De coladas y barrancos

14 Mayo 2017

Transcurre esta preciosa ruta entre los términos de Frailes y Valdepeñas, por el Arroyo de los Barrancos, que no hay que confundir con el valle homónimo que al norte del Tercero viene a dar al Valdearazo; el que nos ocupa discurre hacia el sur, para unirse al Río de las Cuevas poco antes de Frailes, y convertirse desde allí en el Río Velillos. Por él circula una colada, o pequeña cañada ganadera, que, con el nombre de Colada de los Barrancos o de Cirolahilla -según el tramo- remonta desde el pueblo hasta los cortijos de Cereceda y Periche, donde se une a la de Los Villares, justo en la linde de la finca de los Morales. Imagino que toma su nombre del núcleo de Los Barrancos, cortijada en la cara Oeste del Cerro de la Misa, y luego de los de Cirolahilla (o Ciroladilla), un poco más arriba…

Complicaciones toponímicas aparte, se trata de un delicioso recorrido por el extremo suroccidental de la Sierra Sur, que nos lleva desde los olivos a los quejigos, a través de un valle donde espesas masas de encinar alternan con  prados abiertos y suaves collados con extraordinarias vistas (sobre todo si, como es el caso, hacemos la vuelta por las alturas de los cerros que rodean el valle).

Entramos por Frailes, tomando la carretera que lleva a la Hoya del Salobral y el primer carril a la izquierda después de dejar de ese mismo lado la carretera de Valdepeñas. Es un carril vetusto pero practicable por el cual podemos llegar a la mencionada cortijada de Los Barrancos, aunque nosotros dejaremos el vehículo un poco antes, en un olivar a la vera del arroyo.

Tal que aquí comenzamos a andar, unos metros antes de un estrechamiento del valle previo a la cortijada. La primavera viste de amarillo retamas, genistas y aulagas.

Pasado el estrechamiento, divisamos la más inferior de las construcciones que constituyen Los Barrancos, dispersas por la ladera a nuestra derecha.

Unos metros más allá, un carril se desprende del que seguimos, ascendiendo por la derecha hacia Los Barrancos. Nosotros seguiremos en el fondo del valle, hacia Cirolahilla…

… pasando junto a un innominado cortijo que fotografío después de sobrepasarlo, mirando hacia atrás.

Algo más arriba, entra por la derecha un barranquito que, en temporada lluviosa hace una pequeña cascada sobre el carril, hoy seca. Antes de llegar a Cirolahilla Baja, que se encuentra en un barranco lateral, la colada abandona el carril y prosigue por el fondo del barranco principal:

Este es el sitio. Dejamos marcharse al carril por la izquierda, siguiendo nosotros por el fondo del valle, y a fe que no nos molesta, pues promete bellezas y tal vez un poco de agua, pues hasta ahora el cauce está huérfano de ella.

Tras el muro natural de roca que vemos en la foto anterior, encontramos una auténtica obra de ingeniería rural, vigorosa senda que, ora picando la piedra, ora componiendo muretes para allanar la plataforma, nuestros antepasados dibujaron para el paso de ganados y cabalgaduras. Hoy en día decae y por momentos va reintegrándose al paisaje natural, pero deja ver que tuvo su importancia y su empaque.

Discurriendo a la izquierda del arroyo, la ladera derecha se puebla con un espeso encinar en el que verdean algunos quejigos. El agua, como esperábamos, hace su aparición en el cauce, provocando apenas un susurro al acariciar las rocas del fondo.

Minutos después encontramos el primero de los prados que, a partir de aquí, van a ir jalonando el fondo del valle. Enhiestos chopos marcan hitos en la ruta…

Descartando alguna senda más clara que sube hacia la izquierda, nos mantenemos pegados al arroyo, lo que nos lleva a culebrear entre encinas, cuya sombra agradecemos en esta mañana que empieza a hacerse cálida.

Un nuevo prado, ahora en nuestro lado del arroyo, nos regala una exhuberante constalación de… orquídeas?

A estas alturas vamos ya embobados de prado en prado, sauces, álamos y espinos ofreciendo sus mejores galas…

En las alturas, un solitario quejigo subrayado de nube.

Los tramos abiertos alternan con pasajes por el interior del encinar, fresco y sombreado.

Conforme ascendemos empiezan a proliferar los majuelos en su espectacular floración. Ya se divisan al frente las últimas cuestas de la ascensión…

Como contrapunto a los soleados majuelos, aparecen las sombreadas peonías en el sotobosque del encinar.

El recorrido es cómodo en general, aunque alguna cerca ganadera nos obliga a ocasionales acrobacias o a algún excurso por la ladera. Por fin nos situamos en el vértice de lo que es la cabecera del barranco…

… marcada por esta fuente, que saca agua de un pozo protegido por una pequeña caseta. Estamos a la altura del derruido Cortijo Tenazas, algo más alto en la ladera de la izquierda.

Nos queda ahora la pendiente, más despejada de vegetación, que nos saque al collado en el que culmina el barranco.

Hacia atrás queda el valle que acabamos de recorrer, presidido al fondo por la verde colina en cuyo cuello se asienta el cortijo de Cirolahilla Alta.

Al ir ganando altura queda a nuestra vista la cuerda que cierra el valle por la derecha, poblada de espeso encinar-quejigar.

Como podemos ver, tampoco es que la ascensión sea demasiado dura. Más bien al contrario, es un suave ganar altura por un precioso paisaje adehesado.

El final viene anunciado por un elegante quejigo solitario, tras el cual solo el cielo nos espera. What a beautiful day!

Por fin accedemos al collado, en forma de silla de montar entre suaves elevaciones, rabiosamente verde de la hierba que las lluvias de la pasada semana han rescatado del agostamiento. Miramos aquí hacia el sur, a los cerros en cuyas faldas se cobijan -al Este y al Sur- la cortijada de Saltadero Bajo y Cuevalayedra.

Tras acercarnos al vecino cortijo de Cereceda Alta -en ruinas-, volvemos al collado sin dejar de disfrutar de sus primorosas hechuras, bajo un cielo sonriente y aliviados por un airecillo fresco que mitiga el calor del sol. Estamos a 1.407 m de altitud.

Un hermoso grupo de encinas parece ser el lugar ideal para sentarse a comer, pero pronto descubrimos que es comedor… de ovejas. Ante la perspectiva de servir nosotros de comida para pulgas y garrapatas, y dado que el airecillo, bajo la sombra, se revela más fresco de la cuenta, optamos al final por la soleada era que hay unos metros antes, en cuyo murete lateral nos sentamos con la cabeza alta y los pies colgando, atacando nuestras viandas con entusiasmo.

Acabado el refrigerio, unas apetecen siesta y otros aprovechamos para ampliar las vistas. Me he quedado con las ganas de ver Sierra Nevada, que parece oculta por las nubes que se amontonan en el horizonte del Sur, y parto hacia la cresta en busca de más perspectivas…

Durante el ascenso vuelvo la vista para apreciar el collado desde el ángulo contrario, en el centro las encinas que nos sedujeron, detrás de ellas la era donde comimos.

Gano una conveniente perspectiva de los cerros que bordean el Barranco por el Oeste, donde campean los tres cortijos que, como hitos, se reparten las sucesivas lomas: Tenazas, Alanque y Cirolahlla Alta.

Flores en el suelo y majuelos en flor. Esto es un edén.

Casi sin pretenderlo, acabo llegando a la divisoria, donde las encinas se inclinan para disfrutar de las vistas…

Y no es extraño. Me parece divisar, en el extremo izquierdo, el pedregoso llano de Covaterrizas, casi oculto por el Cerro Semilla por delante, a cuyos pies se abre la Hoya de la Zarzuela, de intenso verde, a la que sigue en el centro todo el curso del Arroyo de Puerta Alta. De fondo, el Paredón con sus molinos, y hacia la derecha, ahora sí, Sierra Nevada, no oculta sino solo disimulada entre las nubes, asomando por encima de Sierra Arana y el Peñón de la Mata, empequeñecidas a su sombra. El Cerro de la Maleza, uno de los encinares más espesos de esta sierra, pone el broche en el extremo derecho.

Comienzo a volver, por esta cresta que es como una de esas carreteras panorámicas marcadas con verde en ciertos mapas, emborrachado de paisaje…

… hasta el punto de que equivoco la cresta, que antes del collado se bifurca haciendo una “T”, y tomo a la derecha en lugar de a la izquierda. Solo cuando veo los cortijos de Periche y Cereceda a mi izquierda me doy cuenta de mi error, y debo faldear para volver al collado, afortunadamente antes de haber bajado más de la cuenta.

Reunido nuestro pequeño rebaño, y en este marco incomparable, procede hacer la foto oficial:

Falta Bruno, que se ha despistado por ahi en sus cosas.

Después de mi visita a las alturas se me ha despertado el deseo de crestear (aunque en esta sierra tan dulce habría que decir “lomear”). Así que planteo pasar por Cortijo Tenazas y Alanque, como estaba previsto, pero luego abandonar la opción de la media ladera hasta Cirolahilla Alta y sustituirla por el acceso al Cortijo Matarrata por Los Hundideros, nombre sugestivo que despierta mi instinto explorador. Desde ahí ganaríamos la cima del último cerro redondeado de la foto (sobre la cabeza de Teresa), para desde allí dejarnos caer hasta Cirolahilla Baja y el Arroyo de los Barrancos de nuevo.

Así que nos ponemos a la tarea. Lo primero es rodear la cabecera por la derecha, pasando por el derruido cortijo Tenazas. En el camino, hermosos quejigos y buenas vistas del valle. Desde allí, un somero barranquito lateral nos separa de Alanque…

… que vemos enfrente, y del que nos separa una suave vaguada cubierta de flores. Por detrás, en la vertical del cortijo, asoma la colina calva en cuyo collado llegamos a distinguir el Cortijo de Cirolahilla Alta. No lo visitaremos, pues torceremos a la derecha por el  vallecito que lo precede.

Desde Alanque gozamos de la vista más completa del Arroyo de los Barrancos, por donde hemos subido esta mañana. Al fondo, las sierras de Parapanda y Madrid nos dan la espalda.

De acuerdo con la variante planteada, comenzamos a rodear la loma en la que se asienta el Cortijo de Alanque, hacia la derecha y ganando altura ligeramente, con la idea de llegar a Los Hundideros y coronar el collado que los separa del Cortijo Matarrata…

Pero en cierto momento paree que no va a ser tan fácil: aunque vemos el soleado prado de los Hundideros al fondo del valle, entre nosotros y ese punto se interpone un barranquito lateral que parece complicar el acceso. No será para tanto: unas trochas de cabras faldean dicho barranquito y trepan por la ladera que le sigue, tras perder apenas unos metros de altura…

Progresamos por la loma hasta llegar a la altura del prado, y sólo unas decenas de metros por encima, que bajamos con comodidad…

… para ingresar en el paraje de Los Hundideros, bellísimo fondo de valle tapizado de hierba.

Este es el paraje visto desde el collado que lo culmina hacia Matarrata. Me alegro de haber tomado este desvío, agradable sorpresa en esta de por sí agradable jornada.

En el collado encontramos un pastor con sus cabras, que se arremolinan en torno a Bruno ¡vivir para ver! como si nunca hubieran visto un perro. Tras un rato de charla, el pastor marcha con ellas, mientras nosotros evaluamos lo que queda:

Un camino por la derecha (donde todavía puede verse el rebaño), nos conducirá suavemente al collado sobre el centro de la foto, y después al cerro que le sigue, culminación de la jornada…

Antes, pasamos junto al Cortijo Matarrata que, agazapado en una hondonada, no habíamos podido ver desde el collado.

En este delicioso altiplano abundan los quejigos, algunos de generoso porte. Hay cabras en el suelo… y borregos en el cielo.

En el collado que precede a los últimos cerros, los estratos de piedra semejan muros de olvidadas civilizaciones. Lo que vemos enfrente no es la cima, sino un cerrillo que la precede, unida a aquella por un último collado. El camino aborda este primero por la derecha, sin coronarlo.

Pero aun así nos brinda, mirando hacia atrás, amplias panorámicas de buena parte de la sierra, desde los cerros vecinos a Valdepeñas hasta el Paredón, límite con Noalejo y Campillo de Arenas.

El zoom nos acerca el conspicuo Monte de las Ánimas, entre los de Altomiro y el del Hoyo, que parece señalar el hueco que corresponde al Puerto de las Coberteras, entre La Pandera a la izquierda y Ventisqueros a la derecha.

Más cerca, y hacia abajo, distinguimos el extremo -en sombra- de los Llanos del Ángel, con el Cortijo del Majanillo en el arroyo del mismo nombre. Más lejos, El Hoyo y la carretera de Valdepeñas.

Tras un último collado, l@s más valientes abordamos la subida al cerro más alto de este sector de la cuerda (no el último, pues en realidad  la misma continúa hasta las inmediaciones de Frailes). Coronaremos sin dificultad sus 1.474 m, curiosamente 2 más que el Tercero, que tanto nos costó… A las vistas del interior de la sierra suma las de las sierras aledañas, desde Parapanda a Sierra Arana y, aun más allá, desde Tejeda y Almijara hasta Sierra Nevada. Como el día es algo brumoso en las distancias largas, no me ha parecido que valiera la pena subir las fotos…

Reunidos con las menos esforzadas, que se han ahorrado la subida, enfilaremos la arista que baja hacia el Arroyo de los Barrancos, ayudados por las trochas del ganado en un tramo que es pendiente pero fácil de andar, hasta un collado bastante más abajo:

Last but not least, que dirían los ingleses, pues es en verdad el último de la jornada, pero no el menos hermoso. Separa el vallecito de Cirolahilla Baja (a la izquierda) del del Cortijo del Majanillo (de Frailes, no el que veíamos cerca de los Llanos del Ángel, que es de Valdepeñas).

Por el muy notorio carril que arranca en el collado, y hacia la izquierda, descenderemos en amplias revueltas hacia el Cortijo de Cirolahilla…

… bajo el cielo -y las encinas- protectores.

Estamos ahora al otro lado de la colina donde campea el cortijo de Cirolahilla Alta, que hemos visto durante todo el rato desde el lado contrario.

Cerca ya del fondo del valle, las poderosas encinas extienden sus brazos sobre el camino, creando una sombra acogedora, casi un hogar donde vivir…

… un hogar con vistas, donde los verdes van remansándose -con el agua que los alimenta- en el fondo del valle.

Descendemos la última cuesta hacia un vigoroso grupo de chopos, con el Cortijo oculto hasta el final por la izquierda. Enfrente, el Arroyo de los Barrancos en el que desemboca este en el que nos encontramos.

Qué pequeños somos…

Bruno consigue saciar su sed acuciante con el agua del regatillo que baja al lado del cortijo, que a mí me sirve para refrescar cabeza y gorra por igual. Luego, afrontamos el último tramo del vallecito:

…hacia la espectacular puerta que nos conduce de nuevo al Arroyo de los Barrancos, cierre del círculo que hemos completado hoy. Solo nos queda desandar el tramo de valle hasta el vehículo, disfrutando como si fuera nuevo del paisaje que la luz de la tarde ha trasmutado en otro.

C’est tout. Hasta pronto.

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