Por los recodos de Aldeire

19 Noviembre 2017

A finales de octubre exploramos uno de los barrancos en los que se divide el Arroyo Benéjar de Aldeire por encima del horcajo, el Arroyo de Los Pasillos. Nos despedimos entonces con las vistas del otro barranco, el de Los Recodos, clavadas en la retina, desde las alturas del cortafuegos por donde discurre la vereda más habitual. No he esperado mucho para completar el escaneo de la zona, recorriendo por su fondo este último. Además, en esta ocasión, yendo solo, aproveché para completar el ascenso hasta el sendero Sulayr, recorriendo la continuación del barranco por encima del carril principal del Marquesado, que toma el nombre de Arroyo del Picacho (por cierto, el mapa Mulhacén 1:10.000 de la Junta denomina tanto al barranco de los Recodos como al del Picacho como “Barranco de los Tejos”. Quede dicho para que nadie se despiste con la toponimia, siempre azarosa). Es un transcurso lleno de alicientes y con algunas espectaculares sorpresas botánicas, potenciadas por el apogeo de la coloración otoñal de las especies con las que en su momento se repobló toda la zona…

Aquí tenéis el track de la ruta en Wikiloc (como cortesía para Fco. José)

Decidido a no perder el tiempo, me llego en esta ocasión con el vehículo a la Rosandrá, el área recreativa de Aldeire. Llego temprano y la tengo toda para mí, con sus castaños -ahora sí- en su óptimo cromático.

El breve recorrido hasta el horcajo es pródigo en vistosos claroscuros, con el verde de alisos y coníferas y el dorado de los castaños en plenitud.

En algo más de media hora estoy en el horcajo, dispuesto a embocar el barranco de los Recodos, a la derecha.

El tramo inicial del barranco es llano y de buena anchura. Una débil trocha se insinúa entre la hojarasca. Enseguida llego al primer estrechamiento, con la expectativa de comprobar si su continuación puede ser igual de cómoda…

Hay un puentecillo de troncos que cruza una revuelta del arroyo; y, antes del mismo, un pequeño hito de piedras, señal de que alguien ha pasado por aquí con la misma intención que yo…

Le sigue un tramo más cerrado, sombreado por abetos, por donde sigo progresando con comodidad.

Hay algún punto en el que la senda atraviesa un macizo de zarzas, pero con su coladero correspondiente que permite un paso relativamente airoso. No sería así, pienso, si no tuviera cierto tráfico, porque el paso se cerraría en una sola temporada…

Sin despeinarme demasiado llego al primer ensanchamiento, donde chopos y castaños alegran la adustez de pinos y encinas.

Empiezo a creer que mi ruta va a ser más plácida que la de Los Pasillos, siendo que la trocha se mantiene y parece indicar que este barranco está algo más transitado, siquiera sea por algún que otro rebaño.

Al primer claro le sigue otro tramo de abetos y algún que otro cedro.

De esta forma llego a un segundo ensanchamiento poblado de castaños:

El terreno es practicable, aunque insidiosos rosales dan en crecer aquí y allá, dispuestos a darme un recadito al menor descuido… También aparecen rascaviejas, indicadores del dominio potencial de la serie de los encinares silicícolas meso y supramediterráneos. Vale decir que, sin la intervención del hombre, aquí crecería un encinar con rascaviejas.

El final de este claro va a suponer un duro golpe a mis esperanzas de un trayecto cómodo; andando al borde del agua, llego a un punto en el que zarzas y rosales se confabulan para impedir el paso. Más arriba entreveo, en la margen izquierda (subiendo), una espesura de aspecto hosco, complicada por el tronco de un imponente abeto que se ha derrumbado sobre sus convecinos, cerrando el posible camino por ese lado. Sin embargo, la trocha que parece evitar mi atasque se insinúa, tras cruzar el arroyo, en esa misma margen izquierda. Con algunas dudas, la tomo y acabo ascendiendo por la ladera, de cierta inclinación, hasta superar el punto en el que yace el abeto desplomado. Como no es nada cómodo este terreno, procuro bajar de nuevo al arroyo, lo que consigo con algo de funambulismo un poco más allá.

Aterrizo en un nuevo ensanchamiento donde los alisos toman el relevo de los abetos (aquí mirando valle abajo).

Pero no me cuadra que la senda cómoda que venía siguiendo haya hecho semejante excursión por la ladera, así que me empeño en volver atrás, en este caso por la margen contraria, por averiguar dónde he metido la gamba. De entrada, compruebo que existe senda en este lado, con lo que me queda claro que me equivoqué de margen en el atranque. Poco después, sin más complicación que apartar alguna rama de zarza salida de madre, llego a ese punto, y comprendo mi error: en el claro de los castaños debí mantenerme a unos metros del agua, por la derecha, y por esa margen continuar arroyo arriba. Así que estáis avisados.

Lo cierto es que el camino correcto, visto en esta foto, no parece demasiado prometedor, pero es el bueno. Menos mal que los rascaviejas, a pesar de su nombre, no pinchan ni rascan demasiado.

Por cierto que, antes de llegar (de nuevo) al ensanchamiento desde el que he vuelto hacia atrás, se atraviesa un tramo de rocas junto al agua, que la humedad puede volver resbaladizas. Son tres o cuatro metros, pero será menester pisar con garbo.

El ensanchamiento de los alisos, ahora en la dirección correcta.

Muy poquito después atravieso una nueva alameda-con-castaños: los álamos pelados y los castaños amarillos. Estoy claramente dentro de una de las manchas doradas en la foto que tomé del barranco, desde arriba, hace dos semanas.

Aquí los castaños predominan…

El arroyo no deja de ofrecer alternativas paisajísticas y rincones evocadores: aquí un recoleto saltito de agua sobre una pequeña poza…

… seguido por un tramo donde el agua ha descuajado una serie de árboles, que caen por su propio peso unos sobre otros.

Me asaltan unas ganas quijotescas de poder ordenar el paisaje: retirar o trocear los árboles caidos, contener los rosales fuera de una vereda un poco más despejada, que permita un tránsito más humano, menos de bestias, por estas soledades… Me pregunto si pasará alguna brigada forestal en algún momento realizando ese tipo de actuaciones, o si todo queda al lentísimo ritmo de la naturaleza reintegrando a los caidos al suelo… La verdad es que este barranco daría para un precioso sendero, a condición de estar la senda un poco más despejada. Es cierto que mamá Natura tiene sus procesos y tal vez sea desvarío de urbanita intentar enmendarle la plana; pero no es menos cierto que no hablamos de un bosque primario, intocado por el hombre, sino de un paisaje ya antropizado, profusamente repoblado, y seguramente atravesado por hombres o bestias de vez en cuando. ¿Qué sería más beneficioso? ¿dejarlo a su avío o guiarlo con sutiles toques, aquí y allá, favoreciendo su uso como paisaje natural-humano? Mucho se ha escrito sobre el “problema” que suponen los bosques abandonados, desprovistos de actividad antrópica. Campesinos y pastores suspiran por aquellos tiempos en que el monte producía y estaba cuidado, aunque, por otro lado, un rebaño descontrolado, una tala abusiva, pueden hacer mucho daño si de lo que se trata es de dejar que la naturaleza encuentre sus equilibrios… Lo que sí me parece claro es que, a estas alturas y en nuestros contextos, no tenemos más remedio que gestionar, de alguna manera, nuestros espacios naturales.

Mientras tanto, continúo mi camino por estas soledades, que van tomando un toque asilvestradamente melancólico…

Un poco más arriba, lo asilvestrado se torna definitivamente asalvajado:

Un caos total se apodera del cauce, que se estrecha en el último de los recodos que le dan nombre.

Trepo por la ladera de la izquierda, y subo y bajo estudiando las posibilidades de seguir junto al agua. Las zarzas y los rosales complican un avance que tal vez fuera posible sin ellos. Lo que entreveo desde arriba es un umbrío cañón de paredes de roca, entre las que el agua se desliza, orillada por helechos. La verdad es que parece digna de atravesar; pero, en todo caso, voy estando cansado de contorsionarme y, pensando que el final no debe estar lejos, decido por fin tomar la dirección hacia arriba, por la ladera.

No es excesivamente complicada, porque tras los primeros metros su pendiente se dulcifica y la cobertura vegetal, bajo los pinos, es suficientemente abierta.

Tras atravesar una zona de roca -pero llana- encuentro, incluso, una clara senda:

Se dirige a la revuelta de la loma, que aquí hace un rellano. Yo he llegado desde abajo, y me planteo que quizás, en la otra dirección, entra en el barranco en un punto anterior a mis últimas contorsiones, sin que me haya percatado de su presencia.

Esa impresión se refuerza cuando, ya fuera de los pinos, compruebo que se convierte en una real vereda de cabalgaduras, tallada en la roca, que contornea el saliente  de la loma, y que vuelve a bajar hacia el río. Pero antes de descender con ella de nuevo, decido llegarme al remate de la estribación de la loma en la que estoy, por tener algo de vista de conjunto. Unas rocas y un grupito de encinas coronan dicho saliente, y detrás de ellas…

… se me ponen los ojos “de bolilla” ante lo que aparece ante ellos: un altivo alerce (Larix decidua) desplegando todo su colorido otoñal. El alerece es la única conífera de hoja caduca europea,  y me resulta vistosísimo su porte y su color, como si fuera un árbol de navidad iluminado por infinidad de lucecitas amarillas.

La verdad es que todo el recodo constituye un cuadro espectacular. Hay algún otro alerce y unos cuantos chopos perdiendo sus últimas hojas. Menos mal que la vereda baja hacia allí, porque si no hubiera tenido que inventarmela…

Situado bajo el árbol, compruebo que es un hermoso ejemplar. Será heterdodoxo, pero doy gracias mentalmente a los forestales que -hace unas décadas- tomaron las decisiones que nos han permitido disfrutar de esta belleza en este rincón del Marquesado.

Quiero aquí romper una lanza por esos técnicos y trabajadores forestales que, con esfuerzo y dedicación, nos legaron los bosques de los que ahora disfrutamos. Es cierto que se cometieron errores, que se pudo actuar con criterios que una visión moderna puede considerar perniciosos para la conservación de la biodiversidad autóctona, pero es que, como me comentaba uno de ellos, lo primero a lo que se tenían que enfrentar era al reto de estabilizar millones de toneladas de tierra y rocas que acostumbraban a deslizarse ladera abajo de nuestros montes pelados, hasta las zonas de cultivos y habitación humana, en avenidas que fueron quedando en el recuerdo de las gentes entre el s XIX y la primera mitad del siglo XX. Hacerlo con árboles de rápido crecimiento, escasos requerimientos ambientales y poderosas raíces no parece una opción descabellada, y tal vez ahora estemos en mejor disposición de mostrarnos quisquillosos con las especies e ir sustituyendo el monocultivo, que si se hubiera intentado ser purista desde el principio, con tasas de supervivencia a lo mejor inaceptables. Queda planteado el debate.

Por encima del claro de los alerces el valle continúa con buenas hechuras, fácil de andar y hermoso de ver…

… llegando enseguida a un tramo al final del cual, por fin, diviso el puente de piedra por el que el carril principal cruza el barranco.

Apunto aquí, pues, que es perfectamente posible llegar hasta este punto en coche, por el carril, y descender los diez minutos de valle fácil de caminar hasta el recodo en el que campean esos árboles singulares.

Desde el carril, sombreado aquí por un trío de sequoyas, contemplo el ensanchamiento que se abre del otro lado, donde confluyen dos arroyos: el propio de los Recodos, a la izquierda, y el del Picacho, más ancho y principal, a la derecha. Pueblan el paraje abetos, alerces, chopos y un vistoso serbal (Sorbus domestica) que amarillea al fondo de la hondonada.

Feliz por haber superado el ascenso y por la belleza del entorno, hacemos, yo y Bruno, una sabrosa parada para reponer fuerzas. Este era el objetivo mínimo, a partir del cual ya podría plantearme la vuelta sin sentirme derrotado. Pero tengo en mi recuerdo una descubierta que hice hace algunos años, barranco arriba, y que resultó estimulante y no demasiado complicada, así que me propongo repetirla y ampliarla, dado que la hora me lo permite. El deseo inconfesable: poder subir el Arroyo del Picacho en su integridad, y remontarme hasta el sendero Sulayr, a 1.950 m de altitud ¿será posible? Lo peor que podría pasar es tener que desandar barranco abajo hasta aquí, pero no parece un precio exorbitante…

De modo que, tras unos minutos de descanso y nutrición, retomo la marcha…

… por un tramo despejado y casi llano, poblado de alisos, que alimenta mi determinación.

A la vuelta de la primera esquina… ¡zas! Esto de la derecha parece talmente un antiguo camino, con su murete o jorfe casi intacto… Es típico de estos caminos serranos pegarse a la ladera, evitando el área que pudieran anegar eventuales avenidas, así que me parece de buen augurio encontrarlo aquí.

Unos metros después me encuentro caminando por fuera de la espesura, por lo que -ya lo tengo claro- al menos ha sido camino de cierta entidad.

No va a durar mucho con semejantes hechuras, pero sí que va a mantenerse una senda que bien que mal, resigue el el arroyo, en general unos metros por encima del cauce. Hay que estar atentos a no despistarse por un barranco lateral que entra por la derecha, y que hay que cruzar a poco de comenzado para seguir por el principal. El truco: seguir el agua, pues el lateral baja seco.

La senda vuelve a bajar al fondo en algún momento, lo que no me disgusta, pero en las zonas que pudieran complicarse, enseguida se adosa a la ladera de la izquierda (ver el mismísimo borde de la foto) y permite un progreso incluso más franco que en el tramo por debajo del carril.

La inventiva de los forestales vuelve a sorprenderme. Esto podría ser tuya (nuestra, en realidad 😉 ) ¿Quien dijo monocultivo?

Un nuevo alerce se va apagando entre las sombras de este rincón umbrío…

El recorrido no está exento de algún que otro renuncio:

Tras haber desestimado la trocha de la ladera por mantenerme cerca del agua, vengo a dar a un punto en el que un sauce caido desparrama sus ramas por el suelo, dificultando el paso. Vuelvo atrás y retomo unos metros de altura para superar el obstáculo, siempre por la izquierda.

Sigue a continuación un tramo en ladera, entre pinos que van teniendo buen desarrollo, entre los cuales amarillea algún que otro castaño…

Más adelante vuelvo al cauce, para encontrarme otro tramo “entretenido”. Estas podrían ser ramas cortadas intencionalmente, pero son igualmente una pejiguera a la hora de caminar…

Donde el cauce se rehunde, los helechos crecen evidenciando la gran humedad del tramo. Hay que volver a salirse por la izquierda, donde el terreno está más despejado.

El bosque luce un aspecto un poco desvencijado, pero afortunadamente la configuración del valle es suficientemente plana como para permitir el paso.

Voy pendiente de una confluencia que debe producirse próximamente, porque tengo visto en la ortofoto que un barranco o chorrera tiene que entrar por la izquierda, lo que me indicará que el final está cerca. Y, en efecto, al poco tiempo aparece:

El valle principal sigue al frente, pero a la izquierda se adivina uno lateral, que deprime la ladera de ese lado…

Llegado a su altura, encuentro un hilillo de agua que baja entre lajas de piedra, con una luz-al-final-del-tunel brillando en lo alto.

No sé qué camino tomará la senda. A estas alturas, estoy dispuesto tanto a seguir al frente como a desviarme por el barranco o chorrera lateral…

… y, mientras cruzo el hilillo de agua, observo que la trocha parece continuar hacia adelante. La sigo…

… para comprobar, en unos pocos metros, que en realidad luego gira a la izquierda y, en empinada subida, se hace paralela al barranco secundario. Manteniéndome a unos metros del cauce, asciendo sin dificultad por entre un bosque de pinos bastante limpio. De hecho, dejo de prestar atención a la senda, que aquí se convierte en muchas trochas que entran y salen del cauce, y me preocupo solamente de ir ganando altura en la vecindad del arroyo, que de hecho llego a cruzar algo más arriba, buscando siempre lo más despejado o menos pendiente:

El sol del invierno, al que en este momento apunta el valle, se cuela hacia abajo creando preciosos claroscuros. La luz es una promesa de terrenos más abiertos por encima del boscaje.

He pasado al lado izquierdo de la chorrera. Me sorprende el tamaño de los pinos (Pinus sylvestris), que no pensé encontrar tan hermosos en el Marquesado. Sobre el cauce, majuelos y rosales aportan la nota de color.

Por momentos me hacen sentirme en Valsaín, en la sierra segoviana, por lo enhiestos y limpios de ramas bajas que son.

Pero aun me aguarda otra bella sorpresa:

En una hondonada donde el arroyo se ensancha en un barrizal muy del gusto del ganado, un nuevo grupo de alerces brillan gozosamente al sol. Definitivamente, llamaría a una hipotética ruta trazada por mi camino de hoy “Sendero de los Alerces”. Suena evocador.

Avanzando ya de forma aleatoria, pero siempre hacia arriba, acabo por llegar al límite del bosque:

Que se intuye tras la última línea de pinos -estos ya de pequeño tamaño-, sobre un suelo que, liberado de su sombra, se va cubriendo de piornos y agracejos.

El truco de esta salida es que no tiene pérdida, porque el sendero Sulayr recorre durante kilómetros y kilómetros el límite superior del bosque, perpendicularmente a mi ascenso, de forma que, salga por donde salga, sé que acabaré tropezándomelo…

… como compruebo un par de minutos después. Aquí tiene hechuras de carril, con lo que es imposible pasarlo por alto. Situado por encima del bosque, todo el valle que acabo de recorrer queda a mis pies y ante mi vista.

¡Prueba superada! La verdad es que el éxito más rotundo ha coronado mis esfuerzos y superado mis más locas esperanzas. Henchido de satisfacción, me esponjo al sol recién recobrado después de tanta umbría. La temperatura,  pesar a estar rozando los 2.000 m, es muy agradable, seguramente debido a la inversión térmica, que hace que el aire frío se deposite en los valles mientras el sol calienta las laderas altas. Por mí, perfecto.

Reflexiono entonces, contemplando los raquíticos pinos que me rodean, que el Sulayr es un importante sendero panorámico, cuya virtud es rodear toda Sierra Nevada; pero que, al menos en el Marquesado, adolece de cierta monotonía, y de quedarse fuera -aunque muy cerca- de enclaves de gran belleza y riqueza forestal ¿Quién pensaría, viendo estos pinitos de cuatro metros que parecen cubrirlo todo en derredor, que sólo cincuenta metros más abajo sus mayores rivalizan con los de Guadarrama, y se codean con alerces y coníferas de todo pelaje, alisos, castaños…? ¡Yo creía, antes mis últimas andanzas, que el Marquesado no daba para más que esos pinillos de poco porte, por la sequedad de sus laderas!

Me propongo para la vuelta bajar por toda la loma que arranca del Cerrillo Redondo (que puede verse a la izquierda en la foto anterior) y llega hasta Aldeire. Es la que separa el Barranco del Gallego (con sus afluentes Benabre y Olmos) del Benéjar-Recodos-Picacho que acabo de completar. Por su divisoria discurre un cortafuegos que convierte el descenso en un juego de niños. Y es que los cortafuegos… mejor para bajar que para subir.

Pero antes, comer, que ya es hora. Y qué mejor lugar…

… que un soleado rincón entre… ¡abedules!

Estos sí son modernos, supongo que plantados por los técnicos del Parque Nacional, pues alguno todavía conserva las mallas de protección contra el ganado. A fe que me parece una idea estupenda, pues en definitiva es reintroducir una especie que crece naturalmente en otros valles de la Sierra, y en un entorno cuya altitud lo asimila al paisaje de taiga donde prosperan en otras latitudes. Hoy han acabado de alegrarme el día y, al pie del más desarrollado, Bruno y yo nos damos el gusto de devorar nuestras provisiones.

Menos mal que el sol ha esperado pacientemente a que acabáramos, antes de ponerse por detrás del Alto de San Juan, a nuestras espaldas. Pero ya la sombra nos apremia a empezar el descenso…

Descenso precedido de un suave ascenso, hasta el collado del Lastonar, e incluso un poco más, hasta el punto más alto de la ruta:

Cerrillo Redondo (2.146 m).

Al estar algo separado de la cuerda, ofrece una estupenda panorámica, tanto del valle como de la línea de cimas, hasta el Picón de Jérez.

Luego ya sí, un cómodo descenso por el cortafuegos que discurre por la divisoria de la loma…

… con las últimas luces anegadas por la creciente sombra de la montaña.

Al fondo, el objetivo: Aldeire y La Calahorra con su castillo, por delante del mar solar de la central Andasol. Al fondo, a la derecha Sierra de Baza; a la izquierda, Sierras de Castril y Cazorla.

El cortafuegos aterriza en el carril principal, del que sale algo más a la derecha un ramal que vuelve a la divisoria, y que acaba llegando al Barrio de Triana de Aldeire tras sobrepasar la antigua Casa Forestal de la Peña, hoy hotel rural Mirador de Aldeire (no puedo decir si funciona porque no llegué a pasar). Como tengo el coche en la Rosandrá, no me conviene llegar tan lejos, así que voy atento a una vereda que salga por la derecha, antes de la casa/hotel. Y efectivamente, antes del último collado que precede a la misma, a la altura del Barranco del Tío Quico, encuentro un inicio de senda marcado con un pequeño hito…

Vereda de buena hechura que me va a ahorrar un buen rodeo.

Supero por la senda la cabecera del barranco y, por su margen izquierda, voy perdiendo altura rápidamente.

Ya cerca del valle, un muro de piedra seca viene a marcar el camino. Ya con el carril de la Rosandrá a la vista, no tengo más que dejarme caer por los últimos campos hasta el mismo, al que llego en la embocadura del barranquito que sigue al del Tío Quico en dirección a Aldeire, donde está señalizada la subida a la Casa de la Peña por carril, así como esta misma vereda.

Estoy a 500 m de la Rosandrá, hacia la derecha; recorro deprisa esa distancia para llegar antes de que la tarde se convierta en noche. Llegué el primero pero no seré el último en abandonarla, pues un par de vehículos aún se demoran prolongando la tarde de domingueo. Yo voy bien servido, y vuelvo a casa con muchas imágenes en la retina y muchos lugares que compartir, como ya habréis visto. À bientôt!

 

2 pensamientos en “Por los recodos de Aldeire

    1. msalvatierra2012 Autor de la entrada

      Ea pues, he editado para incluir un enlace a Wikiloc con el track. No estaba muy convencido de hacerlo, porque al fin y al cabo, es seguir los barrancos hacia arriba, y en esos entornos hay que fiarse más de la observación directa que de una maquinita que tiene su margen de error. Pero también es cierto que hay tres o cuatro puntos “calientes” donde no viene mal un waypoint a modo de poste indicador. El punto de “salida a la loma” en el barranco de los Recodos es aproximado, será el terreno el que diga “¡hay que salir de aquí!”. Si la llegas a hacer (el próximo noviembre, mucho mejor), agradeceré comentarios y sugerencias (y críticas también, valee…). Un saludo y gracias por tu comentario.

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