Por los pasillos de Aldeire

22 Octubre 2017

Fiel a mi querencia por los arroyos y barrancos del Marquesado, retomo una ruta clásica -la de los castaños de Aldeire- para investigar una variante umbría y escondida: tras remontar el Arroyo Benéjar por la Rosandrá hasta la confluencia de los cursos que lo forman, donde la senda convencional aborda el cortafuegos por la divisoria de la loma, nosotros escogeremos el Arroyo de Los Pasillos, a la izquierda, para intentar subir por su fondo hasta el carril principal del Marquesado. Espero encontrar la humedad que este otoño parco en lluvias nos regatea, y disfrutar de recónditos fulgores de la vegetación de sus riberas…

Saldremos desde las últimas casas de Aldeire por la ruta clásica, que remonta el Arroyo Benéjar. Se puede ir por ambas márgenes del arroyo, aunque nosotros elegiremos el Camino Bajo, por la izquierda del agua, para mantenernos en umbría la mayor parte del tiempo…

Un castaño aureolado por el sol nos ve pasar. Están todavía verdes, pues hemos venido pronto, pensando más en los chopos… ¿tal vez demasiado pronto?

Entre una y otra margen del arroyo, y bajo una nutrida población de alisos, llegamos a la Rosandrá, que presenta una “buena entrada”, siendo además que hemos coincidido con una prueba ciclista que, de momento, sigue nuestra misma ruta.

El valle, contemplado desde un claro en el camino, deja ver los primeros amarillos alegrando el adusto verde de las laderas.

Los tramos sombreados son una delicia, e incluso algún que otro castaño se suma a la fiesta de los colores. Entre ciclistas, público y senderistas, el camino está bastante animado, pero a partir de algo más arriba, donde los de las dos ruedas se dan la vuelta, solo encontraremos algún que otro grupillo excursionista.

Cruzados a la margen derecha, rendimos homenaje a estos nudosos abuelos, con la edad reflejada en su tortuosa arquitectura. Aquí el retoño ha crecido en el interior de la gruesa coraza vaciada de su padre.

Llegamos así hasta la confluencia -por la izquierda- del Barranco Hondo, amplia terraza donde imaginativos repobladores han plantado sequoyas -¿o tuyas?- que crecen en armonía con pinos, alisos y chopos. Aquí es muy, pero que muy recomendable dejar el carril y aventurarse cerca del agua, donde una senda que pronto pasa a la margen derecha nos ofrece lo que uno puede esperar de un fondo de valle comme il faut:

Agua, sombra, hojarasca en el suelo y las transparencias de los chopos entre los cedros que ahora se han sumado al cortejo.

Tras un par de rellanos separados por pequeños escalones que nos regalan coquetas cascaditas, acabamos volviendo a la margen izquierda y al carril, por el que enseguida llegamos al Horcajo:

La confluencia de los barrancos de los Recodos (o de Los Tejos) por la derecha, y el de Los Pasillos por la izquierda.

Entre los dos arranca una loma por la que discurre la vereda “oficial”, hasta el carril que cruza todo el Marquesado a media altura. En esta ocasión vamos a descartar la loma en favor del Barranco de Los Pasillos. Así pues, tomamos a la izquierda, cerca del agua, y embocamos el barranco por una sendita que se cuela por un estrecho paso entre unas rocas de la ladera y un sauce junto al cauce. Parece un arranque poco prometedor, pero enseguida el valle vuelve a abrirse…

… en un primer tramo casi llano y de buena anchura, por el que avanzamos cómodamente bajo alisos y chopos…

Al final, una espesura de zarzas parece bloquear el camino, pero, por su izquierda, la trocha supera un pequeño escalón y vuelve enseguida a terreno despejado:

De sabor plenamente otoñal, el agua deslizándose cantarina bajo la fronda dorada…

Algo más allá, la vegetación vuelve a espesarse, aunque sin llegar a cortar el paso:

Un serbal, dorado por el otoño, se inmiscuye entre los sempiternos alisos…

Sigua ahora un tramo donde tendremos que ir probando ambas orillas, buscando lo más despejado. Lo peor que puede pasar es que tengamos que retroceder en algún momento si la margen escogida acaba en una trampa, y en todo caso elevarnos algunos metros por la ladera de pinos, no excesivamente complicada.

En un momento dado, tropezamos con un escalón de unos tres o cuatro metros, que origina una bella cascada. Atestado de zarzas por la izquierda, será preciso abordarlo por la ladera de la derecha.

El temor de que esa complicación se convierta en costumbre se desvanece pronto, por cuanto el escalón conduce a otro tramo de transcurso cómodo:

… que no deja de proporcionarnos bellas estampas…

Los pinos y sus sombras dibujan una “x”, como manteniendo la incógnita sobre lo que nos aguarda…

A un tramo en “V”, por el que avanzamos entre los pinos por ladera de poca inclinación, sigue otro de fondo plano y más ancho, cómodo y agradable de caminar…

Un poco más arriba, de nuevo el valle se estrecha y dudamos entre qué margen será más cómoda. Nos repartimos la tarea, yo por la izquierda, obligado a ascender unos cuantos metros por encima del agua, por trochas de cabras y solo algún que otro rosal como máxima complicación, y mi compi por la derecha, arriesgándose entre lajas de piedra que se inclinan hacia el cauce y que juzgamos al final algo más arriesgadas que mi opción. Me doy cuenta de que la inclinación general de los estratos de roca en la zona hace que en la ladera derecha (siempre según se sube) afloren los planos de estratificación, inclinados y lisos, mientras la de la izquierda es más escalonada porque la erosión ha roto los estratos, mostrando su espesor, y numerosos escalones entre ellos. Como este último párrafo es un galimatías y una imagen vale más que mil palabras, os lo dibujo:

Aunque las laderas tengan una inclinación semejante, en la derecha la erosión sigue la dirección de los estratos, descarnándolos y desmontándolos por las zonas de contacto entre ellos (planos de estratificación). En la ladera opuesta, el mismo agente erosivo actúa “a contramano”, cortando los estratos en escalones que enseguida se rellenan de sedimento y vegetación.

Nos volvemos a juntar y proseguimos el avance, de nuevo cerca del agua…

… que en este tramo algo más inclinado va formando pequeñas pozas, con diminutos saltos entre ellas.

Por momentos, la vegetación adquiere caracteres de selva, con los alisos como elemento dominante. Siempre había pensado que eran árboles autóctonos, aunque algún técnico del Parque Nacional de Sierra Nevada me comentó que la mayoría eran producto de repoblación (lo que me congratula, y disipa el lugar común de que “solo se plantan pinos”).

Un poco más arriba, la acción humana se evidencia en estos muretes que parecían corrales pero son en realidad paratas construidas para mitigar la erosión.

Sobre una de las paratas, un grupo de castaños ha alfombrado el suelo de erizos, muchos de ellos abiertos, que ofrecen una buena cantidad de sus frutos, de buen tamaño. La zona del Arroyo Benéjar estaba esquilmada por concienzudos recogedores, pero hasta aquí no llega nadie, de modo que están todos a nuestra disposición. Hasta ahora habíamos renunciado a recoger las castañas, en pro de un avance más ligero; pero ahora caemos en la sabrosa tentación, y llenamos en pocos minutos una bolsa de más de tres kilos, dispuestos a fabricar algún rico postre o un buen puré para las próximas fechas navideñas.

Una segunda cascadita marca el siguiente escalón, al que sigue un nuevo tramo llano.

Altos chopos forman un dosel sobre nuestras cabezas.

Por fin, en este nuevo tramo nivelado, vamos intuyendo que el fin de la aventura está próximo. De hecho, comenzaremos a intuir, a cierta altura en la más visible ladera de la izquierda, el corte que el carril produce en la pendiente, corriendo hacia su encuentro con el arroyo. De forma que en el siguiente espesamiento de la vegetación decidimos salirnos por dicho margen izquierdo y ganar el camino.

Por una empinada trocha ganamos enseguida altura, lo que nos permite disfrutar de un nuevo punto de vista -picado desde arriba- sobre los chopos del cauce.

El final de nuestro escape no es muy cómodo, hay que reconocerlo, pues se empina hasta el límite de lo incómodamente resbaladizo; pero ya, con el carril a unos metros, no queda sino perseverar en el empeño…

… que se ve coronado por un éxito rotundo, pues accedemos al carril a unos 200m de su encuentro con el arroyo, mágico lugar donde el otoño se revela en su plenitud cromática.

Llegamos por el carril hasta el puente que cruza el arroyo:

Por encima del mismo, como vemos, el valle es amplio y despejado, y no resistimos la tentación de seguirlo hacia arriba, en busca tal vez de algún paraíso escondido, tal vez de indicios de sendas que permitan completar el ascenso hasta el sendero Sulayr, que transita a unos 300m más de altitud respecto a esta cota.

De hecho, en mi cabeza estaba la posibilidad de completar el ascenso por los Pasillos hasta ese punto, pero la hora se nos viene echando encima, y además…

… comenzamos a atisbar un rincón que pudiera ser ese paraíso que andamos buscando…

Y a fe que lo es: en un amplio rellano por debajo de una nueva confluencia de arroyos, la naturaleza y el hombre han trabajado juntos para crear un edénico rincón: alisos, castaños y fresnos de buen porte configuran un lugar de especial belleza…

… pródigo en frutos…

… donde no falta ni siquiera la sempiterna sequoya que los forestales han sembrado con mimo en este tipo de lugares del Marquesado.

No hay duda; el lugar se lleva los doce puntos del concurso de la Foto Oficial!

Así que decidimos comer aquí, sobre la hierba verde bajo los árboles de todos los colores. Estamos, según entiendo, en la terraza sedimentaria que han formado al confluir, por la izquierda el Arroyo de los Pasillos -que por encima pasará a llamarse de Los Cirilos- y el de La Chorrera -por la derecha-, que luego a su vez se divide en dos un poco más arriba. Compleja hidrografía de cauces que, gracias a un solo episodio de lluvias otoñales, que dejó nieve en las alturas, llevan más agua de la que podría esperarse.

Por el paraje circula una senda que parece tener continuidad hacia arriba. Después de comer, y a modo de exploración sin pretensiones, nos dejamos conducir por ella, que descarta el Barranco de Los Pasillos y se interna decidida en el de La Chorrera:

Bajo un aliso de buen tamaño, embocamos el barranco.

En unos minutos, ingresamos en lo que parece una auténtica selva, con el suelo cubierto de hierba alta, por la que, sin embargo, persiste una trocha, seguramente abierta por el ganado.

Notamos que el suelo por el que caminamos está húmedo, a ratos encharcado, posiblemente porque más arriba se ha derivado parte del arroyo cantarín que nos acompaña para irrigar esta margen… ¿Truco de pastores para hacer crecer el pasto que -a juzgar por las marcas del suelo- da de comer a algún rebaño transeúnte? ¿O procedimiento técnico de los agentes del Parque Nacional (por encima del carril ya estamos en sus dominios) para irrigar los alisos de las riberas? No llegaremos a saberlo, pero en tanto el terreno nos deje, vamos a continuar hacia arriba con charcos y todo. De hecho, por momentos nos da la impresión de que aquí ha existido un camino más practicable de lo que ahora aparece, crecientemente invadido por la vegetación. Nuestra ilusión acaba en una exhuberante masa de zarzas que se extienden sobre nuestro camino:

Tenemos ya a la vista la siguiente confluencia, donde el Arroyo de los Antolines se desgaja a la izquierda, mientras el de La Chorrera, invisible tras el recodo, toma la dirección derecha. Las zarzas no parecen un obstáculo insalvable, aunque sí son lo suficientemente disuasorias para que, dada la hora, optemos por una prudente retirada.

Quedará apuntado en “pendientes” hasta una ocasión propicia. Nos damos la vuelta, razonablemente satisfechos, para desandar el trecho hasta nuestro paraíso.

En esa vuelta, nos maravillamos del porte de alguno de los alisos que nos rodean. Serán repoblados, pero hay que decir que se han integrado perfectamente y progresan adecuadamente en este entorno.

Descendemos el arroyo hasta el carril, que ahora tomaremos para ir relajados en la vuelta. ¿Derecha o izquierda? Dado que mi compañera no conoce la vereda del cortafuegos de la loma, nos decidimos por la izquierda para llegarnos a la misma.

A pocos metros del arroyo, nos tropezamos con esta que tal vez sea una “fuente accidental”, agua que rezuma del talud practicado en la ladera para la construcción del camino. Roja de hierro, no presenta sin embargo ningún caño que la separe de la pared.

En pocos minutos completamos el suave ascenso hasta la divisoria de la loma, donde encontramos el cortafuegos:

Autopista hacia el suelo, viene rodeado por cedros y abetos de Douglas con los que los forestales han repoblado profusamente la ladera del otro lado de la divisoria, que vierte ya al Arroyo de los Recodos. Al fondo, Aldeire, el Castillo de la Calahorra, el Altiplano, Sierra de Baza a la derecha y de Castril al frente.

La bajada es cómoda. Hacemos buena parte vencidos a la derecha, del lado de Los Pasillos, aprovechando en un momento dado un espolón que se proyecta sobre el valle para recapitular nuestro ascenso:

Por ahí hemos subido. Visto desde aquí parece más truculento de lo que en realidad ha sido…

Después la vereda -y nuestra querencia- nos lleva a la divisoria de nuevo, lo que aprovechamos como ocasión inmejorable para otear el otro barranco, el de los Recodos o de los Tejos:

No es menor su atractivo, sobre todo con esta luz juguetona que enciende los chopos. Parece menos empinado y algo más abierto que el que hemos hecho… ¿serás el siguiente?

Como si descendiéramos por la trompa del elefante, vamos llegando a la altura del valle. El Arroyo Benéjar se nos presenta moteado por el amarillo de los chopos, apuntando a Aldeire.

Descendemos al Horcajo y ahora, en lugar de enfilar el valle, tomamos el carril a la derecha, que asciende por la ladera en dirección a Barranco Hondo.

A nuestros pies, en el Benéjar, los cedros sirven de oscuro contrapunto a los chopos, exótico maridaje lleno de plasticidad.

Llegaremos al Barranco Hondo, pero no nos decidimos a tomarlo para bajar, pues la hora no aconseja experimentos. En vez de eso, retrocedemos por el carril hasta donde un cortafuegos en la divisoria de esa loma promete conducirnos hasta el Benéjar. Desde su último tramo, empinado pero practicable, gozamos de una buena panorámica del valle:

Un río de oro desciende desde el horcajo hasta los corrales donde habíamos visto las primeras sequoyas al subir.

Ya junto al Arroyo Benéjar, los castaños van sumiéndose en las sombras, mientras los chopos parecen destilar las últimas luces recogidas durante el día.

Buen fin de fiesta para una hermosa y colorida jornada. Hasta la próxima.

Un pensamiento en “Por los pasillos de Aldeire

  1. Pingback: Por los recodos de Aldeire | elcaminosigueysigue

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