La Regidora de Júrtiga

30 Diciembre 2017

En nuestra útima visita a Júrtiga me quedé con las ganas de entrar en la finca La Regidora, precioso ejemplo de encinar mediterráneo sobre calizas, propiedad de una inmobiliaria malagueña que la tiene en barbecho, al cuidado del Sr. Manuel, con el que estuvimos hablando entonces, y que nos aseguró que podríamos entrar si no había montería, como era el caso aquel día. En estas jornadas navideñas, y deseando por otro lado enseñarle el venerable quejigo de Júrtiga a mi compi, decidimos matar dos pájaros de un tiro y visitar quejigo y Regidora, con remate gastronómico en Alhama. Y allá que fuimos.

En la Regidora se planteó hacia el 2005, al calor del frenesí inmobiliario, la construcción de ¡630 viviendas!… más un club hípico. Era solo uno de los cuatro planes urbanísticos en terrenos de alto valor ecológico de Alhama que la crisis vino a paralizar… aunque no tengo claro que definitivamente. No seré yo quien cuestione la importancia económica de los planes citados, pero me asalta la duda de si vender nuestros espacios mejor conservados para disfrute privado de ciudadanos europeos de alto poder adquisitivo no resulta, a la larga, una estrategia empobrecedora y algo suicida.

El caso es que de momento la finca sigue allí, intacta, y es usada por pastores, ocasionales cazadores y los escasos senderistas que, previo permiso amablemente solicitado en la misma puerta, accedemos a este espléndido lugar.

Nos llegamos al llano de Júrtiga por la carreterita que lleva a Zafarraya -no la del Navazo, sino la que sale antes, por los Llanos de la Dona y el Bernagal, que entra en júrtiga por el Cortijo del Doctor-. En el cruce de caminos -bastante embarrados- entre el Cortijo de Júrtiga y la Regidora aparcamos el vehículo.

Al inicio del camino de la Regidora, un par de esbeltas encinas conforman un bello grupo escultórico. Al fondo pueden verse, precisamente, las naves situadas a la entrada de la Regidora.

El breve ascenso hasta la entrada nos proporciona ya la suficiente altura como para que Sierra Nevada asome la cabeza por encima de las lomas que cierran Júrtiga por el Este.

Llegados a la verja de la propiedad, recibimos la visita de una hembra de mastín grandota y bonachona, recién parida a juzgar por sus ubres ubérrimas, que precede a Manuel, el guarda. Ante nuestro humilde requerimiento de paso, nos franquea la entrada sin más complicaciones para dar una vuelta por la finca ¡Estamos dentro!

Tomamos el carril que, rodeando las naves, asciende una cuestecilla hacia la derecha y busca, atravesando la finca, la misma carretera de Zafarraya por la que hemos entrado en Júrtiga.

La finca alterna manchas de encinar denso con amplias zonas abiertas, algunas cercadas, no sé si para mantener ganado dentro o más bien para lo contrario. Al fondo, la falda del Cerro de la Torrecilla se adorna de rubios quejigos que, ay, yo hubiera querido más cercanos.

Desde el llano ligeramente rehundido que ocupa este sector de la propiedad divisamos, más allá, la cima plana del somero cerrete que ocupa el centro de la finca, el Cerro de la Madriguera. La promesa de horizontes nos invita a abandonar el camino principal por uno secundario que parece apuntar a dicho cerro. No va muy lejos, pues se revuelve sobre sí mismo para morir en una verdeante majada. Pero hay sendas que se internan en el bosque de encinas, en la dirección deseada, así que nos dejamos conducir por ellas mientras vamos ganando altura hacia la cima.

Pronto estamos rodeados por una deliciosa espesura entre troncos cubiertos de líquen y piedras cubiertas de musgo, todo reverdecido por las recientes lluvias.

Es totalmente un paisaje de gnomos, como este que pudimos sorprender mientras meditaba en su trono, de verduras esmaltado.

El bosque se compone casi exclusivamente de encinas, que constituyen incluso el sotobosque, bajo la forma de renuevos que ocupan el lugar de cualquier otro arbusto. Pero se bastan para componer un paisaje de cuento…

Sin excesiva dificultad, aunque el último tramo carece de sendas, llegamos a las alturas del cerro…

… dominado por un lapiaz en el que se abren frecuentes dolinas tapizadas de hierba.

Por fin alcanzamos a divisar algo distinto de las omnipresentes encinas: en este caso un ejemplar de cornicabra, sus últimas hojas coloreadas con el rojo broncíneo que toman antes de caer.

Desde estas alturas, en las que brilla radiante el sol, comprobamos que la niebla todavía se demora en el valle del Genil. Al venir hacia acá nos acompañó casi hasta Sta. Cruz del Comercio.

Hemos ido llaneando por la parte alta del cerro, buscando su extremo occidental, desde el que esperamos gozar de buenas vistas de Zafarraya…

Llegados a ese punto, nos encontramos un grupo de caballos que pastan despreocupados…

… y, efectivamente, la vista que buscábamos, con Zafarraya engastada como un diamante blanco en medio de su poljé.

Tras un rato de contemplación, nos planteamos la bajada por la ladera Noroeste del cerro, que resulta igual de fácil que el ascenso, si acaso más despejada. En unos minutos estamos de nuevo en el llano:

Caminando siempre entre grupos de encinas separados por las características depresiones rellenas de “terra rossa” (arcillas resultantes de la desaparición del carbonato cálcico de calizas margosas), y cubiertas de hierba.

Acabamos regresando al camino principal, que tomado a la izquierda nos conduciría al límite norte de la finca, que resigue la carreterita de Zafarraya. Pero como queremos comer en Alhama -después de ver EL quejigo de Júrtiga-, lo tomamos a la derecha…

…aunque luego nos desviamos por otro camino lateral, a la izquierda, por cubrir más extensión de finca.

Sin acabar de llegar al final de ese camino -en un portillo por el que saldríamos al camino del Cortijo del Doctor-, volvemos al principal y, ahora sí, desandamos lo hecho al comienzo para llegar de nuevo a la entrada principal. Saludamos a Manuel, que está comiendo con un paisano, y abandonamos la propiedad contentos y satisfechos.

Bajando por el camino hacia Júrtiga, reparamos en una vistosa fuente que nos había pasado desapercibida a la ida. Dos de sus sólidos abrevaderos excavados en piedra han sido sustituidos -¡tiempos modernos!- por una bañera de metal esmaltado y un desvencijado frigorífico, que omito por mor de la estética.

Llegando al camino principal, los campos de alrededor verdean rutilantes sobre el fondo de encinas…

… y de quejigos que, curiosamente, se prodigan más fuera de la Regidora. Las encinas al borde de los campos también tienen más porte, quizá por tener más espacio o más trabajo del ganado “limpiando” sus renuevos a bocado limpio.

Ya en el camino principal, estamos separados del quejigo de Júrtiga por una mancha de encinar, más corta de rodear por la izquierda. Pero tomamos a la derecha, con intención de llegarnos primero al Cortijo de Júrtiga, famoso por su queso de cabra, al que no haríamos ascos en estos momentos.

Llegados al Cortijo, conseguimos atraer la atención de la mujer encargada de la venta, a la que compramos un buen medio kilo de excelente queso de cabra de curación media, que habrá de ser nuestro aportación a la cena de Nochevieja que se nos viene encima. Tras ello, proseguimos el rodeo del encinar, desde cuyo ángulo Nordeste divisamos ya nuestro último objetivo:

Visto desde aquí parece pequeño, siendo además que, a diferencia de otros que hemos visto, nuestro quejigo está pelado casi por completo. Al fondo, la Sierra de Loja/Sierra Gorda rivaliza con él en desnudez. Entremedias, las encinas de la Regidora.

En llegando a las inmediaciones del árbol, vuelvo a comprobar la semejanza de este paisaje con el de cualquier dehesa extremeña. Solo faltan los marranos, sustituidos en la zona por cabras y ovejas.

Y aquí está nuestro árbol, el pasmoso quejigo de Júrtiga: 20 m de altura y 33 m de diámetro máximo de copa. Hoy, desnudo de follaje, parece más pequeño, pero sigue siendo un ejemplar majestuoso…

… se mire por donde se mire. Igual los más antiguos de la Sierra Sur de Jaén pueden superarle en grosor de tronco, pero aquellos han sido carboneados, resultando en copas esmirriadas, mientras que este está intocado en toda su estructura de ramas principales.

Laberinto fractal bajo el sol…

Ni que decir tiene que la foto oficial es para este “monstruo al que hemos venido a ver…”

Tras un rato absorbiendo vibraciones naturales, emprendemos la vuelta, que en este caso consiste en seguir en la dirección que llevábamos, para completar el rodeo del encinar:

… entre estos verdes rabiosos que Zeus regó y Apolo hace brillar para nuestro deleite.

La última mirada, estilo jardín zen…

… y para Alhama, que hace hambre. Sayōnara!

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