Cortijo del Imán desde el Pinarillo

Caratula-Iman

30 Diciembre 2015

Ruta clásica de la Almijara, culminando en el conocido Cortijo del Imán tras haber remontado un rato el curso del Río Chíllar. Puede hacerse también desde Frigiliana, pero en esta ocasión optamos por hacerla desde El Pinarillo, el área recreativa a la que se accede por un carril que arranca desde las inmediaciones de la Cueva de Nerja. Luego, nos adentraremos en el espectacular cañón del Chíllar -en principio sin necesidad de mojarse- hasta tomar una vereda casi devorada por la vegetación que, a media ladera, progresa hasta el cortijo. Espeso, pero vale la pena…

A veces podemos encontrar cerrada la barrera para vehículos al inicio del carril, pero lo más habitual es que esté abierta y nos podamos ahorrar patear los 5 km de pista hasta el Pinarillo. Si no fuera así, los 10 km de más (ida y vuelta) pueden aconsejar un cambio de planes.

Afortunadamente, en esta ocasión la barrera está abierta y llegamos con el coche al Pinarillo. Aparcamos en los espacios habilitados al efecto, y dejamos irse por la derecha al carril principal, atravesando nosotros la pinada hasta un punto, asomados al barranco, en el que comienza un pedregoso carril que baja al mismo, para subir del otro lado y enlazar con el que viene de la Fuente del Esparto. Todo este tramo, incluida la pista desde Nerja, forma parte de la Gran Senda de Málaga, GR-249, cuyas marcas rojiblancas pueden ayudarnos a mantener la ruta.

Ya desde este último, tenemos una amplia vista del barranco de la Coladilla, que es el que hemos remontado con el vehículo. Al fondo, el mar azul.

Ya desde el carril que viene de la Fuente del Esparto tenemos una amplia vista del barranco de la Coladilla, que es el que hemos remontado con el vehículo. Al fondo, el mar azul.

Desde el mismo punto, quedan a nuestra espalda el Cerro de la Maceta (izquierda) y el Cielo (derecha), en tanto el cielo (azul) queda por encima, protector.

Desde el mismo punto, quedan a nuestra espalda el Cerro de la Maceta (izquierda) y el Cielo (derecha), en tanto el cielo (azul) queda por encima, protector. En el centro se divisan las casillas de la Fuente del Esparto. Los pinos jóvenes muestran su (in)combustible vitalidad para repoblar una vez más lo arrasado por los incendios.

El carril acaba llegando al collado de los Apretaderos, que separa este valle del del Río Chíllar, y tenemos un primer y espectacular vislumbre de lo que nos espera:

El valle del Chíllar, presidido en este tramo por el airoso Alto de la Garza, defendido en este lado por espectaculares crestas y cortados.

El valle del Chíllar, presidido en este tramo por el airoso Alto de la Garza, defendido en este lado por espectaculares crestas y cortados.

El camino se mantiene a cota por la ladera, y podría seguirse hasta situarnos por encima de la toma de la Acequia del Chíllar (no lo he hecho, pero imagino que desde allí podrá bajarse al río por una senda vertiginosa). Pero hoy, no. Hoy estamos atentos a un poste del GR-249 que nos indica el comienzo de la Cuesta de los Galgos, que se desploma por la izquierda en busca del río. No sé qué podrían hacer los galgos en un terreno así, revuelta tras revuelta de senda entre un cerrado monte espinoso, pero la toponimia tiene sus razones, que la razón no conoce…

Desde arriba vamos oteando los cahorros del Chíllar, adivinando al fondo de la sombreada grieta el acuático camino que hemos hecho algún verano.

Desde arriba vamos oteando los cahorros del Chíllar, adivinando al fondo de la sombreada grieta el acuático camino que hemos hecho algún verano.

En cierto punto, cruzamos la acequia del Chíllar, que es la que abastece de agua la central eléctrica que hay al comienzo de la archiconocida ruta acuática. Puede andarse por su borde en ambas direcciones y, como veremos, no hubiera sido mala idea tomarla río arriba…

En cierto punto, cruzamos la acequia del Chíllar, que es la que abastece de agua la central eléctrica que hay al comienzo de la archiconocida ruta acuática. Puede andarse por su borde en ambas direcciones y, como veremos, no hubiera sido mala idea tomarla río arriba…

… pero seguimos en la senda, que en un pispás nos deja al borde del agua:

El Chíllar lleva cierta cantidad de agua, lo que no sería ninguna noticia a finales de diciembre, pero es que llevamos un par de meses de pertinaz sequía… En condiciones normales esto sería un impetuoso torrente.

El Chíllar lleva cierta cantidad de agua, lo que no sería ninguna noticia a finales de diciembre, pero es que llevamos un par de meses de pertinaz sequía… En condiciones normales esto sería un impetuoso torrente.

La senda, que sigue siendo GR, remonta el río un ciento de metros, hasta la encrucijada donde recibe por la izquierda la que viene de Frigiliana por la Sierra de Enmedio. Es esa la que indican las marcas del sendero de gran recorrido, pero es aquí donde nosotros lo abandonamos para seguir de frente, paralelos al río.

Durante unos metros, la senda mantiene la entidad de la que traíamos, pero pronto vamos a comprobar que el tráfico de la de ahora es muy inferior, y por lo mismo, también su mantenimiento. Hay un punto en el que nos vemos abocados a cruzar el río -afortunadamente bajo de caudal-, para volver a cruzarlo unos metros más allá. Nos encontramos entonces frente a una densa masa de arbustos -mayoritariamente zarzas-, entre las cuales pareece quepudieera considerarse queuna cabra pequeeña… podría deslizarse. La otra alternativa es el agua, cosa que en verano está muy bien, pero que tal día como hoy no apetece. De modo que enfilamos lo que viene a ser un túnel hobbit entre la espesura. Tomándoselo con filosofía, y atentos a apartar delicadamente las ramas del zarzal que quieren acariciar nuestros cuerpecillos, se puede progresar entre el macizo vegetal y una pared de piedra a nuestra izquierda. No es tan malo como parece, y luego viene otro tramo relativamente despejado.

Algarrobo a contraluz. La foto da idea de cómo es la cosa de apretá.

Algarrobo a contraluz. La foto da idea de cómo es la cosa de apretá.

No acaban ahí nuestras tribulaciones. Un poco más allá nos dejamos confundir por trochas que se alejan del río y nos metemos en otro berenjenal espinoso, dedicando casi una cuarto de hora a pelearnos con la maleza. Cuando ya hemos decidido, con sincero dolor de corazón, volver y hacer el recorrido a Frigiliana, desandamos unos metros y entonces observamos otro hueco entre cañas que… tal vez… podría ser… el bueno. Y en efecto: culebreamos entre la vegetación de ribera y progresamos de un modo que ahora, por comparación, se nos antoja sorprendentemente fácil. Está claro que habíamos perdido la recta senda, pero la hemos recuperado.

De esta manera llegamos al punto de captación de la acequia, distinguible por los muros de cemento que aparecen a nuestra derecha. Es aquí donde encontramos, casi tan desorientada como nosotros, a una persona -la primera y la última en todo el recorrido- que busca su camino río arriba. Se trata -nos contará después- de una joven alemana que reside en Nerja y ha decidido hacer una suerte de viaje iniciático a las fuentes del Chíllar. Andaremos juntos el tramo que sigue.

El guía ahora es el agua, porque viene un tramo en el que la senda vuelve a difuminarse, y no hay más que progresar saltando entre los diversos regatos en que se divide el curso. Así llegamos a la base de un formidable resalte pétreo que ha aparecido frente a nosotros. Se trata del Cerrajón, enhiesta pared que se eleva en mitad del valle, separando el curso principal de un tributario que entra por la izquierda (y que no es otro que el Arroyo de Los Pradillos, vía de acceso hacia el Puerto de los Umbrales, por una ruta tan truculenta como la ya recorrida). Nosotros seguimos en el Chíllar, dejando la pared del Cerrajón a la izquierda. Un centenar de metros después, junto al agua y por la derecha, un voluminoso hito de piedras marca el comienzo de la vereda que ha de llevarnos al Cortijo del Imán.

Conocedores de lo intrincado del río aguas arriba, le desaconsejamos vivamente a nuestra compañera proseguir su empresa, invitándola a acompañarnos al Cortijo, lo que acaba aceptando. En un inglés de andar por Europa nos iremos comunicando intenciones y búsquedas que van más allá de lo geográfico.

La vereda gana altura rápidamente, dándonos vistas del valle. En este caso hacia atrás, con el Cerrajón a la derecha de la foto.

La vereda gana altura rápidamente, dándonos vistas del valle. En este caso hacia atrás, con el Cerrajón a la derecha de la foto.

¿Qué decir de esta vereda que no hayan dicho ya unos cuantos? Gracias a que sabemos que debe estar ahí, realizamos continuos actos de fe al hender romeros, aulagas, matagallos y palmitos suponiendo que el pie va a encontrar un lugar donde posarse. Y así es: la mayor parte del tiempo no vemos la vereda, pues los arbustos a media altura la ocultan casi por completo; pero está ahí, digamos no más que una discontinuidad de la vegetación a nivel del suelo. Incluso excavada en el terreno en algún punto rocoso, lo que muestra que tuvo su entidad. Lo que permite que no la perdamos es que, de errar el paso, enseguida lo cerrado de la vegetación se multiplica por mil, haciendo imposible el avance. Esto es: o vas por la vereda, o no vas a ningún sitio.

No deja de ser emocionante, aunque ciertamente áspero y farragoso.

Unos cuantos pinchos más arriba y ya vemos la espalda, no menos vertical, del Cerrajón. Por detrás, la cuerda que une al Alto de la Garza con el Puerto de los Umbrales.

Unos cuantos pinchos más arriba y ya vemos la espalda, no menos vertical, del Cerrajón. Por detrás, la cuerda que une el Alto de la Garza con el Puerto de los Umbrales.

Eventualmente nos adaptamos a nuestra condición de “rompearbustos” (por similitud con rompehielos, se entiende) y vamos siendo capaces de levantar la vista hacia el entorno…

… y ¡a fe que hay que levantarla! pues caminamos hacia la base del Almendrón, que eleva su imponente tajo más de 900 m por encima de nosotros. Más atrás, todavía más arriba, el Tajo del Sol y las paredes del Alto de la Mina, que ocultan la cima del Navachica, que se retira pudorosamente de esta formidable hendidura por la que caminamos.

… y ¡a fe que hay que levantarla! pues caminamos hacia la base del Almendrón, que eleva su imponente tajo más de 900 m por encima de nosotros. Más atrás, todavía más arriba, el Tajo del Sol y las paredes del Alto de la Mina, que ocultan la cima del Navachica, que se retira pudorosamente de esta formidable hendidura por la que caminamos.

Tras doblar una esquina, ya aparece frente a nosotros el rellano donde se ubica el Cortijo del Imán, del que entrevemos sus ruinosas paredes, mimetizadas con el entorno. Habremos de superar un par de barrancos laterales, siempre por la misma espesura de arbustos. Junto a los que mencionaba antes, también aparecen el boj, la jara blanca, el lentisco, la olivilla, el esparto y aun algunos que no sé identificar, cobijando aquí y allá jóvenes pinos, algún algarrobo, que intentan sacar la cabeza de entre el marasmo circundante. Pero al final lo logramos:

Y el Cortijo aparece ante nosotros, castillo rendido bajo el ceño de los colosos que lo rodean.

Y el Cortijo aparece ante nosotros, castillo rendido bajo el ceño de los colosos que lo rodean.

Panorámica hacia el Almendrón y el Tajo del sol. A la izquierda aparece la blanca tachuela de Piedra Sillada, que podemos considerar el extremo del valle del Chíllar, divisoria ya con Granada y los cauces que descienden hacia el Pantano de los Bermejales, en definitiva la cuenca del Genil.

Panorámica hacia el Almendrón y el Tajo del sol. A la izquierda aparece la blanca tachuela de Piedra Sillada, que podemos considerar el extremo del valle del Chíllar, divisoria ya con Granada y los cauces que descienden hacia el Pantano de los Bermejales, en definitiva la cuenca del Genil.

No hay otro lugar posible para la foto oficial, a la que sumamos a nuestra ocasional e intrépida compañera germana.

No hay otro lugar posible para la foto oficial, a la que sumamos a nuestra ocasional e intrépida compañera germana.

Un rato de contemplación -no mucho porque  el tiempo se nos echa encima-, un par de bocados apresurados y emprendemos el descenso por el mismo camino.

Atrás dejaremos a este habitante del entorno, que no parece tener la menor prisa por abandonar su lugar bajo el sol.

Atrás dejaremos a este habitante del entorno, que no parece tener la menor prisa por abandonar su lugar bajo el sol.

Enfilamos el valle, con el mar ahora como objetivo.

Enfilamos el valle, con el mar ahora como objetivo.

Cada recodo ofrece cambiantes perspectivas…

Cada recodo ofrece cambiantes perspectivas…

Las lomas donde el fuego ha eliminado los árboles se abigarran de arbustos termófilos. Nos creeríamos en algún paraíso subtropical.

Las lomas donde el fuego ha eliminado los árboles se abigarran de arbustos termófilos. Los palmitos nos hacen pensar en algún paraíso subtropical.

Aterrizamos en el río de nuevo, lugar donde nuestra compañera de fatigas declara que, disponiendo de algún día más, va a remontar un trecho el cauce. En el tramo de río hasta la vertical del cortijo, más llano y abierto, el agua desaparece al filtrarse en la grava que tapiza el lecho, pero más arriba hemos llegado a ver que el agua vuelve a fluir. Allí buscará un punto que poder llamar su fuente. Nos despedimos cariñosamente, compañeros ocasionales que tal vez no vuelvan a verse nunca. Suerte. (He de decir que, preocupados por su periplo en soledad por terreno tan fragoso, respiraremos aliviados cuando un correo, días después, nos confirme que fue… y que volvió).

Nosotros seguimos río abajo, a pelear con las cañas que, por momentos, parecen defender como un muro de lanzas la exigua senda.

Nosotros seguimos río abajo, a pelear con las cañas que, por momentos, parecen defender como un muro de lanzas la exigua senda.

En zonas de poca corriente asistimos al espectáculo de la formación del travertino: la precipitación del carbonato cálcico sobre la vegetación al borde del agua, que luego se pudrirá dejando su hueco en esa peculiar y porosa piedra.

En zonas de poca corriente asistimos al espectáculo de la formación del travertino: la precipitación del carbonato cálcico sobre la vegetación al borde del agua, que luego se pudrirá dejando su hueco en lo que será peculiar y porosa piedra.

El sol ha cambiado de lado, e ilumina ahora los tajos que esta mañana quedaban en sombra.

El sol ha cambiado de lado, e ilumina ahora los tajos que esta mañana quedaban en sombra.

De cara al sol, los contraluces multiplican la belleza de este fondo de valle.

De cara al sol, los contraluces multiplican la belleza de este fondo de valle. Las adelfas ocupan su espacio cerca del agua.

Deseando nuevas perspectivas -y reacios a afrontar de nuevo la parte más espesa del recorrido-, optamos por volver por la acequia, que tomamos en su azud, y que confiamos  nos llevará sin sobresaltos hasta el punto en el que la cruzamos por el camino de venida, a la mitad de la Cuesta de los Galgos. Así será, en efecto, y salvo algún tramo aéreo, afortunadamente protegido con barandilla, constituye un camino seguro y lleno de alicientes para la vista:

Aquí mirando hacia atrás cerca de su comienzo…

Aquí mirando hacia atrás cerca de su comienzo…

… aquí disfrutando de la vegetación sin sufrirla…

… aquí disfrutando de la vegetación sin sufrirla…

… con tramos rectos como trazados con tiralíneas…

… con tramos rectos como trazados con tiralíneas…

… y otros sinuosos como una serpiente de agua que se deslizara por la ladera.

… y otros sinuosos como una serpiente de agua que se deslizara por la ladera.

Contraluz de la arista del Alto de la Garza.

Contraluz de la arista del Alto de la Garza…

… que aquí vemos de frente tras haberlo rebasado.

… que aquí vemos de frente tras haberlo rebasado. A sus pies discurre la vereda que lleva a Frigiliana.

De nuevo en la Cuesta de los Galgos, no queda más que desandarla hasta el carril, y éste hasta el Pinarillo. La acequia, nos comentará luego nuestra intrépida exploradora, puede seguirse en todo su recorrido hasta  el salto de la central que hay al comienzo de la ruta acuática del Chíllar, y de ahí bajar al valle y a Nerja, que es lo que ella hizo. Nosotros nos conformamos hoy con volver al Pinarillo, previo paso por la Fuente del Esparto, donde un valiente emprendedor ha acondicionado unas cuantas cabañas como alojamiento rural, inmejorable base para ascensiones por la zona. La cervecita en su terraza, a la caida de la tarde, es un broche de oro para un día redondo.

Pasada la Fuente, volvemos ahora por el carril, que cruza el Barranco de la Coladilla aguas arriba y vuelve del otro lado (es el mismo que dejamos a la derecha en el Pinarillo). El último sol enrojece la cumbre del Cerro de la Maceta.

Pasada la Fuente, volvemos ahora por el carril, que cruza el Barranco de la Coladilla aguas arriba y vuelve del otro lado (es el mismo que dejamos a la derecha en el Pinarillo). El último sol enrojece la cumbre del Cerro de la Maceta, despidiéndonos.

Nos vemos el año que viene.

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