En la selva de Jaén

caratula-tejos

28 Diciembre 2016

A veces un fracaso se convierte en insospechada victoria y el premio de consolación resulta ser de dorado metal. Mucho tiempo llevaba intentando subir al Cerro del Tercero, en el corazón de la Sierra Sur de Jaén, y parecía que el Día de los Inocentes iba a ser el día, después de diversos aplazamientos por circunstancias igualmente diversas. Por eso cuando, después de salir muy tarde, encontramos cerrada la barrera del Portillo de Casablanca que nos debía conducir a destino, nuestro sentimiento fue de intensa frustración… Pero siempre hay un plan B, y como la ruta que habíamos previsto dejaba fuera, por excesiva, la visita al Barranco de los Tejos (o Arroyo del Polvero de Navalayegua), la cancelación del ascenso nos colocaba en la tesitura de poder dedicar nuestra atención a lo que hubiera quedado en “otra vez será…”, y que de repente se convirtió en nuestro objetivo…

De modo que, desandando la entrada desde Campillo de Arenas y retornando a Noalejo, abordamos el Puerto de Alamillos para, Río Valdearazo abajo, colocarnos a la entrada del mencionado Arroyo del Polvero, con idea de dedicar las escasas horas que nos quedaban a la exploración sin pretensiones del barranco y de su casi mitológica tejeda, reputada como joya botánica por los pocos afortunados que han llegado a visitarla. A fe que fue buena idea…

La vista del Valdearazo desde el vehículo, tras coronar el Puerto de Alamillos, ya resulta estimulante, con los cortijos de Alamillos en primer término y la Sierra de Grajales cerrando el horizonte.

La vista del Valdearazo desde el vehículo, tras coronar el Puerto de Alamillos, ya resulta estimulante, con los cortijos de Alamillos en primer término y la Sierra de Grajales cerrando el horizonte.

El Valdearazo orilla el Tercero por su derecha. Desde el camino tuvimos un vislumbre de sus cumbres, y del arroyo que nos hubiera servido para descenderlo, hasta el tramo más bajo del Arroyo del Parral, donde un encendido quejigo luce como faro para caminantes.

El Valdearazo orilla el Tercero por su derecha. Desde el camino tuvimos un vislumbre de sus cumbres, y del valle que nos hubiera servido para descenderlo, hasta el tramo más bajo del Arroyo del Parral, donde un encendido quejigo luce como faro para caminantes.

Estacionamos el vehículo junto a una curva del camino, frente a donde entendíamos que el Barranco que buscábamos cede sus aguas al Valdearazo. Digo “entendíamos” porque, de no saber por los mapas que ese era el lugar, lo hubiéramos pasado por alto sin sospechar sus bondades. Allí, el río Valdearazo discurre encajonado una veintena de metros por debajo del camino, y la mencionada confluencia es tan estrecha y recóndita que no deja adivinar que es la puerta a casi 6 km de valle, que recoge en sucesivas aportaciones las aguas que bajan al sur de la cresta de Ventisqueros -pasando por Navalayegua-, las que bajan del Collado del Polvero y por fin las que nacen bajo el Cortijo de los Barrancos. Cada uno de estos tributarios tiene su propio nombre: Barranco  de la Horca, Arroyo del Polvero y Arroyo de los Barrancos. Se entiende que, siendo la tejeda que adorna su umbría su rasgo más destacado, muchos se refieran a su curso más bajo como Barranco de los Tejos. Así lo llamaremos.

Nada más echar pie a tierra fue evidente que el acceso por la mismísima confluencia resultaba inviable: no solo el descenso al cauce del Valdearazo se presentaba extremadamente pendiente, sino que la densidad de vegetación desaconsejaba la aventura (al menos en invierno; tal vez en verano pueda progresarse por el agua). Hubo que dar un rodeo. No detallaré en exceso por dónde pasamos, husmeando cual viejos tramperos las huellas que algunos valientes han ido dejando sobre el terreno; al que algo quiere, algo le cuesta. O, tirando de latinajo: quærendo invenietis.

El caso es que, alcanzado cierto escalón que domina ambos valles, ganamos acceso relativamente cómodo al Barranco de los Tejos:

Que se presenta así a nuestra vista, discurriendo mansamente entre estratos de roca.

Que se presenta así a nuestra vista, discurriendo mansamente entre estratos de roca.

Solo con descender junto al agua, que discurre mansamente lamiendo la piedra y remansándose en coquetas pozas tapizadas de verde, ya sentimos que ha merecido la pena, y que ingresamos en un mundo de bellezas escondidas que, hoy, podemos llamar nuestro.

El arroyo está bajo mínimos. La alegría que tendrá en temporadas más lluviosas se sustituye hoy por un delicioso y apaciguador susurro de agua apenas fluyente…

El arroyo está bajo mínimos. La alegría que tendrá en temporadas más lluviosas se sustituye hoy por un delicioso y apaciguador susurro de agua apenas fluyente…

… al que el sol arranca destellos luminosos.

… a la que el sol arranca destellos luminosos.

La primera revuelta descubre, al fondo, un manso escalón de toba por el que el agua resbala perezosamente.

La primera revuelta descubre, al fondo, un manso escalón de toba por el que el agua resbala perezosamente.

Las náyades han huido ante nuestra presencia, por silenciosa que haya sido…

Las náyades han huido ante nuestra presencia, por silenciosa que haya sido…

Por encima del escalón, una nueva poza y un nuevo salto…

Por encima del escalón, una nueva poza y un nuevo salto…

… que superamos seguidamente, con menos esfuerzo de lo que sugiere la foto, ligeramente "teatralizada".

… que superamos seguidamente, con menos esfuerzo de lo que sugiere la foto, ligeramente “teatralizada”.

A estas alturas me ha llamado la atención un vigoroso arbusto que prolifera por doquier:

Según las fuentes consultadas, esto debe ser Labiérnago (de hoja ancha) (Phyllirea latifolia), al que no había tenido el gusto de conocer, y que atempera la adustez de las encinas con su brillante verde.

Según las fuentes consultadas, esto debe ser Labiérnago (de hoja ancha) (Phillyrea latifolia), al que no había tenido el gusto de conocer, y que atempera la adustez de las encinas con su brillante verde.

A la vuelta de la esquina, otra poza, aunque esta casi exangüe, pues más arriba el arroyo ya no fluye.

A la vuelta de la esquina, otra poza, aunque esta casi exangüe, pues más arriba el arroyo ya no fluye.

A Dios gracias, habría que decir, pues eso nos permite avanzar por el cauce, a salvo de arañazos.

A Dios gracias, habría que decir, pues eso nos permite avanzar por el cauce, a salvo de arañazos.

Otro habitante del paraje viene asombrándome desde el principio, pero lo de esta terraza del río ya es de traca:

Este arbolito de casi ocho metros ¡es un enebro! Vengo viéndolos crecer conforme subimos; nunca había visto uno tan alto.

Este arbolito de más de ocho metros ¡es un enebro! Vengo viéndolos crecer conforme subimos; nunca había visto uno tan alto.

En este punto el valle se ha ensanchado, su fondo lleno de encinas, labiérnagos, majuelos, enebros y zarzas…

En este punto el valle se ha ensanchado, su fondo lleno de encinas, labiérnagos, majuelos, enebros y zarzas… entre los cuales es dado ir avanzando.

Incluso nos podemos hacer una idea del terreno, entre la soleada solana (del Cerro de la Calabaza) y la umbría que va adoptando maneras de selva amazónica.

Incluso nos podemos hacer una idea del terreno, entre la soleada solana (del Cerro de la Calabaza) y la umbría que va adoptando maneras de selva amazónica.

Al doblar el recodo la cosa se pone seria: el fondo del valle se estrecha y se cierra de vegetación: hay que echarse a la ladera, que tampoco es un jardín de rosas:

Lo de selva no iba del todo desencaminado…

Lo de selva no iba del todo desencaminado…

Hemos optado por la ladera de la izquierda (subiendo), porque en esa umbría se encuentra la tejeda prometida. Avanzamos dificultosamente entre el sotobosque, sobre pendientes que van empinándose, hasta que podemos retornar al arroyo en este punto:

Este punto menos espeso se hace notar por el estrato rocoso que vemos en la ladera de enfrente; ojo al dato: será nuestra vía de escape cuando optemos por salir a la solana.

Este punto menos espeso se hace notar por el estrato rocoso que vemos en la ladera de enfrente; ojo al dato: será nuestra vía de escape cuando optemos por salir a la solana.

Pero de momento seguimos en la umbría, buscando camino por lo que parecen, a lo sumo, las trochas que hacen las bestias del bosque al bajar al agua (que, por cierto, ha reaparecido en el lecho). Entretanto, aparece otro elemento autóctono que me confunde un poco:

Estoy en que sea un durillo (Viburnum…), pero las hojas, opuestas, son bastante grande y no parecen tener la vellosidad característica de la planta. Cornejo tampoco, porque sigue verde en mitad del invierno… Va a llegar a ser muy abundante, pero no lo mencionan las descripciones botánicas del lugar.

Estoy en que sea un durillo (Viburnum…), pero las hojas, opuestas, son bastante grandes y no parecen tener la vellosidad característica de la planta. Cornejo tampoco, porque sigue verde en mitad del invierno… Va a llegar a ser muy abundante, pero no lo mencionan las descripciones botánicas del lugar.

Conforme ascendemos el barranco, la escenografía nos va preparando para cualquier maravilla amante de la humedad.

Conforme ascendemos el barranco, la escenografía nos va preparando para cualquier maravilla amante de la humedad.

Y por fin, en un rellano, un modesto arbustito exhibe las dos hileras opuestas de hojitas que son características del tejo. Es un bebé, pero esperamos que su madre ya no quede lejos. Una trocha un poco más definida parece remontar desde aquí, en dirección a unos peñascos apenas discernibles entre la espesura. Algo más arriba, encontramos una valla con aspecto reciente, y dentro de ella, unos metros más arriba ¡bingo!: los padres de la criatura. Tal parece que la valla tiene por objeto acotar nuestro objeto… de deseo. Hemos de confesar que la superamos por sitio propicio, incapaces de conformarnos con un fugaz vislumbre. Entonces estábamos en la tejeda… en la selva de los tejos:

Los primeros, finos y desordenados de ramaje… surgiendo entre los bloques desprendidos de los cortados, totalmente tapizados de musgo.

Los primeros, finos y desordenados de ramaje, surgiendo entre los bloques desprendidos de los cortados, totalmente tapizados de musgo. El arbusto que-podría-ser-durillo se hace aquí casi exclusivo acompañante de los tejos.

… que un poco más arriba adquieren tamaños venerables.

… que un poco más arriba adquieren tamaños venerables.

El paraje tiene sabor a Montañas Rocosas, con tejos por píceas, a la sombra de los húmedos cantiles que los cobijan.

El paraje tiene sabor a Montañas Rocosas, con tejos por píceas, a la sombra de los húmedos cantiles que los cobijan.

Tal vez acogotados por los bloques desprendidos, muchos árboles tienen un desarrollo… poco ortodoxo.

Tal vez acogotados por los bloques desprendidos, muchos árboles tienen un desarrollo… poco ortodoxo.

Pero la vida retoña de los tocones vencidos…

Pero la vida retoña de los tocones vencidos…

Un goce. Aunque no podemos disfrutarlo demasiado tiempo, dado que ya está bien pasado el mediodía, camino de la media tarde. Desandaremos el camino hasta el arroyo, en el punto que antes comentamos, por donde podemos cruzar a la solana sin excesivos problemas. Por encima de los estratos rocosos discurre algo bastante más parecido a una senda que lo que hayamos visto hasta ahora, de manera que nos convencemos de que es buen camino. Unos metros más allá pica hacia arriba y la seguimos, pues lleva la dirección que parece óptima para alcanzar un visible collado de la loma, por donde esperamos salir a terreno menos empinado.

Saliendo de la selva miramos hacia atrás, a la cerrada selva de encinas y tejos donde estábamos hace un momento. La línea de sombra falsea el verdadero recorrido del barranco, que en verdad se divisa, bastante pendiente, en la zona sombreada.

Saliendo de la selva miramos hacia atrás, a la cerrada espesura de encinas y tejos donde estábamos hace un momento. La línea de sombra falsea el verdadero recorrido del barranco, que en verdad se divisa, bastante pendiente, en la zona sombreada.

Tras un par de repechos, la senda toma un curso casi paralelo al barranco (en su sentido descendente), hasta que la vecindad del cielo por la izquierda nos induce a girar en ese sentido, en un último ascenso que nos viene a dejar, oh maravilla, en un cerrete despoblado de árboles que se desgaja de la ladera. Desde allí, el paisaje cambia de forma espectacular:

Y la selva se convierte en dehesa de encinas y quejigos.

Y la selva se convierte en dehesa de encinas y quejigos. El Barranco de los Tejos ha quedado a la izquierda; tenemos enfrente el Cerro de la Calabaza, y al fondo a la derecha asoma la Peña del Palo (y aun más a la derecha, ya a nuestra espalda, toda la línea de cimas que cierran el Valle del Valdearazo, con La Alberquilla sobresaliendo por detrás).

Después de unos ratos de umbría en este día fresquito, la recuperada luz del sol nos invita a disfrutarla como se merece: sobre la hierba y con un bocata entre las manos. Con el postre me dedico a otear la ladera desde el altozano, en busca del vecino (y auténtico) Quejigo del Amo, árbol singular que muchas descripciones de (una y la misma) ruta sitúan en las cercanías. No el del camino de Navalayegua -el del Carbón- sino otro no menos espectacular. Al final me parece poder ubicarlo, hacia la derecha, en lo que es nuestro rumbo previsto. Hacia allí caminamos, manteniendo la altura sin subir ni bajar. Y, en efecto, lo alcanzamos:

A diferencia de otros, este está casi pelado, quizá por más expuesto a los vientos, pero su ramaje desnudo aun llama poderosamente la atención.

A diferencia de otros, este está casi pelado, quizá por más expuesto a los vientos, pero su ramaje desnudo aun llama poderosamente la atención.

Llegados a su vera, lo reconocemos como soberbio ejemplar; más delgado que el del Carbón, tiene en cambio bastante más desarrollo de copa, con poderosas ramas retorcidas.

Llegados a su vera, lo reconocemos como soberbio ejemplar; más delgado que el del Carbón, tiene en cambio bastante más desarrollo de copa, con poderosas ramas retorcidas que, si hacemos caso a la historia, nunca fueron carboneadas por no permitirlo su amo, de donde le viene el nombre.

Aquí podéis verlo con escala humana, que permite hacerse idea de su porte.

Aquí podéis verlo con escala humana, que permite hacerse idea de su porte.

La ruta que he mencionado, repetida asiduamente en wikiloc, se plantea habitualmente desde el Puerto del Novillo y el Collado del Polvero, siendo el quejigo su extremo más oriental, desde el que se suele subir en derechura la ladera para acceder al camino de Pitillos a Navalayegua. Eso está bien si has entrado por Valdepeñas, pero si, como en nuestro caso, el vehículo está en el Valdearazo, la ruta debe ser -así lo esperaba yo- seguir en suave descenso a lo largo de la loma, para acabar llegando al río.

La loma, desde luego, es pródiga en bellezas, y no resulta difícil ir enhebrando sendas en el sentido deseado.

La loma, desde luego, es pródiga en bellezas, y no resulta difícil ir enhebrando sendas en el sentido deseado.

Una deleitosa panorámica sigue a otra, con la tarde ya alargando las sombras de los montes…

Una deleitosa panorámica sigue a otra, con la tarde ya alargando las sombras de los montes…

Y aun una más, con el valle del Valdearazo sumiéndose en las sombras.

Y aun una más, con el valle del Valdearazo sumiéndose en las sombras.

Nuestra ruta, sensiblemente paralela al río, nos acerca poco a poco a la altura de Prados Bajos…

… que vemos allá al fondo. Sólo hay que esperar que el último tramo de la bajada no oculte sorpresas indeseables…

… que vemos allá al fondo. Sólo hay que esperar que el último tramo de la bajada no oculte sorpresas indeseables…

… pues la luz del sol ya se despide de los últimos árboles del valle.

… pues la luz del sol ya se despide de los últimos árboles del valle.

Evitamos, con buen criterio creo yo, tomar la vía directa hacia Prados Bajos. En cambio seguimos dejándonos llevar por lo menos pendiente de la loma, en dirección al punto en el que el carril cruza el río, antes del Cortijo de Pitillos (no es poca cosa que podamos cruzar el Valdearazo por el carril, en lugar de pelearnos con su espesa vegetación). Como la loma se encrespa en unos cortados algo más arriba  y a la izquierda, el posible paso de cualquier senda razonable se estrecha hasta la obviedad: metro arriba o metro abajo, entre los cortados y el valle al final hay un embudo que no nos dejará perdernos.

Aunque el último tramo, ya de bosque cerrado, pueda impresionar por su espesura, lo cierto es que se siguen bastante bien las trochas del ganado, en la dirección que buscamos.

Aunque el último tramo, ya de bosque cerrado, pueda impresionar por su espesura, lo cierto es que se siguen bastante bien las trochas del ganado, en la dirección que buscamos.

Bajando, bajando, al final divisamos la arboleda del fondo del valle y, pegada a la ladera, una acequia en desuso que decidimos convertir en camino para estos últimos metros:

En ella estamos ahora, intuyendo ya el final de la espesura…

En ella estamos ahora, intuyendo ya el final de la espesura…

et voilà! Acabamos saliendo del bosque al camino justo por donde acaba de cruzar el río. Tomo la foto hacia atrás, como indicación para quien quisiera entrar desde este punto (nosotros mismos, cuando subamos al Tercero, ya pronto d.m.)

et voilà! Acabamos saliendo del bosque al camino justo junto al cruce del río. Tomo la foto hacia atrás, como indicación para quien quisiera entrar desde este punto (nosotros mismos, cuando subamos al Tercero, ya pronto d.m.). La senda no deja lugar a dudas.

Ya solo queda andar el tramo de carril que nos separa del coche, a lo que nos ponemos sin dilación, pues la tarde avanza a grandes trancos. Le echamos una carrera…

…pasando por el Cortijo de Prados Bajos, alojamiento rural gestionado (?) por el Ayuntamiento de Campillo de Arenas, del que ignoro si es que la gente no lo usa, o es que está en desuso (uno más…).

…pasando por el Cortijo de Prados Bajos, alojamiento rural gestionado (?) por el Ayuntamiento de Campillo de Arenas, del que ignoro si es que la gente no lo usa, o es que está en desuso (uno más…). Sobre él, la Solana del Moralejo que acabamos de recorrer, culminada por el Cerro de la Calabaza tras el que asoma, a su izquierda la cima del Cerro de Los Morales.

Acabamos ganándole la carrera a la noche, llegando al vehículo con el tiempo justo para volver aquí, a Prados Bajos, y tomar el carril del Portillo de Casablanca, por donde volvemos -ya que no pudimos venir- a la civilización…

… que nos espera allá al fondo, con Campillo de Arenas despidiéndose de la última luz.

… que nos espera allá al fondo, con Casablanca en primer término y Campillo de Arenas detrás, despidiéndose de la última luz.

Así fue. Bien estuvo. Salud.

Anuncios

2 pensamientos en “En la selva de Jaén

  1. Teresa

    Impresionante el enebro!!!!!!
    No imaginaba que pudieran alcanzar ese tamaño
    Gracias por el relato y las fotos, con un poquito de imaginación, casi que siento que estuve ahí 😁

    Responder
  2. Pingback: Alternativas entre el Tercero y los tejos (addenda a “En la selva de Jaén) | elcaminosigueysigue

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s