cerros cubiertos de un espeso aulagar donde van despuntando pequeños pinos, en una muy lenta recuperación de la cubierta vegetal. He venido en buena época, porque a pesar del día fresco y la nieve llego a pasar calor bajo este solazo inclemente. No quiero pensar lo que sería subir esto en pleno verano…

El camino, siempre en ascenso moderado, hace una revuelta que lo orienta hacia el collado vecino al cerro. Espero poder trochar las últimas lazadas del carril por la vaguada que asciende al collado.

En efecto, en la curva a izquierdas que hace el camino en esa vaguada, lo abandono por la derecha para seguir por la vaguada, afortunadamente bajo la sombra bienhechora de los pinos.

Tras unos 200m de ascenso sin complicaciones vuelvo a encontrar el carril ya casi en el collado, habiéndome ahorrado 750m de solanera.

Desde el collado, salgo por la derecha, entre los pinos, ascendiendo suavemente, sin senda pero con el mandato claro de subir hasta que no pueda seguir haciéndolo, lo que indicará que estoy en la cima.

En unos minutos completo el ascenso al techo de la jornada, que me recompensa con unas espectaculares vistas:

Con el Cerro Zujeiro a la izquierda, dominaría, si las nubes me dejaran, buena parte de Sierra Nevada con sus tresmiles. En el centro, los pinares del Barranco de Prado Payoyo, que arranca a mis pies, y el de los Alacranes a la derecha, al otro lado de la cresta del cerro. Por detrás, buena parte de la Sierra de Huétor, cerrada al fondo por las alturas de Sierra Arana.

Sierra Arana y Sierra de Huétor enmarcadas por las rocas que constituyen la cima.

Más a la derecha, Tocón se cobija bajo el cerro de la Venta. Por detrás se intuye el altiplano de Guadix-Baza, con Cazorla y Sierra de Castril al fondo.

Tras un buen rato de contemplación, emprendo la bajada:

En dirección a Prado Payoyo, pero no descendiendo el barranco, que parece un poco espeso, sino derivando a su izquierda; no tanto como para volver al carril en el collado, sino en paralelo, por los pinos, para llegar al cortafuegos que resigue todo el borde Sur del pinar.

Salgo de los pinos frente a la planicie desnuda por donde se llegaría hasta Padules (a la izquierda), y que recuerda hoy las tierras altas de Noruega. Yo me mantengo en el cortafuegos, bastante embarrado, que tomo hacia la derecha, por el borde del pinar.

El cortafuegos me lleva a un altozano que domina uno de los ramales del Barranco de Prado Payoyo, desde donde puedo ya ver el carril que lo recorre, al que quiero acabar llegando.

El cortafuegos se precipita ladera abajo, para subir luego abruptamente del otro lado. Pero en el fondo del barranco se dibuja una senda que me permite acabar de descenderlo hasta el carril:

Al que llego sin más preocupación que evitar los resbalones que nieve y barro propician. De nuevo en umbría, la nieve tapiza el carril.

Lo más corto aquí sería tomar el carril hacia la derecha, cruzando luego el barranco e ingresando en la solana. Pero hoy estoy juguetón, así que lo tomo a la izquierda, con intención de bajar por el cortafuegos, que después de su transcurso por las alturas volverá a encontrarse con el carril, y a bajar desde el final de este hasta el fondo del Barranco, por la umbría.

Así lo hago, acabando por cruzar la divisoria de la loma, dando vista al Arroyo de Padules y con el Alto de Haza Redonda enfrente.

Aprovecho un agradable rellano entre pinos, donde carril y cortafuegos vuelven a juntarse, para reponer fuerzas, que ya toca. Luego acabo de recorrer el carril por esta solana para llegar a donde acaba, dejando solo al cortafuegos, que se precipita, a la derecha, hasta el fondo del valle. Antes de esta bajada empinada y resbaladiza, sin embargo, tomo una sendita que sigue por la divisoria, hasta un repunte con esclarecedoras vistas:

Tengo enfrente el Arroyo de Padules, a la izquierda, y a la derecha la solana de los cortijos de La Cueva -Alto y Bajo-, que debo cruzar para volver. Este es un magnífico punto para proyectar mi ruta, que dibujo mentalmente por los prados abiertos hasta el más alto (punto rojo), por donde intuyo que podré ganar la loma y buscar desde ahí la vereda que me llevó al collado de Alacranes, que circula algo más arriba.

Hecho esto, vuelvo por la trocha hasta el final del carril y desciendo por el cortafuegos de la umbría. Con cuidado por lo resbaladizo del terreno, a mitad de la bajada me parece apreciar trochas de ganado por la izquierda, que sigo, internandome en el pinar y completando la bajada por un terreno algo menos resbaloso, hasta el fondo del barranco, donde encuentro con alivio la sendita que bajaba del carril a las cuevas, que ya hicimos el otro día. Llego entonces al espolón de las cuevas, donde hago una parada, entreteniéndome en buscar la que llamé planta alta, preciosa oquedad a la que se accede trepando con pies y manos (para desesperación de Bruno, que gimotea sin poder seguirme), pero que me regala esta espectacular vista:

Toda una banda de cazadores recolectores podría cobijarse aquí, a salvo de alimañas.

Siguiendo la ruta del otro día, bajo hasta cruzar el arroyito que me separa de la solana, por la que en esta ocasión asciendo de través, en lugar de bajar, orientado hacia el prado alto que tengo como referencia.

De escalón en escalón, paso por uno adornado con almendros, que esperan todavía alguna semana para florecer.

Sin demasiadas complicaciones, acabo avistando mi prado guía:

El otro día pastaba por aquí un rebaño que acabó desapareciendo loma arriba, por lo que intuyo que encontraré el camino que sus sabias pezuñas habrán dibujado sobre el lomo rocoso que lo cierra.

En efecto, desde el prado se dibuja el rastro rojizo que las patas embarradas dejan sobre la roca, y siguiéndolo desemboco en la parte superior del escalón:

Allí la roca es sustituida por fecunda tierra rojiza, en la que se dibuja algo parecido a una trocha. Para mi sorpresa, no prosigue por la divisoria, sino a la izquierda de esta, faldeando. La sigo, pues sería desatino despreciarla en este terreno de rocas y arbustos que podría complicarme la vida.

De esta manera acabo llegando al entronque de esta lomilla con la ladera, cruzando una vaguadita sobre la que, unos metros más arriba, discurre la senda por la que entré esta mañana ¡prueba superada!

Desando entonces la senda hasta el primer collado, al que llegaba la vereda desde el Aguas Blancas. Pero como tengo tiempo decido rizar el rizo y llegarme al cerro que culmina esta cadena, el último antes del pantano ¡a ver si consigo verlo desde las alturas! De modo que, en el collado, en lugar de bajar a la derecha, sigo al frente por la divisoria:

Al principio por senda algo desdibujada, pero que pronto se define claramente, ora del lado del Aguas Blancas, ora del Padules, con el cerro de mis desvelos justo enfrente.

Cuando circulo por la derecha de la divisoria, habiendo ganado altura, disfruto de una excelente panorámica del arroyo del Polvorista, con su pelada alameda en el centro.

Sin ninguna complicación, acabo llegando a las inmediaciones de la cima:

… acotada al nordeste por estos vistosos dientes de piedra.

Como la de los Alacranes, la cima es un vasto llano, poblado por un único pino doble, y de esplendorosas vistas.

Entre ellas, aproximándome a su borde suroeste, la del pantano de Quéntar, por fin.

Hay un rebaño de cabras un poco más abajo. Intentando evitarlo, vuelvo al punto más alto y busco bajada desde allí. Siguiendo la divisoria encuentro trochas de ganado…

Salida desde la cima, ligeramente por la derecha de la divisoria.

Sigo la trocha hasta que me vuelvo a topar con el rebaño, lo que me lleva a desviarme a la derecha para ahorrarle a Bruno sus urgencias y a mí tener que sujetarlo. No sé si las trochas me hubieran llevado más cómodamente, pero en todo caso tengo visto que la bajada más directa ha de ser por ese lado, cerca del borde de los pinos…

Desde este punto, en terreno libre de pinos aunque bien cubierto de arbustos, diviso el rellano en el que debo aterrizar. No lo haré directamente, sino derivando a la derecha, para coger algo más arriba la senda que pasa por el mismo, que ya hicimos en nuestra primera visita a estos cerros.

Aquí marcho sin senda durante un rato, siendo el terreno más incómodo de la jornada: empinado y cubierto de retamas, bajo a ojo de buen cubero hasta  internarme en la pinada ya cerca del rellano situado algo más arriba de mi pista de aterrizaje:

De hecho, llegando a ese punto ya camino por algo parecido a una trocha, lo que me indica que he calculado bien. Al fondo de este pinar, a la izquierda, baja la senda ya conocida, que me llevará hasta el rellano de referencia.

En el mismo, y sorteando vacas que pastan alrededor, llego al pequeño hito de piedra que indica la bajada, donde la vereda se hace más visible…

Superadas las bañeras-abrevadero situadas junto a la senda, llego al último viso del camino, previo a la pendiente pero fácil bajada que me colocará en la acequia en desuso que ya conozco, a pocos metros del río Aguas Blancas.

Por la misma, que encuentro algo más despejada de obstáculos que la otra vez (algún pastor ha desbrozado un paso en el árbol caido sobre la acequia), llego sin problemas a mi punto de inicio, justo a tiempo de volver con las últimas luces del día. Bello día y bella ruta. Hasta la próxima.

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