Una de arces (… de Montpellier en la Sierra de Huétor)

7 Octubre 2017

El Arce de Montpellier (Acer monspessulanum) es un arbolillo de porte pequeño a mediano perteneciente al género Acer, como sus mayores, el Arce Real o el Sicómoro, y bastante cercano a sus primos, el Arce campestre y el granatense, tesoro de nuestros bosques. Su nombre deriva de que Linneo lo conocería seguramente en los bosques cercanos a la ciudad francesa, pero podría perfectamente llamarse “Arce mediterráneo”, ya que esa es su área de distribución natural. En invierno, primavera y verano pasa desapercibido, humilde habitante de umbrías, barrancos y roquedos calizos, donde se camufla entre las encinas, pero ¡ay, amigo! en otoño el patito feo se revela como portador de un luminoso fuego, ora amarillo, ora de un rojo intenso, que lo destacan entre sus acompañantes perennifolios…

Nadie lo diría fuera de esa estación, pero la Sierra de Huétor Santillán alberga una nutrida población de estos simpáticos arbolillos, arrebujados en torno a los arroyos de los Revocillos, Majalijar, de las Perdices y del Chorrillo. Para disfrutarlos en su óptimo cromático hay que ser preciso y atento con la fecha: son muy tempraneros, compitiendo con los fresnos por ser los heraldos del otoño. Las dos primeras semanas de Octubre los ven estallar de color, transfigurando su entorno; luego, se apagan al caer sus elegantes hojas al suelo… hasta el año siguiente.

La hoja del Arce de Montpellier es pequeña, con tres lóbulos redondeados sin indentaciones. De un verde claro en verano, en otoño viran a tonos amarillos, rojos o incluso magentas, cuando la clorofila se retira y quedan solo los carotenos.

La ruta que propongo es un devaneo sin otra meta que ir ensartando los enclaves de estos vistosos árboles alrededor de una zona por lo demás bastante transitada: los valles de los arroyos que discurren al sur de las Mimbres y la Fuente de los Potros, frecuentados por numerosos excursionistas. Pero… el que algo quiere, algo le cuesta, así que debo advertir que, junto a carriles y veredas más cómodas, transitaremos también por trochas de cabras e incluso por el fondo de algún barranco, lo que nos expondrá a alguna que otra contorsión y seguramente a más de un cariñoso arañazo. Eso, en un otoño seco como el que nos ocupa, porque si los arroyos llevan agua, la cosa se complica bastante.

Aquí tienes la ruta en Wikiloc.

Estacionamos el coche en la antigua carretera de Murcia, tras haber dejado la A-92 por la salida de las Mimbres-Prado Negro y haber descendido la cuesta que nos lleva al cauce del Río Fardes. Allí, la carretera recortó la aun más antigua que cruzaba el Barranco de los Revocillos, de la que ha quedado un meandro abandonado, cortado ahora por unos pedruscos junto a los que dejamos el vehículo.

Para que se vea que no somos exclusivistas en cuestión de árboles, vaya una primera foto para los espectaculares fresnos que orillan la antigua carretera.

Recorremos los apenas 100m de la (más) antigua carretera hasta el puente sobre el cauce…

… y recibimos la primera bofetada de color en la frente, pues el cauce abarrancado que se nos presenta está abarrotado de arces de Montpellier, que compiten a ver cuál inventa más colores.

Tengo que decir que, en realidad, lo de los arces fue una sorpresa, pues mi intención inicial, más topográfica que estética, era comprobar si el barranco era practicable para usarlo como vía de acceso a la Fuente de los Potros, de la que pasa muy cerquita, por detrás del amplio prado usado como campo de juegos en el área recreativa. Fue al comprobar lo que aquí había cuando me vino la idea del monográfico otoñal. De momento parece difícil internarse. Estudiando atentamente el terreno, descubrimos un coladero desde la parte izquierda del puente, por el que es posible deslizarse hasta el cauce, aunque a costa de agachar la cerviz y arriesgarse a algunos arañazos. A la vuelta comprobé lo que ahora aconsejo como mejor alternativa: echarse a la ladera desde la parte derecha del puente, para recorrer unos primeros 25m de barranco unos metros por encima del cauce, hasta encontrar una bajada, no cómoda pero sí factible hasta el agua (si la hubiere, que no era el caso).

Antes de bajar, mirando hacia atrás, disfrutamos ya del espectáculo de los árboles encendidos como llamas que contrastan con el tono oscuro de pinos y encinas.

Colocados ya en el cauce, descubrimos que -sin agua- el avance es posible aunque incómodo: el lecho del arroyo servirá de senda durante la mayor parte del recorrido, aunque habrá que estar atentos a apartar o rodear las numerosas ramas de arces, majuelos, rosales, espinos de diversos tipos y zarzas que jalonan nuestro improvisado sendero. Molestias, en abundancia, pero recompensas, más:

Escenario de duendes y ninfas, parecería que hemos entrado, a través del armario, en otro mundo por completo diferente al del entorno.

Incluso a la sombra los colores nos envuelven…

… pero es la luz atravesando el follaje la que siluetea plano tras plano de delicados encajes.

Hay un tramo donde los quejigos, empezando a amarillear, se unen a la fiesta.

Una selva de color, escondida y efímera, que podría competir con el mucho más afamado -y transitado Camarate.

Trepando por las laderas…

… o en el fondo del valle, componiendo un semáforo natural que da paso al otoño.

Composición con quejigo.

Espesura colorida.

Hojas rojas.

El arroyo, mientras tanto, ha ido perdiendo pendiente. Vamos ya borrachos de color. Del rojo…

Al amarillo de este enhiesto chopo que marca el paso del arroyo al llano que precede a las Mimbres, donde podremos abandonar el cauce y andar por sus bordes con más comodidad.

Este es el último arce de este tramo, que hace esquina con el cortafuegos del tendido de alta tensión que cruza el arroyo en este punto.

Llegados al cortafuegos, vamos a tomarlo hacia la izquierda (iremos por su borde para no perder la sombra de los árboles) y lo remontaremos hasta la altura de la torre eléctrica que corona su punto más alto. En realidad no parece un cortafuegos, sino solo un área más despejada de vegetación, lo que resulta estimulante después de las espesuras anteriores. Situados cerca de la torre, en la parte superior de la meseta entre los arroyos de los Revocillos y de Majalijar, volveremos a torcer a la izquierda, por lo más elevado, buscando un claro entre los pinos que ahora nos rodean, al que nos conducen unas desdibujadas sendas. El claro es un espinar al que adornan algunos quejigos; desde el mismo, se proyecta -ahora hacia la derecha- un pasillo de terreno despejado que se va convirtiendo en vaguada, por la que descendemos sin dificultades hacia el Arroyo de Majalijar:

Esta es la vaguada, y como faro un vistoso peñasco a su izquierda.

A la altura del peñasco tenemos el amplio valle del arroyo frente a nosotros.

Y este es el peñasco propiamente dicho, castillo de piedra escoltado por quejigos (no les vamos a hacer ascos)…

… y a cuya sombra (ya situados junto al cauce) vemos un solitario arce que nos mira con su ojo rojo.

Podríamos seguir la línea del cauce, hacia la derecha; tiene un par de momentos truculentos para atravesar su espesura de majuelos y sauces, pero luego es posible seguirlo, como ya hicimos en otra ocasión, aunque en sentido contrario. En las laderas, a cierta distancia del cauce, disfrutaríamos de la vista de otro grupo de arces arracimados entre encinas y quejigos:

Helos aquí, expulsados de la cercanía del agua por los omnipresentes majuelos, pero prosperando en umbría, como está mandado.

En esa zona más llana, los pinos se acercan a beber del arroyo, “codificando” los colores otoñales que estallan por detrás.

Pero, como eso ya está hecho y contado, la ruta de hoy propone una variación: donde la vaguada que nos trajo aquí viene a morir al arroyo, cruzaremos el cauce -¡ay! seco- y buscaremos enfrente otra vaguada similar y de similar dirección, también adornada por algún que otro arce, y la remontaremos para volver a ganar la altura que habíamos perdido. La topografía de la zona nos va quedando clara con estas maniobras: se trata de un llano o meseta de una altitud máxima más o menos constante, pero excavada por los cauces de los arroyos, que la poca pendiente convierte en anchos y perezosos vallecitos.

La vaguada acaba por disolverse en la parte alta de la meseta, por la que continuamos en la misma dirección, aprovechando que los pinos y las encinas respetan nuestro recorrido. Esto se prolonga hasta que llegamos al borde:

Donde una vaguada de tierras claramente rojizas interrumpe la monotonía anterior. Al frente y a la izquierda nos queda el Arroyo de las Perdices, tercero de la jornada, y no dudamos de que la vaguada no puede sino llevarnos a él, de forma que la tomaremos, por lo más practicable, para realizar el descenso.

El valle del arroyo, que cruzamos también en seco, es ancho al punto de permitir que el cauce comparta el espacio con el carril que viene por la izquierda directamente de la salida de la autovía. Pero no lo recorreremos más que unos metros, pues enseguida tomamos el que se desvía a la derecha para, tras volver a cruzar el arroyo, internarse por un vallecito lateral en la otra margen.

Es este un camino, luego senda, que se dirige a la carretera asfaltada que recorre toda la zona, justo donde aquella cruza el Arroyo de Majalijar. Pero antes de eso, en su zona más estrecha, nos regala otro pequeño aceral:

Es que…es juntar una umbría con un peñasco y ¡zas! allí están ellos.

Es solo un breve fulgor. Luego vuelven los pinos a adueñarse del paisaje, hasta que salimos a una zona despejada… ¡espera!: una zona despejada con unos cables de alta tensión por encima… Es nuestro amigo el cortafuegos, que nos brinda ocasión para otro quiebro (yo dije que el camino llega al Arroyo de Majalijar, no que nosotros tuviéramos que hacerlo). Así pues vamos a aprovecharlo para, siguiéndolo hacia la izquierda, a prudente distancia como la vez anterior, interceptar, tras unos 150m, otro caminito que vuelve hacia el Arroyo de las Perdices. Parece capricho, pero es que así nos ponemos en situación de llegar al más lejano enclave de arces de la jornada, en el Arroyo del Chorrillo.

De momento, este es el caminito que vuelve a Las Perdices, tras atravesar un precioso bosquecillo de quejigos.

Salimos de nuevo al Arroyo de las Perdices frente al punto exacto en el que comienza la vereda del Chorrillo, así que cruzamos el carril y nos internamos por esta última. También está comentada en otras entradas, así que no me detendré en pormenores; baste decir que remonta el Arroyo del Chorrillo hasta el cortijo del mismo nombre, precioso lugar, en uso, donde sus numerosos perros nos reciben con algarabía, recelosos de que vayamos a llevarnos alguna oveja o alguna hortaliza del nuevo huerto que sus propietarios han acondicionado. No hay miedo, pues tras breve visita retornamos por los amplios prados al barranco (el de la derecha del cortijo mirando hacia los cerros), que remontaremos cómodamente mientras se interna en un monte de altos pinos. A unos 600m del cortijo, iremos atentos al fulgor amarillo que, a unas decenas de metros sobre el cauce y en la margen izquierda según subimos, delata la presencia de nuestro objetivo:

Oro entre las sombras, sus hojillas diminutas tapizan el suelo. Podemos rodearlo por los laterales, aunque entrar dentro sea difícil por lo denso del ramaje, en el que se cuela algún que otro majuelo e incluso un par de mostajos.

Hacemos aquí un breve descanso y luego nos planteamos la vuelta. Dudo entre volver a bajar el barranco hasta la altura del Cortijo y tomar desde allí la vereda que lleva al Área Recreativa de Florencia -rodeando pues los cerros que nos separan de ella-, o bien subir dichos cerros para acceder por arriba, por la Fuente de Florencia propiamente dicha. Ya en otra ocasión anduvimos por esos andurriales, y al final me decido por esa variante, más directa, buscando desde los arces la ruta más corta.

De modo que, volviendo al cauce del arroyo, pasamos a la ladera de enfrente y comenzamos a subir en diagonal, buscando la vaguada que conozco y que nos lleva al collado entre la triple cima del cerro. En unos metros comprobamos que hay un barranco lateral que se interpone en nuestro camino, y nos vemos obligados a descenderlo casi hasta el arroyo para comenzar a ganar altura de nuevo después de superarlo. Hubiera valido la pena descender el arroyo hasta su embocadura, pero tampoco ha sido demasiado oneroso. Retomando de nuevo el ascenso en diagonal, en el que encontramos trochas de cabras, en pocos minutos llegamos a la vaguada o nuevo barranquito que, esta vez sí, nos llevará, primero al recoleto prado que llamaba Prado Escondido 2 en aquella entrada, y luego, desde la parte superior izquierda de aquel, completar el ascenso hasta el collado. Es un terreno indistinto, donde es fácil despistarse sin el track, pero, una vez superado el collado, encontramos la senda que nos lleva a la Fuente de Florencia.

Aquí estamos, en este lugar apacible y hermoso, donde comprobamos con alegría que la fuente deja escapar todavía un breve caño de agua. Los arces no son de Montpellier, sino sicómoros (Acer Pseudoplatanus), pero no vamos a negarles su derecho a salir en la foto…

Descendemos desde la fuente hasta la nave ganadera que hay algo más abajo, y luego hasta el Área Recreativa de Florencia, lo que hacemos por senda de bestias, a la derecha del carril que llega hasta la nave, y que es más agradecida, con fresnos y majuelos adornando el recorrido. Cruzamos el área recreativa, ajenos al bullicio de los domingueros que allí se congregan, y reecontramos por debajo a nuestro viejo amigo, el Arroyo de las Perdices, paralelo a la carretera asfaltada que cursa del otro lado. Resiguiendo el arroyo llegamos al arranque del carril que lleva a la Autovía desde la carretera. Sin tomar el carril, andamos unos metros de asfalto y enseguida tomamos, a la izquierda, el Arroyo de las Chorreras, que en esa zona confluye con el de las Perdices. Entramos entonces en un delicioso quejigar donde, junto a unas peñas, disfrutamos de una bien ganada comida. Después proseguimos el ascenso por el Barranco, que se adensa de vegetación pero resulta fácil de andar:

Fresnos junto al arroyo, y el poderoso Majalijar asomando por encima de los pinos…

En sus laderas, y por no perder de vista el tema de esta salida, brillan manchas rojizas que seguramente corresponden a los árboles que nos ocupan.

El Barranco de las Chorreras viene a nacer al pie de la colina donde se enclavaba el Cortijo del mismo nombre, hoy completamente desmantelado, pero no llegaremos tan arriba, pues nos saldremos por la derecha aprovechando un mínimo collado despejado que lo separa del siguiente barranquito -solo vaguada en este punto-, tras el cual encontramos el carril que conecta Las Chorreras con la carretera, y que descendemos hacia la derecha.

Buscamos ahora de nuevo el Arroyo de Majalijar, cruzado por la carretera unos 300m más allá. Iremos por el llano, lo más lejos posible de la carretera, hasta que el estrechamiento del valle nos fuerza a pisarla. Eso ocurre prácticamente en el mencionado cruce con el arroyo, tras el cual arranca a la derecha un camino/senda que discurre paralela al mismo. Lo más habitual es dejarse llevar por lo más transitado, subiendo un pequeño collado que nos introduciría en el valle del Revocillo y nos dejaría en la Fuente de Los Potros. Pero antes de dicho collado hay una bifurcación, donde tomamos el camino de la derecha, que sigue más o menos paralelo al Arroyo de Majalijar y luego se va separando poco a poco, en suave ascenso. De manera plácida vamos subiendo hasta la vecindad de una nueva torre del tendido eléctrico, donde hacemos un breve excurso para llegar hasta su base. Es una mesetilla despejada desde donde ganamos buenas vistas del valle y de la ladera de enfrente…

… donde, a la sombra de unos cantiles, reencontramos a nuestros pizpiretos compañeros, destacando su mancha bermeja entre los verdes de pinos, encinas y quejigos.

Retornando al camino, lo seguiremos en el sentido que llevábamos hasta que viene a morir en las inmediaciones de una nueva torre del tendido (la primera que encontrábamos al salir de Los Revocillos). Bien por el cortafuegos, o bien por una vaguada paralela al mismo, llegamos de nuevo al mencionado arroyo.

De nuevo en Los Revocillos, donde reconocemos los chopos que nos sirvieron de guía al subir.

En su cruce con el cortafuegos, dejaremos el cauce y proseguiremos por la línea del tendido eléctrico, ascendiendo un repechillo salpicado de retamas…

… desde donde disfrutaremos de una buena panorámica de este tramo del arroyo, con los chopos brillando en amarillo por delante de los rojizos arces que campean en la ladera.

Acabamos en una nueva torre eléctrica, que superamos por la derecha, internándonos después en la espesura de ese lado, dejándonos caer por la pendiente hasta localizar un claro poblado de majuelos…

… que se convierte en una pequeña vaguada surcada por débiles trochas…

… que nos va a llevar, sin más complicación, a la carretera antigua de Murcia, poco más de 200m por encima del punto donde dejamos el vehículo. Aprovecharemos una curva abandonada de la (más) antigua carretera, frente a nosotros, para llegarnos al borde de lo que, ya aquí, reunidos todos sus afluentes, empieza a llamarse Río Fardes:

Que en este punto forma un vistoso -aunque muy poco visto- cañón de bravías hechuras.

El tramo entre el puente de la carretera y este punto nos despide con una última explosión de color, con arces y fresnos compitiendo en pirotecnia otoñal.

Buen fin de fiesta para un recorrido tan colorista. No queda sino llegar hasta el vehículo y volver, apuntando en “pendientes” ese pinturero fondo de valle ¿tal vez hasta El Molinillo? El otoño que viene lo sabremos. Salud.

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