San Jerónimo-Prados de las Yeguas

28 Mayo 2017

Apurando esta primavera tan seca, no acaba Mayo y ya nos vemos obligados a subir cerca de los 2.000m para escapar del calor y encontrar algo de verde. Recordando la iluminadora conexión que encontramos en otra ocasión, entre el Convento de San Jerónimo y los Prados de las Yeguas, a tiro de piedra de Pradollano, me vino a la cabeza que tenía vista desde la ladera de enfrente -por donde discurre la senda de la Cortijuela a la Estación- una faja de terreno que parecía descender sin accidentes de importancia desde los mencionados prados hasta el Río Monachil. De esas cosas que se te quedan en la cabeza, pendientes del día adecuado para investigarlas. Bien, pues era este.

Esta es la mencionada vista desde la ladera de enfrente, en la Loma de Dílar cerca de Pradollano, en una foto de Septiembre de 2013. He marcado con un círculo rojo una casilla en mitad del prado que nos servirá de referencia más adelante. Por el borde inferior de la mancha de pinos del centro parece discurrir una cómoda bajada hasta el río.

Como después averiguaríamos, mapa en mano, no son más que 9 km, lo que resulta del todo sorprendente en un recorrido tan variado, en el que te mueves entre la media y la alta montaña, pasando de los pinos a los prados y de los prados a los robles, sin olvidar un doble cruce del Río Monachil. Una guinda de excursión primaveral.

Como la primera parte del recorrido, que arranca en las inmediaciones del Convento de San Jerónimo, es la misma que en la entrada que he vinculado más arriba, no me detendré demasiado en su descripción. Seré más exhaustivo en la bajada desde los prados (el extremo derecho de la ruta en el plano), que es la que motiva esta expedición, y en la vuelta por la umbría, que sustituye con ventaja a la vereda de la solana que tomamos en aquella ocasión.

Primera pincelada: el verdeante rellano poblado de espinos que acompaña al Arroyo del Saltillo, justo al norte del Convento. Subir por este lado del arroyo es lo que nos permite superar el muro que vemos enfrente y andar por el llano que guarda por encima.

Un poco más arriba, espinos en la despedida de su floración, antes de que los desfloren los calores del este verano anticipado.

Cruzamos el arroyo un poco más arriba y descendemos luego a la preciosa hoya que hay del otro lado, por encima del farallón en la vertical del Convento. Abandonándola por la izquierda, pasamos por una segunda hondonada:

Cerrada al sur por un montículo de piedra, que ascendemos buscando las vistas…

…que son interesantes tanto hacia el sur como hacia el norte, en este caso con el Barranco de los Prados del Aire como eje.

Justo después de cruzar el barranco, encontramos adustas ruinas de lo que se diría un corral de los Incas.

Como se explica en la entrada que venimos referenciando, desde aquí procedemos al sesgo, en ascenso, para buscar el cortafuegos que acompaña al tendido de alta tensión que surca la loma en dirección a la Estación de esquí, que nos colocará en un par de ratos a la vista de los prados:

Prados de las Yeguas (no los de la Laguna, obviamente, sino los de esta que se dice Loma de las Yeguas). El tendido eléctrico sigue su camino por la derecha mientras nosotros aterrizaremos en la alameda que vemos tras los espinos de la izquierda.

Dejamos atrás la alameda para ascender ligeramente hacia el centro del prado. Hacia atrás dejamos un bucólico grupo de vacas bajo la vertical del tajo de la Mojonera.

El prado se mantiene verde gracias a los aportes de una antigua acequia en su parte superior, ayudados por mínimos canales que, siguiendo las curvas de nivel, distribuyen el agua por un espacio más amplio. En la confluencia de una vaguada natural y uno de dichos canales se sitúa esta balsa, donde Bruno se refresca con alivio.

Por debajo del canalillo el prado pica hacia abajo, entre pinos y espinos.

Manteniendo la cota por el centro del prado, divisamos al fin una pequeña casilla cerca de su extremo, unos metros por debajo de nuestra posición:

La foto es de otra excursión, pero la incluyo porque marca el comienzo de la bajada que vamos buscando. Es la que había marcado en rojo en la foto desde la ladera de enfrente, al principio de la entrada.

Rodearemos la casilla por la izquierda, para evitar algún cercado que suponemos guardará algún ganado hoy ausente. Eso nos coloca al borde del barranco lateral que baja al Monachil desde aquí:

Desnudo y empinado, viene flanqueado del lado en que nos encontramos por una faja de terreno practicable antes de los sucesivos cortados que se asoman al barranco. Esta es la repisa que yo tenía vista desde enfrente, y que debe conducirnos hacia el río. Es más empinada de lo que aparentaba, pero en todo caso fácil de andar.

Lo que yo tomaba por pinos, por cierto, no son tales, sino bien desarrollados cedros ¡quién podía pensarlo!

En uno de los balcones sobre el barranco, y dado que estamos en el punto culminante de la jornada, procedemos a la foto oficial. Por detrás, la Loma de Dílar se despliega, surcada por los mil arroyuelos que alimentan los verdiblancos espinares que los acompañan.

Esta es nuestra bajada. Entre el muro de cedros y los cortados de la izquierda, se presenta franca y clara.

Un poco más… ya estamos más cerca…

… e incluso, por momentos, una débil trocha insinúa el paso del ganado, siempre sabio.

El fondo del valle va subiendo a nuestro encuentro, la ladera de la loma del Dílar cuajada de espinos en flor. El arroyito de la derecha es el Barranco de Prado Redondo, que nace a la altura del prado del mismo nombre.

… y el río, alegre con el deshielo, aunque con un caudal muy inferior al que debería tener en estas fechas.

La banda despejada se empina hacia el río, sin que encontremos ninguna interrupción de importancia.

El último tramo, a la vera de un conspicuo cedro junto al río, es el más complicado -por pendiente-, pero sin más peligro que arriesgar algún culetazo sobre el pedregal.

Enseguida llega un dulce aterrizaje junto al río, entre cedros y robles.

Este es el punto al que llegamos. Enseguida estamos literalmente en el río, disfrutando del frescor de sus aguas, recién fundidas algo más arriba.

Y este es nuestro comedor, en el que nos aprestamos a reponer fuerzas, a la sombra de un roble y con el arrullo de la corriente.

No me olvido… de citar las alegres flores de la Nomeolvides (Myosotis sylvatica), que en estas latitudes es una planta casi acuática, siempre a la vera del agua.

Terminada la comida, procede plantearse la vuelta. Estamos solo a unos 800 m río arriba del punto en el que la vereda que viene del Convento de San Jerónimo por la solana llega al río. Podríamos llegar a ese punto, no tanto andando junto al cauce, del que no me fío, sino ganando un poco de altura por la margen izquierda y descendiendo luego desde la colinita que domina el Barranco de la Genara. Pero, ya puestos allí ¿por qué no seguir por la umbría? Hasta esta altura llega el robledal de la Dehesa de San Jerónimo, y no podemos pensar mejor acompañamiento que su sombra bienhechora. De modo que decidimos hacer el robledal y descender por la Loma de la Perdiz para cruzar el Río Monachil en su confluencia con el Barranco de Manuel Casas, y buscar desde allí El Prado del Conde (como se explica aquí).

Hemos comido al principio de una zona donde el fondo de valle es ancho, relleno de sedimentos aquí depositados. Si intentamos progresar por la margen derecha del río, vamos a tener que cruzarlo unos metros más abajo, donde se pega a este lado, de forma que lo vamos a hacer aquí, lo cual va a implicar descalzarse (de nuevo) y mojarse los pies. Así, además, iremos bicheando el mejor punto para abandonar el cauce por la izquierda. Hay que decir que esto es fácil en un día como hoy, en que el río viene contento pero no desbocado. Puede que en una primavera lluviosa tuviéramos que replanteárnoslo.

Ya lo hemos hecho y miramos hacia atrás. Venimos de los robles y cedros del centro de la foto. Al fondo, la Estación de Esquí.

Este tramo es fácil, surcado por alguna que otra trocha, y nos lleva sin apreturas hasta cerca del final del ensanchamiento…

El piorno rosa (Hormathophylla spinosa) forma sus vistosos (aunque incómodos) cojines en el fondo sedimentario del valle.

La trocha se interna en este túnel verde… ¿rodear o agacharse? Intentamos el túnel, cuidando de no engancharnos en los rosales, que están en el apogeo de su floración.

El interior es una umbría cavidad, a la sombra de un sauce, salón de duendes del bosque… Uno de ellos ha accedido a posar para nosotros 🙂

De nuevo al sol, y tras unos pocos metros, comprobamos que se nos va acabando el terreno despejado, abocado a un recodo de aspecto más tupido. Pero justo antes, a la izquierda, se insinúa un ascenso fácil que apunta a superar ese estrechamiento por arriba, y allá que vamos.

Lo hemos hecho de fábula, pues una sendita la mar de coquetona nos interna en el robledal.

Estamos en la Loma de Valdeinfierno y sabemos que, inmediatamente después, el Barranco del mismo nombre cruzará nuestra ruta para desaguar en el Monachil…

En efecto, el terreno frente a nosotros se deprime anunciando el barranco…

… al que descenderemos con toda comodidad por esta zona despejada, por la izquierda de un vetusto corral. Nuestro “descensus ad Valdeinferos” es en realidad un paraíso; lástima que vaya estando más seco de lo que toca…

Hay por aquí algunos buenos ejemplares de roble, estilizados pero de buena altura.

Un ternerillo despistado se nos mantiene a prudente distancia mientras nos aproximamos al agua. Este mismo barranco se cruza, mucho más arriba, en la vereda de Matas Verdes a Pradollano, pero allí arriba es un pedregal y aquí un bucólico y sombreado rincón.

Cruzado el barranco, nuevas trochas afrontan una nueva subida, hacia la derecha y luego rodeando la siguiente loma, que no es otra que la que presenta la colina despejada entre el Barranco de la Genara y el Monachil, por donde hemos pasado en varias ocasiones. Hasta la misma nos llevan la trocha y nuestra intuición. Desde allí, como decía, en lugar de bajar al río mantendremos la altura por la umbría para llegar a la Loma de la Perdiz.

Con la luz de la tarde, hermosos contraluces se suceden. Esto es justo antes del Barranco de la Genara.

La vereda no está excesivamente marcada, pero teniendo buen cuidado de no ceder a la tentación de bajar de cota, y eligiendo más bien ir ganando poco a poco altura, nos acaba llevando…

… tal que aquí, a la amplia zona de corrales y prados que mira hacia el Barranco de Manuel Casas y donde hemos comido en más de una ocasión. Alcanzamos a divisar fugazmente un jabalí que escapa entre la fronda a nuestra llegada. Sólo queda dejarse caer, por lo fácil pero no lejos de la divisoria de la derecha…

Hasta este último corral, que dejaremos a la derecha para descender, paralelos al Barranco de Manuel Casas, los útimos metros hasta el Monachil.

Por cierto, que no me resisto a la tentación de comparar la anterior con esta foto del mismo lugar hace… ¿15 años? que aporta una evidencia: ¡las plantas crecen!

El último tramo del Barranco de Manuel Casas, poco antes de su confluencia con el Monachil.

Por una empinada sendita aterrizamos en el Monachil…

Río Monachil, mirando aguas arriba, con un poco más de agua después del aporte de unos cuantos barrancos. Es un lugar umbrío y evocador, aunque su salida es un poco truculenta…

Saldremos aquí andando unos metros río abajo, casi hasta la confluencia con el Barranco de Manuel Casas, casi invisible entre la fronda. Antes de que el río se complique en un par de escalones, observaremos en la margen opuesta un exiguo boquete en la poderosa zarza que crece junto al río, justo después de un contrafuerte de piedra sobre el agua. El boquete será más o menos amplio dependiendo de la estación y el trabajo de bestias y pastores, pero no hay otra: hay que descalzarse de nuevo y abrirse paso por el agua y las espinas para salir a la terraza sedimentaria que comienza tras el agujero.

Una vez allí, lo difícil estará hecho, y andaremos por la mencionada terraza unos 150m, atentos a una poco clara vereda que, por la derecha, nos hace ganar altura abandonando el valle hacia la parte superior de unos vistosos tajos sobre el río.

La alternativa sería enfangarnos en esa tupida selva, que dejamos intocada a beneficio de las criaturas del bosque y del río.

La vereda, que luego se torna más clara, cruza el Barranco de los Prados del Aire -el mismo que cruzamos esta mañana mucho más arriba- y procede por la ladera hasta el borde superior de los tajos, desde donde torceremos a la derecha entre el pinar, buscando a nuestro mejor entender el Prado del Conde, bajo el Cortijo de la Dehesa. Cruzándolo por su parte superior para evitar la densísima sauceda que lo parte en dos, acabaremos saliendo al antiguo camino que llevaba desde el mencionado Cortijo hasta el carril de Diéchar…

Este es.  Por él accederemos al que baja al Cortijo desde el camino del Convento (que vemos arriba, escondido tras los álamos).

Y por el mencionado carril, hasta el punto donde dejamos el vehículo. Todo un mundo en 9 km. Hasta la próxima.

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