Variaciones sobre San Jerónimo

La umbría del Monachil a la altura del Convento de San Jerónimo atesora excepcionales valores paisajísticos, botánicos y geológicos, que merecen más de una visita reposada. No en vano su parte este alberga la Dehesa de San Jerónimo, paraíso de vacas, ejemplo cimero de los robledales -y acerales- serranos. Pero no es menor el interés de su parte oeste, ocupada por el muy desconocido Barranco del Espinar, que arranca justo desde el collado de Matas Verdes. Dado que hablamos de la zona de contacto entre el cinturón calizo y el núcleo silíceo de Sierra Nevada, un recorrido transversal nos permite disfrutar de una instructiva variedad de terrenos y formaciones vegetales.

Hasta la puesta en funcionamiento del sendero Sulayr, que tiene aquí su primer tramo, transitar la zona era empeño, bien de los ganaderos locales, bien de senderistas heterodoxos con ganas de explorar nuevas rutas. El sendero, sabiamente trazado por el Parque, viene a paliar una injusta carencia… pero está lejos de agotar todas sus posibilidades. Su trazado une, a través del bellísimo barranco de Manuel Casas, el vado del Río Monachil cercano al Cortijo de Diéchar con la vereda alta que une la Cortijuela con Pradollano por Matas Verdes. Esta última senda recorre toda la anchura de la zona pero, ay, por fuera. Al sector más oriental del robledal ya le había dedicado un par de rutas, que presuponen entrar y mantenerse por la parte más cercana al río. De hecho, siempre había sentido que, salvo el Sulayr, había una desconexión enojosa entre dicha zona baja y la mencionada vereda de Pradollano, que realmente orilla lo más granado. Así que me propuse investigar otras conexiones entre lo alto y lo bajo, y que circularan por entornos poco transitados pero que tenía entre ceja y ceja desde hace algún tiempo. Si además incluían el collado de Matas Verdes como punto alternativo de acceso, pues mejor.

Collado de Matas Verdes en primavera, con los gamones en flor. Fácilmente accesible desde La Cortijuela. nos coloca “a pie de obra” en un par de periquetes.

El resultado de mis devaneos es este mapa. No es un recorrido excursionista como tal, sino una exposición de posibilidades, para que cada cual pueda cocinar a su gusto su particular trayecto:

En marrón, el Sulayr desde el río (línea continua el carril y punteada la senda) y la vereda de Pradollano. En verde, sendas fáciles, paralelas al Sulayr o que lo atajan. En amarillo, subida alternativa al Cortijo del Maguillo, empinada pero no difícil. En rojo, itinerarios sin sendas, o penosos o con algo de riesgo. (Haz click en la imagen para ampliar)

El intríngulis de la zona es que se trata de una ladera quebrada por tres barrancos: el del Espinar, frente a Matas Verdes, el de La Mojonera en el centro, y el de Manuel Casas-Riscas Negras al este. El del Espinar, que lleva poca o ningún agua, sería el más fácil -por menos profundo- de no ser por la cobertura vegetal que lo hace casi impenetrable. El de la Mojonera es más despejado, pero se cruza en un tramo de filitas que en época lluviosa pueden ser movedizas. El de Manuel Casas es el más amable, aunque el de más caudal, lo que hay que tener en cuenta si se quiere cruzar. La época ideal: sin duda ninguna el otoño. Robles y arces en plenitud, y no demasiada agua en los cauces.

Aquí os dejo unas vistas de la zona desde la ladera de enfrente:

Barrancos del Espinar, cuajado de pinos, y la Mojonera. La conexión entre ambos transcurre por la faja en el centro de la foto, bajo las llamadas Terreras del Mirador, que es el cerro que culmina la loma entre ambos barrancos.

Barranco del Espinar desde abajo, con el Collado de Matas Verdes en todo lo alto. Sirva esta foto para mostrar que el aterrizaje desde el barranco al Monachil no es demasiado recomendable.

Barranco de la Mojonera, con su formidable tajo a la derecha, y el comienzo del robledal a la izquierda. El cerrillo que despunta oscuro en la loma es uno de los sitios que propongo visitar. En cuanto al tajo, parece infranqueable… pero no lo es.

Ea, vayamos al lío.

Barranco del Espinar

Comienzo del Espinar en Matas Verdes.

¿Por qué querría uno meterse en el Barranco del Espinar y luego cruzar la Mojonera por sitio resbaladizo? Fuera de la respuesta clásica -“porque están ahí”-, otra un poco más argumentada: porque es bellísimo; porque hay nudosos pinos silvestres, de gruesos troncos pero achaparrados como en estampas japonesas, como no los hay en toda la sierra; porque hay una variedad botánica apabullante; porque sientes que estás en contacto con el misterio de la vida que surge incontenible de la descomposición, en fin… Tienes que estar un poco tocado por el demonio de lo umbrío y lo escondido. Pero, si es así… amigo!

Embocamos el barranco por unos primeros metros sin senda aparente. Tengo para mí que si quisiéramos tomarlo por su izquierda, encontraríamos trochas que, alejándose pronto de lo más espeso, acabarían llevándonos hacia el carril del Cortijo de las Dehesillas, al pie del Cerro de Los Poyos, desde donde se intuyen en la ortofoto algunas trochas que se introducen en la espesura del pinar. Pero queremos ir en dirección contraria, así que no hay trato. Nos mantendremos de momento en la margen derecha. Ya desde el principio comenzamos a entender el nombre del barranco, pues espinos de todos los colores jalonan la ruta: agracejos en su gran mayoría, aunque los majuelos y los benditos escaramujos y otros rosales no faltan a la cita. En las áreas que dejan libres los espinos, se extienden por el suelo los enebros rastreros y los piornos, buscando algún rayo de sol…

… que no encontrarán aquí, bajo apabullantes pinos que crecen como gigantescas sombrillas…

A poco de comenzar, algo parecido a una trocha se aleja del cauce por la derecha. Seguramente sea una vía de paso más prudente, que va buscando áreas elevadas y me recuerda que, hace ya muchos años, llegué hasta aquí desde la Mojonera por un a modo de vereda más despejada de lo que tenemos por delante. He señalado con trazo más fino en el plano lo que sería esa variante, que se pega a las terreras del cerro, evitando lo más complicado. Pero evitando también lo más rico del barranco. Es que algunos somos incorregibles, así que seguimos cerca del cauce.

Obligados por la espesura, volvemos a salir por la derecha, donde poderosos pinos despejan con su sombra el espacio alrededor.

Volvemos al fondo, donde el trasiego de patas de las vacas ha marcado algunas trazas.

En lo más espeso, madreselvas arbóreas forman bosquecillos. A ras de suelo, ocasionales peonías desprendiéndose de sus hojas para pasar el invierno, y matas de eléboro.

En algún momento pasamos a la margen izquierda, pero cuando derivamos demasiado hacia ese lado, volvemos al cauce. Cauce que en realidad son varios, porque la parte alta del barranco está dividida en varios ramales, de forma que cuando uno cree que ha dejado atrás lo más profundo, vuelve a enfangarse en otra profundidad. Para más inri, ayer llovió (¡lo que es noticia en este otoño!), y cada vez que acometemos o nos inclinamos bajo un arbusto, nos regala una refrescante cascada de gotitas de agua.

Un buen ejemplo de lo que nos rodea. Junto a los agracejos, algún guillomo ya casi sin hojas.

Vamos escurriendo el bulto en un avance lento pero intenso, maravillados por la riqueza que nos rodea. No puedes abordar este descenso con prisa por llegar a algún lado, porque entonces se convertiría en un suplicio. Hay que respirar el aroma a tierra y hongos, reconocer la planta, buscar la foto, rodear el obstáculo, apartar delicadamente la rama espinosa, intuir el claro y, en caso de duda… a la derecha.

De esta empírica manera llegamos a un rellano despejado donde ¡zumba! un par de preciosos arces granatenses campan a sus anchas. Estos se ven en la foto general del barranco desde la solana (a ver quién los identifica), aunque llegar a ellos ha sido producto de un bendito azar.

Les susurramos nuestro respeto y admiración…

Estamos en un altozano entre dos ramales del barranco. La vía directa hacia abajo, aunque parecía prometedora, se muestra complicada a los pocos metros. Volvemos a escapar… a la derecha.

Y en ese trance, otro regalo inesperado: un tejo, ofreciendo sus breves hojillas al huidizo sol.

Desde el claro de los arces hemos entrevisto, a la derecha y fuera del bosque, al pie del cerro, otro grupo colorido de arces, que nos va a servir de faro. En este nuestro vagabundear, el único problema podría ser descender más de la cuenta, siendo que nuestra salida se encuentra a mitad de la bajada. El grupo de arces se encuentra un poco por encima de ese punto, de forma que si llegamos a ellos, saliendo de la espesura, estaremos seguros de no pasarnos de frenada.

Así que, ahora sí, tomamos decididamente una dirección derecha, casi perpendicular al arroyo. Aún atravesaremos otra vaguadita, en la cual encontramos lo que podría ser la senda más cómoda que refería al principio. Y al otro lado…

… el grupo más pinturero que imaginarse pueda; hay uno de cada color, del verde al rojo. Solo faltarían uno azul y uno violeta…

Ya andando por el borde del pinar el progreso es más fácil. Los piornos y la salvia (Salvia oxyodon) ganan espacio a los espinos. Vamos descendiendo hasta la faja de terreno más llano al pie de las terreras del Mirador…

… dejando arriba el grupete de arces que veíamos antes.

Hasta que la curva de la loma nos los oculta.

Desde esta planicie disfrutamos de una vista de conjunto del Barranco del Espinar. Por encima, las Peñas del Tesoro, cerrando por el noroeste el Collado de Matas Verdes.

Hay que ir derivando hacia la derecha…

… pero no demasiado pronto, porque aún hay un último escalón antes de la faja más llana. En su borde, pinos y arces componen una estampa de sabor japonés…

Sin meternos en la espesura del escalón, lo rodearemos bajando por la izquierda…

… hasta situarnos por debajo del mismo, desde donde contemplamos el vistoso grupo escultórico que forman sus árboles, escoltados a sus pies por un cinturón de espinos.

A partir de ahí, la salida se nos presenta fácil, aunque no exista senda como tal. Caminaremos hacia los pinos que se ven al fondo, que nos anuncian el vecino tajo de la Mojonera.

Hay que decir que se puede bajar hasta el Monachil desde esta faja despejada, paralelos al Barranco del Espinar, manteniéndose justo por fuera de la espesura de los pinos. Pero el final no es muy recomendable, porque por la derecha repuntan unos cerrillos cuya bajada hasta el río es empinada y resbalosa, y por la izquierda el barranco se estrecha y gana pendiente, quedando como única opción mantenerse en la divisoria entre barranco y ladera, que también es empinada y algo traicionera. Si eres cabra, bien. Si no… despacito y buena letra.

Si ascendemos en cambio hacia el barranco de la Mojonera, detras queda el Espinar, cuyos vistosos pinos reciben la luz rasante en esta foto de tarde. Al fondo, el Cerro de los Poyos y el Cerrajón del Purche, entre los que circula el valle del Monachil.

Barranco de la Mojonera

El barranco de la Mojonera desciende desde la cara este del cerro del Mirador hasta el Río Monachil, donde desemboca algo más arriba que su vecino el del Espinar. Atraviesa una zona de filitas y esquistos (la launa de la Alpujarra), pegada a una potente masa de calizas. Eso es lo que ha conformado el imponente tajo de la Mojonera, al excavar el agua las blandas filitas respetando en cambio las calizas, más duras. Lo inestable del terreno redunda también en que sea un barranco -en su parte media y baja- poco arbolado, todo terreras y bloques desprendidos del tajo. Es un barranco vivo, en el que las avenidas pueden desplazar considerables masas de tierra y rocas. La parte superior, en cambio, favorecida por un terreno más estable y de menor pendiente, es un pequeño paraíso agraciado por diversas especies de árboles, sobre todo arces (Acer granatense).

Viniendo del Espinar, nuestra primera impresión del barranco es que de repente el terreno llano por el que caminábamos desaparece, dejando colgado de su borde un grupo de encinas. Para disfrutar de la sensación de abismo habría que desplazarse por el borde hacia el río Monachil, donde el cortado se hace más bravío…

El punto al que hemos llegado, sin embargo, en la inflexión entre la faja más llana y las laderas del Cerro del Mirador, es la única zona del tajo en la que es posible el paso, y presenta un aspecto empinado, pero no suicida. Los dos arces de la foto nos servirán de guía, porque la trocha que cruza el barranco pasa justo entre los dos.

Solo hay un pequeño paso en el que es preciso usar las manos para destrepar un escalón de roca, y luego la trocha nos lleva al fondo del barranco. Creo que debió existir en tiempos una vereda practicamente llana que cruzaba toda su anchura, de la que queda su traza en la margen opuesta, pero diversos derrumbes la han arruinado hasta el punto de hacerla desaparecer en este lado. Circularía algo más arriba, pero no vale la pena buscarla, sino conformarse con su más modesta alternativa actual…

… que aquí vemos desde abajo, después de haber superado los dos arces del principio.

Llegamos al fondo del barranco ya con poco riesgo, siempre que no sea una estación lluviosa y que el terreno no esté demasiado blando (hemos visto pisadas de vaca hundirse más de un palmo en las filitas húmedas, cerca del cauce). La salida por el otro lado no es cómoda, pero tampoco impracticable: un débil rastro de pisadas remonta el primer terraplén desnudo, para atravesar después un bosquete de encinas y espinos, y acabar en la curva en redondo que hace el carril de la dehesa al asomarse al barranco, por el que hubiéramos llegado hasta aquí viniendo del vado del Monachil. Como desde el tajo se tiene una vista perfecta de dicha curva, podemos tomar puntos de referencia para cuando estemos en el fondo. Una vez en el carril, todo vuelve a ser bastante más cómodo…

… y podemos disfrutar del comienzo del robledal, asentado ya sobre terreno esquistoso, conforme el carril cruza la ladera en busca del barranco de Manuel Casas.

Empezando los primeros robles, llegamos a una bifurcación:

Marcada por un poste de sendero (del Sulayr). El camino principal sigue llano, por la izquierda, y nos llevaría al Barranco de Manuel Casas, dejando al frente y hacia arriba un camino secundario, totalmente cubierto por las hojas.

El camino principal es precioso en este tramo, robles alrededor y sus hojas tapizando el suelo.

Hasta que, doblando la esquina, tomamos la dirección paralela al barranco, hasta el punto en el que el carril termina y se convierte en vereda, un poco más allá.

Pero vamos a comentar la variante que propongo (tramo verde en el mapa, desde el carril a los cerrillos). Descartaríamos el carril y, desde la bifurcación mencionada, tomaríamos el que repunta hacia arriba para mantenernos en la vertiente de la Mojonera:

Unos metros más arriba, caminamos por una avenida entre robles que más parece parque que monte (aquí mirando hacia atrás)…

El camino viene a morir en un ensanchamiento o plazoleta donde encontramos cercas ganaderas tanto a izquierda como a derecha, por encima de nosotros, pero que en ningún momento se juntan impidiendo el paso. En cambio, ascendiendo entre las vallas de uno y otro lado, coronamos sin problema un cerrillo donde los robles clarean y luego desaparecen por la parte derecha, dando paso a una zona de matorral con majuelos, agracejos, retamas y piornos. Por la misma debemos encontrar -porque no es evidente de primeras- la trocha o trochas que, derivando a la derecha y en ligero ascenso, nos permiten superar un nuevo escalón de la ladera.

Este es el punto (mirando de nuevo hacia atrás). Hemos salido de los robles del fondo y entrado en la zona de matorral, por la que iremos subiendo de través, aprovechando trochas que vienen a confluir al final del tramo arbustivo.

En dicho extremo, atravesando un paso entre majuelos, acabamos saliendo a una vaguada verde, que reseguiremos subiendo y que, en diagonal, vuelve a acercarnos al barranco de la Mojonera. Es muy cómoda, siempre que no nos metamos en el espinar que recorre su centro. El resto es todo pasto verde, bastante despejado y agradable de andar.

Acabaremos llegando a la majada o zona de pastos que se desenvuelve entre los tres cerrillos que repuntan aquí en la ladera. Desde el situado primero y más a la derecha vemos aquí la parte inicial de la majada. Tras el altozano que vemos en el centro, adornado con un arce verdeamarillento, se desarrolla el resto, al que se puede acceder con facilidad rodeándolo por la derecha.

Esta es la parte de arriba de la majada, amplia zona de prados donde las vacas gustan de pastar y hacer sus cosas (que tapizan el suelo…). Al fondo, cerca del talud del barranco, hay un último prado con una excavación artificial que se convierte en charca cuando la lluvia es suficiente. Pero si queremos ir hacia arriba, hay que abandonar antes los prados, por la cuestecilla amarilla a la izquierda del centro de la foto, por donde encontraremos una senda bastante decente que, entre piornos, nos va a llevar, paralelos al barranco pero a cierta distancia, hasta la vereda superior, sendero Sulayr de nuevo.

La otra opción, que comentaré después, es abandonar la majada hacia la izquierda, bajando por una vaguada que nos llevaría de nuevo al barranco de Manuel Casas.

Una vista desde dentro de la majada, con el Cerro del Mirador al fondo, su ladera poblada de arces de vistosos colores.

Esta es la majada desde arriba, ya en la senda, con los cerrillos que la flanquean.

Frente a nosotros, uno de los ramales en los que se divide algo más abajo el Barranco de la Mojonera acaba en una espectacular barrera de cantiles calizos, entre los que los arces encuentran inverosímiles emplazamientos.

Atentos a la senda, no dejaremos, sin embargo, de disfrutar las vistas del aceral que ocupa la ladera del Cerro del Mirador, mezclados con algunos pinos silvestres con esa espectacular forma achaparrada que ya conocimos en el barranco del Espinar.

La vereda se va acercando al cauce, aunque manteniendo cierta altura, lo que nos permite deleitarnos con los arces que ocupan este tramo, coloreados por el otoño.

Un enebro abriga un bloque de roca, enmarcando el delicioso espectáculo de arces y espinos anaranjando la vecindad del cauce. Los piornos (Genista versicolor, Astragalus granatensis…) tapizan el suelo.

Estamos ya cerca de la vereda superior, que cruza el cauce un poco más arriba.

Y ya por fin en la vereda Cortijuela-Pradollano, comprobamos que todavía queda recorrido del valle hacia arriba, que termina en una nueva serie de cortados rocosos. Habrá que visitarlos con detenimiento en una próxima ocasión…

Por la vereda podremos dirigirnos a la derecha, buscando el Cerro del Mirador y el collado del Pino, en dirección a Matas Verdes y la Cortijuela, o a la izquierda, hacia el ascenso del Sulayr paralelo al Barranco de Manuel Casas o incluso hasta el Cortijo del Maguillo. Pero ahora vamos a volver atrás, a la majada que hemos abandonado, para probar la otra salida, la que lleva al barranco de Manuel Casas.

Barranco de Manuel Casas

Este barranco arranca desde el Río Monachil, en un punto al que es posible llegar desde el Prado del conde, como está explicado en las rutas de la Dehesa (1 y 2). Es el barranco más importante de la zona, completamente sumergido en el robledal, lo que le confiere una enorme belleza paisajística. Su tramo más bajo, muy abarrancado, es virtualmente impracticable, pero puede otearse desde la subida por la loma de La Perdiz. El primer sitio donde realmente puede cruzarse es el punto al que llegaremos más adelante, donde puede realizarse la conexión entre la mencionada Loma de la Perdiz y la ladera de la majada por la que hemos circulado hasta ahora. Nos ocuparemos aquí del tramo superior del barranco, junto al que circula el sendero Sulayr, y que tiene otra posible conexión, que vamos a explorar, con el Cortijo del Maguillo.

De momento estábamos en la majada, entre los cerrillos que campean en mitad de la loma entre la Mojonera y Manuel Casas. Como decíamos, hay que buscar desde los prados de su parte media una vaguada hacia la izquierda…

Tal que por aquí. Al pie del último cerrillo que vemos al fondo, encontraremos una era, y a su derecha se inicia la vaguada que nos llevará abajo.

Espectacular vista de la vaguada desde la era. Es un tanto engañosa, porque, aunque se acabe haciendo perpendicular al barranco de Manuel Casas, lo que vemos al fondo no es la ladera de dicho barranco, sino la del río Monachil, con los Prados de las Yeguas iluminados por el sol. Manuel Casas queda metido a nuestros pies, tras el cerrillo con robles de la izquierda, y su vertiente opuesta -la Loma de la Perdiz- es la ladera de robles en sombra a la derecha, en segundo plano.

Nos dejamos caer por la vaguada, que enseguida nos lleva a la senda Sulayr, continuación del carril de la Mojonera…

… a la que llegamos más o menos en este punto. A nuestra derecha, la foto nos muestra la cabecera del barranco de Manuel Casas, que un poco más arriba se divide en los del Maguillo a la izquierda, Riscas Negras, y otro tercero más a la derecha. Por la loma entre estos dos últimos circula el sendero Sulayr, que en unas cuantas revueltas alcanza la vereda de Pradollano.

De seguir dicha senda llegaríamos en un instante a esta preciosa recacha. donde robles y arces rivalizan en pirotecnia cromática…

… y podríamos darnos un festín de agracejos (Berberis hispanica), cuyos frutos son ricos en vitamina C y hierro, y, además, ricos sin más (cuando maduros sin llegar a arrugados). Eso sí, consumidos en cantidad provocan “lengua azul”.

Pero hoy estamos heterodoxos, como ya ha quedado claro, así que vamos a buscar la tercera conexión alternativa con la vereda superior. Para ello, desde el punto en el que nuestra vaguada aterrizaba en el sendero Sulayr, nos desplazaremos a la izquierda, bajando, en lugar de a la derecha. Esto es: más abajo del arranque del Barranco del Maguillo. Iremos atentos a la espesura de enfrente:

Buscando esto: entre los robles, verdea una vaguada rezumante de agua, a ratos chorrera, a ratos barrizal, donde no es raro encontrar algunas vacas en su elemento. Viene a arrancar unos metros río arriba de donde el carril de la Mojonera se transformaba en vereda.

En ese punto, sorteamos la cerca que podamos encontrar, y llegamos al borde del arroyo, que en otoño no suele presentar dificultad de cruce, por ser magro su caudal, aunque en primavera pudiera complicarse algo más. Lo cruzaremos unos metros por encima de la vaguada que hemos mencionado.

La vaguada en sí misma es barrosa y poco agradecida para caminar, pero sirve perfectamente como hilo conductor, a condición de progresar por su borde derecho, divisoria empinada y exigente, pero por lo demás despejada de arbustos e incluso marcada por trochas del ganado que entra o sale de la vaguada.

Esta es una buena ilustración del asunto. Vamos por la divisoria, con la vaguada a nuestra izquierda, fuera de la foto.

Y aquí incluyendo en la vista la vaguada propiamente dicha.

Desde aquí vemos la ladera de enfrente, con el cerrillo desde el que tomamos la bajada que nos devolvió al Barranco de Manuel Casas.

Nuestra vaguada de Ariadna abunda en bellos lugares donde tomar aliento, como este, donde el terreno empieza a nivelarse un poco.

Un poco más arriba se puede cruzar la vaguada, con cuidado de dónde metemos los pies, atentos a los últimos robles de la loma…

… que nos servirán de faro para lo que queda. Algo más abajo hay unos arbolillos que bien pudieran ser los maguillos (Manzanos silvestres) que dan nombre al paraje.

Llegando a esos últimos robles, de buen porte, el sol nos regala hermosos contraluces en el robledal de alrededor.

A la altura del bosquete el terreno se allana en una cuneta herbosa. Solo nos quedará un último escalón, despojado de árboles y tapizado de piornos, antes de acceder a las ruinas del Cortijo del Maguillo.

Desde el borde superior del escalón miramos hacia atrás, al grupo de robles del que venimos. Hemos abandonado el interior del bosque, ganando en cambio una amplia panorámica del valle. Al fondo, de derecha a izquierda, el Dornajo, Cerrajón y Cerro de los Poyos.

La vaguada que nos trajo hasta aquí se aplana en una cañada verde de hierba, por la que completamos la subida…

… hasta las ruinas del Cortijo del Maguillo -ahora poco más que una acumulación de piedras-, flanqueadas por una vistosa era, y que la vereda Pradollano-Cortijuela atraviesa antes de bajar al Barranco de Riscas Negras.

Ya estamos en nuestro camino de vuelta. Ahora solo queda seguirla hasta el collado de Matas Verdes…

Desde ella tendremos una ilustrativa panorámica de la cabecera del barranco, donde podremos ver claramente, a la izquierda, la vereda del Sulayr que, después de cruzar el barranco, nos entrará por la derecha. Por encima y detrás de ella, la vaguada que bajaba de la majada de la loma.

Cruzaremos el Barranco de Riscas Negras, continuación del de Manuel Casas, donde arces y sauces han sustituido a los robles.

El sol juguetón nos va a regalar una vista inolvidable de la loma…

La vereda llega a una nueva majada, verde y húmeda, a los pies del Cerro del Mirador. Aquí nos da dos alternativas: por su borde superior engancharíamos la subida al collado del Pino, entre el cerro y la ladera. Atravesándola en ligera bajada tomaríamos la senda que rodea el cerro por la derecha. Ambos ramales, igualmente bien marcados, acaban dejándonos en el Collado de Matas Verdes…

… como queda aquí reflejado, desde la vereda inferior, y con la penúltima luz de la tarde urgiéndonos a llegar al collado y dejarnos caer del otro lado.

Bueno, esto es todo, de momento. No es poco y es muy bueno. Espero que pueda abrir perspectivas novedosas para disfrutar de este maravilloso entorno. Hasta pronto.

Un pensamiento en “Variaciones sobre San Jerónimo

  1. Pingback: Una de arces (granatenses en Sierra Nevada) | elcaminosigueysigue

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