De Bierma a Crevinza

Caratula-Crevinza

25 Octubre 2015

Por fin cruzamos el Barranco de Bierma, que es el límite natural (y el artificial) entre los términos de La Peza y Lugros. Tiempo ha que lo tenía en cartera, desde que anduvimos por allí, y tengo que agradecer a José Costalero sus precisas indicaciones que nos desvelaron el camino justo. Va por usted, maestro. La ruta es, por otro lado, bastante frecuentada por ciclistas de todo pelaje, si bien los caminantes son más raros de ver por estos lares. Nuestra Ítaca en este caso era el Cortijo de Crevinza, que campea en mitad de la loma, interrumpiendo con sus prados la monotonía de uno de los encinares más extensos de la provincia.

Una razón que puede explicar la escasez de caminantes es que la aproximación en vehículo es larga. Bien por los Blancares o bien por la Peza tenemos unos cuantos kilómetros de carril (en buen estado en general) antes de llegar a nuestro punto de inicio, que situamos en la bifurcación de los caminos que -pasada la Fuente de las Perdices- llevan, uno al Cortijo de Bierma y el otro al río, por debajo de éste. Para rizar el rizo, decidí pasar antes por el mencionado Cortijo de Bierma, confiando en poder desde allí descender el tramo de barranco hasta el carril de abajo.

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Desde el carril de Bierma, una ventana entre los árboles nos permite divisar el pueblo de Lugros, del que nos separa el propio barranco de Bierma.

Desde el carril de Bierma, una ventana entre los árboles nos permite divisar el pueblo de Lugros, del que nos separa el propio barranco de Bierma.

Este tramo es muy cómodo, en muy suave ascenso, hasta el cortijo, donde el bosque se retira para dar paso a una amplia pradería, ornada en el otoño por los fogosos colores de unos pocos caducifolios:

En este caso, dos hermosísimos serbales (Sorbus domestica) en el punto culminante de su coloración otoñal.

En este caso, dos hermosísimos serbales (Sorbus domestica) en el punto culminante de su coloración otoñal.

Sin desmerecer los amarillos chopos y algunos nogales y espinos que contrastan fuertemente sobre el oscuro de pinos y encinas.

Sin desmerecer los amarillos chopos y algunos nogales y espinos que contrastan fuertemente sobre el oscuro de pinos y encinas.

Cruzamos la pradera dejándonos caer al mismo tiempo hasta su borde inferior, donde, tras un cercado, nos asomamos a la caída del terreno hacia el río:

Es una pendiente no excesivamente abrupta, aunque sí cuajada de espinos, al fondo de la cual destaca la mancha amarilla de un grupo de nogales, hacia los que caminamos.

Es una pendiente no excesivamente abrupta, aunque sí cuajada de espinos, al fondo de la cual destaca la mancha amarilla de un grupo de nogales, hacia los que caminamos.

El enclave es un precioso rellano sombreado por los nogales (poco ruido pero también pocas nueces), que viene a morir suavemente junto al arroyo.

El enclave es un precioso rellano sombreado por los nogales (poco ruido pero también pocas nueces), que viene a morir suavemente junto al arroyo…

Que aquí vemos, humilde y somero, deslizarse perezosamente.

… que aquí vemos, humilde y somero, deslizarse perezosamente al final del rellano.

Aunque este punto de cruce es fácil, el cerrado monte que hay detrás nos disuade de hacerlo. Retrocederemos entre los nogales hasta el punto en que unos prados entre el espinar, río abajo, parecen ofrecer camino libre:

Tal que por aquí.

Tal que por aquí.

Una nueva terraza con nogales nos deleita, mientras el arroyo se embosca tras una densa muralla de vegetación de ribera.

Una nueva terraza con nogales nos deleita, mientras el arroyo se embosca tras una densa muralla de vegetación de ribera.

Vamos buscando camino entre el espinar (las "tres jotas": majuelos, agracejos y escaramujos), debiendo en algún momento ascender alejándonos del río y cruzar una desvencijada cerca. El espinar constituye por sí mismo un vistoso tapiz otoñal. Y alimenticio…

Vamos buscando camino entre el espinar (las “tres jotas”: majuelos, agracejos y escaramujos, sin olvidar las zarzamoras), debiendo en algún momento ascender alejándonos del río y cruzar una desvencijada cerca. El espinar constituye por sí mismo un vistoso tapiz otoñal. Y alimenticio…

Remontados hasta los pinos, el valle podría decirse que es el "Río Amarillo".

Remontados hasta los pinos, el valle podría decirse que es el “Río Amarillo”.

A los pinos sigue una ladera de encinas de vigoroso ritmo, entre las que progresan trochas bastante practicables.

A los pinos sigue una ladera de encinas de vigoroso ritmo, entre las que progresan trochas bastante practicables.

Siempre al borde de la caída hacia el río, acabamos accediendo al final del carril inferior, el que descendía a la izquierda desde los vehículos. Lo andaremos un ciento de metros hasta llegar a la marca que es la clave de la ruta:

Esta es. Venimos recorriendo el carril río abajo hasta topárnosla. Indica una empinada (pero muy empinada, sobre todo para ciclistas) senda que enseguida baja al río.

Esta es. Venimos recorriendo el carril río abajo hasta topárnosla. Indica una empinada (pero muy empinada, sobre todo para ciclistas) senda que enseguida baja al río.

Este es el punto. Acabamos de cruzar el Barranco de Bierma.

Este es el punto. Acabamos de cruzar el Barranco de Bierma.

Tras el vado encontramos una cerca con un portillo en el que se lee: “ciclista, cierra la puerta”, lo que da idea de la fauna habitual de estos caminos. La senda asciende unos metros hasta salir a un carril, cuyo final se ve invadido de jaras, a la derecha, y que nosotros seguimos hacia la izquierda.

Hacia atrás alcanzamos a distinguir el resplandor rojizo de los nogales y espinos que hemos atravesado.

Hacia atrás alcanzamos a distinguir el resplandor rojizo de los nogales y espinos que hemos atravesado.

De este lado, en cambio, el otoño pasa completamente desapercibido…

… en la medida en que un denso encinar ocupa cada metro del terreno, fuera de la blanquecina cinta del carril.

… en la medida en que un denso encinar ocupa cada metro del terreno, fuera de la blanquecina cinta del carril.

Aquí visto por fuera. A saber la de "bichos" que esconderá en su interior.

Aquí visto por fuera. A saber la de “bichos” que esconderá en su interior.

Dejaremos a la izquierda una bifurcación en descenso (por donde planeamos volver hasta aquí), tomando la que asciende. Al rato el encinar da paso a un páramo huérfano de árboles…

… aunque cuajado de jaras y otras hierbas de menor porte, lo que nos permite, hacia atrás, dominar las tierras bajas entre La Peza y Guadix.

… aunque cuajado de jaras y otras hierbas de menor porte, lo que nos permite, hacia atrás, dominar con la mirada las tierras bajas entre La Peza y Guadix.

A nuestra derecha, una inhabitual vista del Cerro de la Volota.

A nuestra derecha, una inhabitual vista del Cerro de la Volota.

Donde el bosque recomienza, dejamos irse un ramal del carril por la derecha, en tanto nosotros seguimos el que, paralelo al barranco que ahora nos ha aparecido por la izquierda, nos acerca al Cortijo de Crevinza.

Un poco más allá, el cortijo aparece ante nuestra vista, asomado al barranco de su mismo nombre, y rodeado de prados que alivian algo la monotonía del encinar.

Un poco más allá, el cortijo aparece ante nuestra vista, asomado al barranco de su mismo nombre, y rodeado de prados que alivian algo la monotonía del encinar.

En las inmediaciones del cortijo, rodeamos uno de las vaguadas que confluyen en el Barranco de Crevinza. Los espinos y agracejos vuelven a poner un poco de otoño en el paisaje.

En las inmediaciones del cortijo, rodeamos una de las vaguadas que confluyen en el Barranco de Crevinza. Los espinos y agracejos vuelven a poner un poco de otoño en el paisaje.

Este es el barranco principal, justo por encima del cortijo.

Este es el barranco principal, justo por encima del cortijo.

Y este es el cortijo propiamente dicho. Abandonado, hay sin embargo una caseta con aspecto de uso en una lomilla a la derecha, y cercados en buen estado donde pastan algunas vacas.

Y este es el cortijo propiamente dicho. Abandonado, hay sin embargo una caseta con aspecto de uso en la lomilla de enfrente, y cercados en buen estado donde pastan algunas vacas.

En la lomilla de la caseta nos salimos del camino por la izquierda atravesando los portillos de un cercado (aunque puede seguirse el camino si no queremos complicarnos la vida. Es que a mí me gusta complicármela, y en este caso busco la vecindad del arroyo para luego volver al camino más abajo). No completaremos el desvío que yo pretendía, pero al menos nos asomamos a un reborde de evocadoras perspectivas:

Entre los troncos de las encinas clarean las llamaradas de las alamedas del barranco, más abajo. Esperamos que el camino nos acabe acercando a alguna de ellas…

Entre los troncos de las encinas clarean las llamaradas de las alamedas del barranco, más abajo. Esperamos que el camino nos acabe acercando a alguna de ellas…

Derivando a la derecha volvemos al carril, que seguimos mientras caracolea descendiendo la ladera.

Aquí y allá encontramos rebaños de vacas dedicadas a lo suyo. Bruno y los jóvenes de la manada se observan con curiosidad no exenta de alarma…

Aquí y allá encontramos rebaños de vacas dedicadas a lo suyo. Los jóvenes de la manada observan a Bruno con curiosidad no exenta de alarma… Bruno debe pensar que tal vez tres son multitud, y pasa de líos.

Seguimos pues el carril, que acaba haciendo un giro de 180º para empezar a volver hacia Bierma. Dejamos a la derecha un cruce de varios caminos (entre ellos el que desciende a Lugros, el habitual de los ciclistas) y proseguimos, paralelos al carril por el que accedimos al cortijo, pero más abajo y en dirección contraria.

Al cabo de un rato comprobamos con placer que el camino nos lleva, en efecto, hacia la más elevada de las alamedas, fuego en el encinar…

Al cabo de un rato comprobamos con placer que el camino nos lleva, en efecto, hacia la más elevada de las alamedas, fuego en el encinar…

… y que se encuentr, como era de esperar, en el punto donde el camino cruza de nuevo el Barranco de Crevinza.

… y que se encuentra, como era de esperar, en el punto donde el camino cruza de nuevo el Barranco de Crevinza.

A la vera del agua, que en este caso alimenta el fuego en lugar de extinguirlo.

A la vera del agua, que en este caso alimenta el fuego en lugar de extinguirlo.

Por debajo del camino, el arroyo es un poema en oro y bronce.

Por debajo del camino, el arroyo es un poema en oro y bronce.

Decidimos comer en este reducto otoñal. Encontramos algunas setas, pero nuestra ignorancia nos impide aprovechar nuestros hallazgos. Luego seguimos el carril, siendo adelantados por un grupo de ciclistas (bueno, y algún caminante con bicicleta, que de todo hay). Accedemos por fin al tramo de camino que ya habíamos recorrido a la ida, y lo desandamos hasta el Barranco de Bierma.

Poco antes del vado me descuelgo hacia unas curiosas peñas tan regulares que parecen cortadas artificialmente, y desde ellas disfruto del singular cañoncito que forma el arroyo en su base. Helechos sobre una poza que de seguro ofrece frescor garantizado en verano. frescor

Poco antes del vado me descuelgo hacia unas curiosas peñas tan regulares que parecen cortadas artificialmente, y desde ellas descubro un singular cañoncito que forma el arroyo en su base. Helechos sobre una poza que de seguro ofrece frescor garantizado en verano.

Cruzando el arroyo caemos en la cuenta de que falta la foto oficial, y nos ponemos a la tarea:

Los valientes de la jornada, entre encinas, sauces y rosales silvestres.

Los valientes de la jornada, entre encinas, sauces y rosales silvestres.

De vuelta al carril en la ladera del Cerro de la Volota, no tenemos más que seguirlo hacia la derecha para llegar a los vehículos…

… mientras la tarde inventa melancólicas claridades al pie de la Sierra de Baza, frente a nosotros.

… mientras la tarde inventa melancólicas claridades al pie de la Sierra de Baza, frente a nosotros.

Montamos en los coches y emprendemos el regreso, aunque aun habrá ocasión de una penúltima panorámica, al pie del Marchalejo:

Sobre toda la ladera norte de la Volota, donde, entre el denso encinar, palidecen los robles -los más norteños de Sierra Nevada, si no estoy yo muy confundido-.

…sobre toda la ladera norte de la Volota, donde, entre el denso encinar, palidecen los robles -los más norteños de Sierra Nevada, si no estoy yo muy confundido-.

Y, cerca ya del mirador de La Peza, donde el carril sale a la carretera, la -ahora sí- última vista del día:

Ahora los rojos los aporta el paquete de arcillas que forma la capa superior del altiplano, cortado aquí por la erosión del río -el río Alhama- poco antes del pantano de Francisco Abellán.

Ahora los rojos los aporta el paquete de arcillas que forma la capa superior del altiplano, cortado aquí por la erosión del río -el río Alhama- poco antes del pantano de Francisco Abellán.

Pues eso: pocos colores, pero muy bien puestos. La próxima semana serán muchos  y buenos. Hasta entonces.

 

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