Corazón de la Sandía

12 Marzo 2017

El Corazón de la Sandía es un clásico entre los clásicos de la baja montaña de Sierra Nevada. Como su nombre sugiere, es el cogollo del bravío laberinto de calizas y dolomías que constituyen los Alayos. Pese a su fiero aspecto, tiene ascensos bastante cómodos y bien conocidos, sea desde Picacho Alto, desde el Collado del Pino o, como haremos en esta ocasión, desde la autopista de grava conocida como Rambla Seca. Lo que constituía la novedad en este caso era la vuelta, pues se me había metido en la cabeza conectar la cima con la vereda que, a media ladera y por la cara norte, recorre todos los Alayos, desde la Cuesta del Pino hasta Cerro Hueco. Sin querer crestear hasta el Collado del Pino, pretendíamos descolgarnos por los vertiginosos arenales que arañan la base del pico, hasta encontrar la vereda casi en su vertical…

Me decidió a ello un clásico de la literatura senderista nevadense: Sierra Nevada. Guía montañera, de Pablo Bueno Porcel, enjundiosa coedición entre Universidad y Diputación de Granada, de 1987, al que acudo de vez en cuando buscando el consejo de un experto y avezado caminador, y que detalla tanto el ascenso por el barranco de Juana Benítez como ese descenso hasta la vereda de marras.

Comoquiera que la descripción no era todo lo precisa que uno pudiera desear (habida cuenta de lo intrincado del terreno) y faltándole los apoyos gráficos y geoposicionales que entonces no existían y hoy son corrientes, dediqué unos cuantos ratos a bichear en Wikiloc lo que otros valientes han aportado al empeño. Encontré pocas referencias a esa concreta conexión, ya que la mayoría opta por crestear hasta el collado del Pino y hacer la vereda completa, lo que se nos salía del presupuesto. Encontré también alguna reseña de ascenso más o menos por el sitio buscado, aunque el track era algo impreciso y la reseña más aun (debo decir que me llamó la atención que su autor calificara la ruta como fácil, lo que dice mucho y bueno de sus condiciones físicas y técnicas, pero poco de su prudencia y buen juicio: si 1.000m de ascenso acumulado, 650 de ellos por empinados arenales que deben sortear muros y pináculos de roca viva que te abocan a callejones sin salida, son considerados fáciles, es que todos los usuarios somos alpinistas consumados, o que el que escribe carece de la mínima empatía hacia el común de los mortales. Escribe practicable, de dificultad moderada al menos, pero no te sobres, colega). En fin: que habría que improvisar y confiar en nuestro buen juicio sobre el terreno.

Obviando el ascenso por Rambla Seca, que es relativamente cómodo y está muy documentado, adjunto aquí el track del recorrido desde el collado sur que precede a la cima, hasta el río Dílar, por los Atalayones, advirtiendo de que no ha sido generado in situ por el gps, sino dibujado sobre Google Maps a posteriori, tras algunas horas de confrontar la ortofoto con nuestras propias experiencias y las fotografías que fui obteniendo sobre la marcha. Visualizado en Google Earth es bastante ilustrativo. La explicación detallada la podrás encontrar en lo que sigue. Es obvio decir que, si no lo ves claro, abstente, pues la ruta es, cuando menos, truculenta.

Comenzamos a andar desde el merendero Los Alayos, atravesando la zona recreativa y de baño que recorre el carril que lleva a la Central Eléctrica. A esta hora de la mañana es un disfrute, por contraste con lo que viene después.

Pasada la Central embocamos Rambla Seca, que no es muy evidente desde el sendero, pues se oculta entre contrafuertes de la ladera (he marcado el punto en el plano de Google Maps).

Como botón de muestra, un momento del ascenso por la rambla.

Tras unos 6 km de cómodo ascenso, llegamos a la cabecera…

…señoreada por el mismísimo Corazón de la Sandía, que destaca a la izquierda.

Aquí encontramos cruces con la vereda que viene de la Cañada de la Selva (por la izquierda) y continúa luego hacia la cuerda que lleva a Picacho Alto (por la derecha). Hay quien accede a la cuerda por ese lado y luego prosigue hacia el Corazón, pero nosotros seguimos la vía directa, hacia el collado que ocupa el centro de la foto anterior.

Ya en las últimas pendientes, todo el valle recorrido queda a nuestra espalda, mientras Picacho Alto destaca a la izquierda, por delante de la Silleta del Padul en segundo plano.

Llegados al collado, aparecen a nuestra vista Los Gallos y, tras ellos, toda la nevada cuerda entre el Caballo y el Veleta. Caminamos por la divisoria hacia la izquierda hasta la base de la cima del Corazón de la Sandía, castillejo doble hendido por una profunda grieta que es en verdad el remate de la rambla principal de la cara norte. Aunque es practicable, resulta algo expuesta como vía de acceso a esa vertiente, sobre todo bajando. El ascenso a la cima Oeste, la más alta, implica trepar por la roca, en un trayecto no difícil, pero sí aéreo y algo expuesto. Estimulante, pero peligroso solo si te caes…

Casi en la cima, sobrecoge la visión de los Castillejos, el último -y más alto- pico de los Alayos.

Afortunadamente, la cima es amplia y permite la contemplación reposada del entorno. Frente a nosotros, el tajo que cae a pico sobre el empinadísimo arenal en que culmina el Barranco de Juana Benítez, que asciende directo desde el Río Dílar. En la margen de enfrente, el Trevenque se alza poderoso, flanqueado por el vistoso tajo del Puntal de los Mecheros.

Esa vista hacia el Norte nos permite estudiar las posibles vías de bajada. He trazado en rojo lo que acabará siendo nuestro recorrido: el trazo aparece por la izquierda sobre la raspa que hay que alcanzar rodeando la cima por ese mismo lado, supera por la derecha el potente muro que interrumpe dicha raspa, y luego continúa por la divisoria entre los arenales que llevan a la rambla principal y los que descienden suavemente hacia la Cañada de la Selva, que es el vallecito que se inicia en el tercio izquierdo de la foto. Desde un collado de esa divisoria, antes de que la misma vuelva a ascender, nos desplomaremos a la derecha para bajar hacia uno de los brazos de la rambla principal.

Lo de rodear la cima está más pronto dicho que hecho. Para hacerlo, volveremos sobre nuestros pasos al collado anterior a la cima. Mirando desde allí hacia el pico, nos dejaremos caer por la izquierda, buscando la base de la roca…

Tal que por aquí, hacia esa encina que adorna la base de las rocas.

Tras ella viene un subeybaja por varios contrafuertes rocosos, que abordamos por donde veamos más practicable, procurando perder la menor altura posible. Tas algún destrepe poco importante, acabaremos saliendo a la raspa terrosa que se prolonga en dirección Noroeste, hasta toparnos con el muro de roca que la interrumpe:

Es este. Empinado y resbaladizo por su izquierda, debemos rodearlo por su derecha…

Con la incertidumbre de no saber qué nos deparaba, respiramos aliviados al comprobar que por este lado no presenta más dificultad que una terrera de pendiente asequible.

Estamos entonces enfilados a la Cañada de la Selva, que se abre ante nosotros con la promesa de llevarnos a puerto seguro sin grandes altibajos. La raspa que seguíamos se divide después del muro, entre la que sigue al NO (izquierda) y la que ahora toma dirección Norte (derecha), abrazando entre ambas la mencionada cañada. Vamos a seguir la de la derecha, prolongando hasta el último momento la decisión de si bajar por la cañada o atrevernos con el abismo.

Avanzamos por la raspa hasta su punto más bajo, antes de que comience a ascender de nuevo. Desde aquí miramos lo ya descendido. La vista es espectacular, con la cima del Corazón de la Sandía descollando sobre los sucesivos muros que la defienden.

En este punto nos tomamos un rato para pensar; izquierda, hacia la cañada, de frente cresteando o derecha hacia las vertiginosas ramblas. Hacemos unos metros hacia la derecha, donde unas pendientes pobladas de vegetación almohadillada parecen ofrecer paso, aunque bastante pendiente… Parece que… Hay incluso alguna trocha que apunta, sin bajar, hacia la vertical de la cima, tal vez a la rambla principal. Pero optamos por la bajada directa, en tanto el terreno no nos obligue a hacer ninguna barbaridad. Todo sea que tengamos que volver a subir…

De momento, la lomilla que seguimos acaba en un pequeño repunte, de acceso fácil, desde el cual seguro que tenemos una vista aceptable de lo que queda.

Llegados al repunte, vemos una cuneta a la izquierda, que acaba junto a unos pinos y sigue siendo relativamente cómoda. Allá que vamos. Tras ella, unas cárcavas terrosas cruzan de izquierda a derecha enfilándonos a la rambla que discurre a nuestra derecha:

Por una de ellas puede resultar bastante asequible aterrizar en la mencionada rambla. Casi está hecho, aunque tengo el barrunto de que algo más adelante la rambla presenta un corte (señalado con el círculo rojo), tal vez un salto de unos metros. Como de todas maneras parece posible salvarlo por la derecha, proseguimos el descenso según el plan previsto.

Aterrizados en la rambla, desciendo para comprobar que, en efecto, hay un salto de tres o cuatro metros que la interrumpe. Pero, como parecía, basta con ascender el par de metros del lomillo de la derecha para colocarse en una pendiente terrosa que, ya sin cortes, nos deja de nuevo en la rambla por debajo del salto. ¡Lo hemos hecho!

A partir de ahí, esto es lo que hay: nuestra autopista de grava, por la que descender como señores.

Cuesta abajo a grandes trancos, acordándonos por momentos de la Sagra y su fabulosa pedrera, que ya nos deparó un descenso memorable.

Tras unos cientos de metros, la vereda que buscamos viene a buscarnos a nosotros:

Atentos a ambos lados del camino, resulta fácil localizarla cuando entra en la rambla, donde se desdibuja por el continuo arrastre de la grava. Un pequeño hito, por si acaso, marca su paso.

Siguiéndola hacia la izquierda, abordamos un ascenso no excesivamente penoso, en el que cruzamos otro par de arenales antes de empezar a rodear el cerrete que nos separa de la Cañada de la Selva.

Las vistas son espectaculares, aquí hacia atrás, dominando toda la ladera norte que acabamos de bajar. Puede verse el trazado de la vereda cortando la parte inferior de las ramblas.

La senda llega a la arista que separa esta cabecera de lo que es el valle del Dílar, donde, desde una amplia repisa, gozamos de una hermosa vista del valle:

Donde se distingue perfectamente el comienzo del Barranco de Juana Benítez, raíz de todas las ramblas que trepan hacia la cima, y vía para ascenderla cuando venimos remontando el río.

Es un apropiado lugar para la foto oficial, con el objeto de nestros desvelos como telón de fondo.

La senda completa el contorneo del cerro y asoma por el collado que forma con Cerro Hueco (donde podríamos haber llegado cresteando toda la divisoria desde el Corazón de la Sandía). A partir de ese momento, damos la espalda al valle del Dílar y comenzamos a descender hacia la cañada:

Que apunta de nuevo hacia la cima, que se alza imponente en su extremo.

Desde aquí, el pico se diría un Machu Picchu de andar por casa.

La vereda cruza poco después la propia Cañada de la Selva y progresa por su falda contraria buscando Rambla Seca. En un bifurcación encontraremos un poste indicador, marcando a la izquierda el ascenso hacia el Corazón de la Sandía desde aquí, y a la derecha el descenso hacia Rambla Seca, Cerro Hueco y el Dílar. No es una bifurcación que ahora mismo nos interese, pero hay que tener claro que seguimos descendiendo hacia la derecha. En cambio, pocos minutos después habremos de estar atentos a un desvío más significativo: menos claro y sin poste, un hito en el suelo nos avisa de que hacia la derecha se desgaja la vereda de Cerro Hueco, abandonando esta que nos conduciría a Rambla Seca. Entre pinos y no muy bien marcada en este primer tramo, hay que volver a cruzar la Cañada de la Selva y empezar a ascender por la ladera, donde vuelve a estar más clara, aunque con menos entidad que la que seguíamos.

La senda se sigue bastante bien hasta coronar la divisoria entre Rambla Seca -a nuestra izquierda- y la zona de los Atalayones. Estamos en las faldas de Cerro Hueco, cuya cima ya nos queda a la espalda. Se interna entonces en un falso llano buscando una nueva divisoria, entre el barranco por el que se desciende a buscar el Dílar por la derecha de los Atalayones -que es la clásica vereda de Cerro Hueco- y el que los flanquea por la izquierda. Aquí vamos a rizar el rizo, estando muy atentos para no perder la exigua vereda que aborda dicho barranco. Sobre una senda poco transitada y desdibujada por la pinocha, hacemos un sinfín de zigzags (aproximadamente marcados en el track) hasta encontrar lo que parece ser la bifurcación, marcada por un pequeño hito, donde tomamos a la izquierda. Luego continúan los zigzags, en un terreno donde es fácil despistarse, hasta que claramente nos situamos a la izquierda del poderoso tajo de Peñón Bermejo, que nos sirve de guía y referencia:

Si hemos llegado hasta aquí, solo queda estar atentos a no despistarse en alguno de los innumerables quiebros de la senda. Es un descenso notable, y agradecemos estar bajándolo en lugar de subiéndolo…

A nuestros pies distinguimos ya, anegada por las sombras de la tarde, nuestra zona de aterrizaje en el Dílar. Habíamos cruzado el barranco que cursa al pie del Peñón Bermejo, y desde esta arista volveremos a sumirnos en él ya cerca de su final, para que sea su curso el que nos lleve a destino.

Volviendo al barranco, un rayo de sol entre un hueco de los pinos nos regala esta enigmática sombra de lo que somos.

Por fin, sin más complicaciones, el barranco se entrega al Dílar, en una zona donde la senda se desdibuja casi por completo. Buscamos un sitio cómodo para cruzar el río, pues al otro lado discurre la vereda -ya bastante más definida-, que nos llevará de vuelta a la Central Eléctrica. No es fácil encontrar esta subida si se hace el recorrido en sentido contrario. Os dejo la foto de la zona desde la vereda del río, como referencia:

A falta de hitos, el elemento más claro que marca el punto es el cable eléctrico que cruza la embocadura del barranco (y, por supuesto, el enorrrme hito que supone el Peñón Bermejo, suspendido sobre nuestras cabezas por la izquierda de la foto).

Ya en la vereda, cruzamos con ella el río un par de veces antes de llegar a la central y tomar el carril que nos devuelve a los vehículos. La luz de la tarde revista el paisaje de un aura bucólica que es un perfecto colofón de la jornada:

Y esto es todo, amigos. Otro día, más.

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