Bajar La Sagra

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1 Octubre 2016

Todo lo que sube debe de bajar, según reza el dicho. En montaña viene a tener un significado más doloroso el que todo lo que bajes debes de subir, pero en el caso de la Sagra el dicho se aplica con todo su sentido original. De hecho dudaba si escribir una entrada para este ascenso, que está muy documentado y para el cual puedes encontrar itinerarios y tracks en multitud de páginas; pero una vez que subes, tienes que bajar… y ahí está la gracia.

La Sagra es la segunda sierra de Andalucía en altitud, después de los tresmiles de Sierra Nevada. Sus 2.383 m y su posición aislada al borde del Altiplano de Baza-Huéscar, no lejos del nudo de cadenas que conforman Cazorla-Segura y las innumerables sierras murcianas, la convierten en un mirador privilegiado y tal y tal. Vale. Dedicaremos un rato a los 900 m de desnivel que hay que subir para disfrutarlo, y otro poco a las estupendas vistas -si el día acompaña- pero, como decía, el disfrute de esta montaña, como en las estaciones de esquí, está en bajarla. Se verá por qué.

Nuestro ascenso es bastante típico: salimos de los Collados de la Sagra, para lo cual tomamos la carretera de Puebla de D. Fadrique hacia los Cortijos Nuevos. Un par de curvas después del conocido Hotel de Los Collados desembocamos… en el collado propiamente dicho, exactamente al norte de la montaña, donde el Cortijo del Collado de abajo marca la divisoria entre las aguas del Huéscar -al Este- y las del Raigadas-Guardal al Oeste. Es el punto más alto al que llega el asfalto, así que es buen punto de partida, aunque los propietarios de la finca que nos separa del monte parecen pensar otra cosa, a juzgar por la valla y los diversos carteles de prohibido el paso que miran hacia la carretera. Nos advierten de que algún cazador podría, en su entusiasmo, pegarnos un escopetazo. Empero, no oyendo disparos, y en reivindicación de nuestro derecho a patear los montes civilizadamente, buscamos un coladero y traspasamos

Esta es la cara norte de la montaña, hacia la que caminamos en derechura (la foto tiene truco, porque en realidad corresponde a la vuelta, ya que a la ida tiene el sol detrás, pero se nos disculpará la licencia por mor de la claridad descriptiva).

Esta es la cara norte de la montaña, hacia la que caminamos en derechura (la foto tiene truco, porque en realidad corresponde a la vuelta, ya que a la ida tiene el sol detrás, pero se nos disculpará la licencia por mor de la claridad descriptiva).

Aparecen en la foto alguno de los rasgos destacados de la Sagra: en el centro, el llamado embudo, cóncavo pedregal que apunta a un estrechamiento entre tajos, que constituye la subida más directa y trabajosa a la cima. A la derecha, el llamado bosque vertical, por donde atacar la cresta desde el Oeste. Y a la izquierda podréis ver un notorio reguero blanquecino trazado sobre un interminable canchal: es lo que los conocedores llaman La Pedrera… Quedaos con el lugar. Ya en el borde izquierdo de la foto, donde terminan los pinos y comienza la cresta, se encuentra el Collado de las Víboras, que es nuestro objetivo inmediato.

Aquí tenemos el collado desde otro ángulo (mientras subíamos con el coche). Nos da idea de lo que es la subida de la cresta desde allí.

Aquí tenemos el collado -a la izquierda- desde otro ángulo (mientras subíamos con el coche). Nos da idea de lo que es la subida de la cresta desde allí.

Al collado de las Víboras se puede llegar también desde el refugio forestal de La Sagra, algo más abajo en el mismo eje de la cresta, pero es una aproximación más empinada… y obliga a bajar por el mismo sitio so pena de dar un largo rodeo…

El camino que seguimos nosotros bordea un amplio secano, desde el cual, mirando hacia atrás, gozamos de una singular vista de la Piedra o Peña de Miravete, de airosa figura.

El camino que seguimos nosotros bordea un amplio secano, desde el cual, mirando hacia atrás, gozamos de una singular vista de la Piedra o Peña de Miravete, de airosa figura.

El camino muere en un rellano cerca de los primeros cortados que defienden el Embudo. Hay hitos de piedra que marcan la ruta en esa dirección, pero nosotros seguimos la senda más clara que, torciendo a la izquierda, va a ir faldeando la ladera hacia el Collado de las Víboras.

Entre los pinos divisamos otro notable accidente del terreno: el cañón que hace el arroyo del Maguillo al sureste de la Peña de Miravete.

Entre los pinos divisamos otro notable accidente del terreno: el cañón que hace el arroyo del Maguillo al sureste de la Peña de Miravete.

Entramos ahora en una zona de bosque más rico, adornado con majuelos, agracejos y retamas por igual, donde descubrimos…

…algunos ejemplares de una planta bastante menos habitual: la laureola (Daphne laureola), pariente del torvisco que gusta de algo más de humedad.

…algunos ejemplares de una planta bastante menos habitual: la laureola (Daphne laureola), pariente del torvisco que gusta de algo más de humedad.

Un raso nos permite tender la vista hacia el Este, hacia Murcia, al tiempo que nos informa de que, aunque sin lluvia, va llegando el otoño.

Un raso nos permite tender la vista hacia el Este, hacia La Puebla y Murcia, al tiempo que nos informa de que, aunque sin lluvia, va llegando el otoño.

Lo que nos confirman los majuelos un poco más adelante…

Lo que nos confirman los majuelos, agracejos y escaramujos un poco más adelante…

La senda se empina por momentos para ganar la cresta, pero en cuatro arreones llegamos al collado de las Víboras:

Helo aquí, mirando hacia fuera de la montaña. Han aparecido el enebro, la sabina rastrera y el cojín de monja (Erinacea anthyllis), lo que nos indica los rigores del clima una vez hemos salido del bosque a esta zona más expuesta.

Helo aquí, mirando hacia fuera de la montaña. Han aparecido el enebro, la sabina rastrera y el cojín de monja (Erinacea anthyllis), lo que nos indica los rigores del clima una vez hemos salido del bosque a esta zona más expuesta.

Aquí paramos para reponer fuerzas, en la vecindad de una cincuentena de murcianos de los que  acuden con frecuencia a la zona buscando lo que es su alta montaña más cercana. Echarán a subir antes que nosotros, lo que nos obligará a ir adelantando rezagados en la exigente ascensión que aquí comienza…

… y que podéis ver aquí. Lo que se ve arriba del todo NO es la cima, como podría parecer…

… y que podéis ver aquí. Lo que se ve arriba del todo NO es la cima, como podría parecer…

Los pocos pinos que van quedando muestran a las claras los efectos del viento y la nieve, adoptando un porte achaparrado muy característico.

Los pocos pinos que van quedando conforme ascendemos muestran a las claras los efectos del viento y la nieve, adoptando un porte achaparrado muy característico.

Vamos superando fajas de roca (y murcianos) mientras a nuestros pies, al Sur, se despliega la amplia zona boscosa alrededor del Río Huescar, donde se ubica la Ermita de las Santas.

Vamos superando fajas de roca (y murcianos) mientras a nuestros pies, al Sur y al Este, se despliega la amplia zona boscosa alrededor del Río Huescar, donde se ubica la Ermita de las Santas.

La ascensión nos lleva a superar por la base el espolón rocoso que hacía las veces de cima…

… desde donde podemos contemplar otra aparente cúspide. Tampoco esta vez es la auténtica, sino la cima Este, de las tres que culminan la montaña. Estamos ahora por encima del llamado Embudo, que se precipita a nuestros pies hacia su embocadura, 300 metros más abajo.

… desde donde podemos contemplar otra aparente cúspide. Tampoco esta vez es la auténtica, sino la cima Este, de las tres que culminan la montaña. Estamos ahora por encima del llamado Embudo, que se precipita a nuestros pies hacia su embocadura, 300 metros más abajo.

Solo queda ya atravesar el pedregal, evitando por la derecha la cima Este, para llegar por fin al punto en el que ya nada queda por encima de nosotros, donde el vértice geodésico certifica el final de la ascensión:

2.383 m sobre el nivel del mar en Alicante (supongo que en Murcia será más o menos igual). Valga esta como foto oficial.

2.383 m sobre el nivel del mar en Alicante (supongo que en Murcia será más o menos igual). Valga esta como foto oficial.

La vista desde aquí es amplísima. Cinco provincias quedan al alcance de la mirada: Granada, Jaén, Almería, Murcia y Albacete. No pongo los 360º porque no se vería nada. Baste con la mirada al norte, donde la Sierra de Castril, Sierra Seca, Cazorla, Segura y Guillimona se ofrecen a nuestro escrutinio. Me llama la atención en particular, cerca del borde derecho de la foto, la silueta del Yelmo, frente a Segura de la Sierra.

La vista desde aquí es amplísima. Cinco provincias quedan al alcance de la mirada: Granada, Jaén, Almería, Murcia y Albacete. No pongo los 360º porque no se distinguiría nada. Baste con la mirada al norte, donde la Sierra de Castril, Sierra Seca, Cazorla, Segura y Guillimona se ofrecen a nuestro escrutinio. Me llama la atención en particular, cerca del borde derecho de la foto, la silueta del Yelmo, frente a Segura de la Sierra.

Tras un rato de contemplación nos desplazamos a la cima Este, donde la densidad de murcianos es menor:

Desde allí contemplamos la tierra de donde vienen… Más allá de la Puebla de Don Fadrique divisamos la Sierra de las Cabras, Taibilla, Sierra de Moratalla…

Desde allí contemplamos la tierra de donde vienen… Más allá de la Puebla de Don Fadrique divisamos la Sierra de las Cabras, Taibilla, Sierra de Moratalla…

Comemos aquí, al abrigo de unas rocas que nos protejen del viento, no fuerte pero sí fresco, que nos acompaña hoy. Da frío pensar en lo que será esta altura en un día ventoso del invierno…

Después nos disponemos a afrontar el plato fuerte de la jornada: el descenso… Hemos consultado con uno de los guías del grupo murciano alguna de las alternativas. El embudo, nos dicen, tiene cierto peligro porque, siendo bastante empinado y pedregoso, se presenta duro al pie y resbaladizo. En buena forma, ofrece mejor subida que bajada. Nos aconsejan, si nos atrevemos, la Pedrera…

Aquí tenéis una foto, desde abajo, del camino que se nos ofrece: ese reguero blanquecino sobre el interminable canchal… Es ni más ni menos que un tobogán de piedras…

Aquí tenéis una foto, desde abajo, del camino que se nos ofrece: ese reguero blanquecino sobre el interminable canchal… Es ni más ni menos que un tobogán de piedras…

Medido sobre el mapa son más de 600m en horizontal, durante los cuales se bajan 400 en vertical. Eso son, en los puntos más pendientes, en torno a los 40º de inclinación, y una longitud total de más de 700m.

Algo como esto…

Algo como esto…

Hemos visto, al subir, cómo unos cuantos valientes afrontaban el trance: resbalar, culetazo, deslizar, parar… Nos ha parecido estimulante, aunque la parte inicial, donde alternan pedruscos gruesos con regueros pisados que mezclan grava y tierra, no inspira mucha confianza…

En fin, qué caramba: un día es un día; yo siempre he tenido a gala ser un descendedor habilidoso. Consulto con mi compa sobre su disposición… Acordándonos del descenso -más convencional- del Castillo de Acher, en Pirineos, que casi acaba con nosotros, decidimos darnos la oportunidad de ahorrarnos unos miles de pasos, probar un poquito, y escapar si lo vemos demasiado complicado. Así que allá vamos:

Con cierta prudencia al principio, buscando las bermejas zonas terrosas, comenzamos el descenso…

Con cierta prudencia al principio, buscando las bermejas zonas terrosas, comenzamos el descenso…

Ahora, un disclaimer: “Niños, no hagáis esto en casa…”. Bueno, en serio: para hacer esto, te tiene que gustar, tienes que estar en forma y saber derrapar, como Marc Márquez en las curvas. Quiero decir que tienes que sentirte seguro aunque cada paso suponga un cierto deslizamiento. Si eres de los que no soporta la sensación de que el suelo se mueve bajo tus pies… no lo intentes (a no ser que tengas un pantalón de chapa y puedas ir de culo). Para aferrarse a las piedras, perder la verticalidad y pasarlo mal, más vale tomar un camino más normalito. Pero, ay amigo, si te gusta

… disfrutarás de perspectivas como esta (véanse los 40º que decíamos)…

… disfrutarás de perspectivas como esta (véanse los 40º que decíamos)…

… o de un contrapicado como este…

… o de un contrapicado como este…

… y de bellas estampas, se diría que japonesas…

… y de bellas estampas, se diría que japonesas…

Para cuando dejamos atrás la zona roja, con apenas unos pocos resbalones sin trascendencia, ya hemos perdido el miedo y la vergüenza (que no la prudencia). Y mira que esa primera parte es más delicada porque hay tramos donde la capa de grava no es excesivamente gruesa. Llegamos entonces a la zona blanca:

Tela, tú. Aquí sí que la sensación de tobogán es máxima, y la adrenalina sube unos cuantos mg/ml…

Tela, tú. Aquí sí que la sensación de tobogán es máxima, y la adrenalina sube unos cuantos mg/ml…

Pero esta parte central e inferior resulta ser más fácil que la anterior (a condición de soltarse): cientos, miles de años y de previos descensos han acumulado aquí tal cantidad de grava que su profundidad es, probablemente, de más de medio metro; la consecuencia es que cada paso es recibido blandamente y acompañado de un suave y lento deslizamiento: nos sentimos calzados con las botas de siete leguas mientras avanzamos de frente a la pendiente en trancos de medio metro de abertura de piernas y otro medio de derrapaje. A estas alturas ya sonreimos de oreja a oreja, reimos incluso y gritamos de puro goce sintiéndonos acogidos por la formidable pedrera… somos uno con el canchal, pequeño saltamontes…

Me paro a sacar esta panorámica: el río que nos lleva apunta a los oscuros pinos allá abajo…

Me paro a sacar esta panorámica: el río que nos lleva apunta a los oscuros pinos allá abajo…

Hay que precisar: en ningún momento hay que bajar la guardia; una roca poco cubierta por la grava podría dar con nuestros huesos sobre las piedras. Hay que mantener en cada paso la atención sobre dónde pisas. Tampoco hay que correr: el descenso es rápido pero controlado, con un ritmo a cámara lenta, dejándote embargar por cada mínima sensación…

Ni que decir tiene que una bota consistente y de caña alta ayudará bastante (acabará blanca de polvo calizo, como enharinada). Si el pantalón cubre el cuello de la bota, evitaremos además tener que evacuar las piedras del interior cada cierto tiempo.

En fin. Todo acaba, y especialmente lo bueno. El descenso termina con un giro a la izquierda del torrente de grava, que acaba embutiéndose entre los pinos (aunque las piedras sueltas nos acompañarán un rato aun bajo su sombra). Desde la base del canchal, una débil trocha nos guía hacia abajo, en busca del camino por el que subimos esta mañana. Pero como nos hemos ahorrado casi una hora de bajada convencional, nos queda tiempo para localizar exteriores, de modo que dejamos la trocha por la izquierda, progresando sin perder altura en busca de la base del embudo, pensando tal vez en una próxima subida. Al final descubrimos que estamos más abajo de la cuenta, y nos contentamos con echarle una mirada desde la distancia:

Dos moles de roca forman la imponente puerta en la que confluye el amplio anfiteatro tallado en la montaña. Dan ganas de atravesarla, pero tendrá que ser en otra ocasión.

Dos moles de roca forman la imponente puerta en la que confluye el amplio anfiteatro tallado en la montaña. Dan ganas de atravesarla, pero tendrá que ser en otra ocasión…

Desde donde estamos no vemos senda clara, pero nos las apañamos para descender la ladera, por un monte no excesivamente complicado. Retomado el camino en las inmediaciones del rellano donde se convertía en senda, desandamos lo andado esta mañana para llegar hasta el vehículo.

¿Eso es todo? No, porque estamos muy cerquita de la finca de La Losa, de modo que se impone saludar a sus afamados inquilinos:

Nos llegamos con el coche hasta la entrada de la finca, desde cuya cancela cerrada contemplamos un primer grupo de impresionantes sequoyas. Luego, menos de 1 km de carretera más allá, un segundo grupo a la vera del arroyo (el río Raigadas, padre del Guardal).

Nos llegamos con el coche hasta la entrada de la finca, desde cuya cancela cerrada contemplamos un primer grupo de impresionantes sequoyas. Luego, menos de 1 km de carretera más allá, un segundo grupo a la vera del arroyo (de hecho, el río Raigadas, padre del Guardal).

Estas venerables criaturas, que habrán cumplido recientemente los 200 años, están enfermas. No en vano su hábitat natural, en las faldas de la Sierra Nevada estadounidense, disfruta de las generosas precipitaciones que los vientos del Pacífico van a descargar en sus alturas. El clima seco de aquí limita sus posibilidades de supervivencia… pero ¡qué hermosas son!

Un homenaje a estos gigantes, y a la sierra que las cobija.

Un homenaje a estos gigantes, y a la sierra que las cobija.

Y ahora sí, a falta de la lata de cordero segureño que tenemos encargada, esto fue todo, que no es poco. Salud.

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Un pensamiento en “Bajar La Sagra

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