Armentia-Ezkibel-Zaldiaran

Caratula-Ezkibel

20 Diciembre 2014

El pasado 20 de Diciembre aproveché un fugaz viaje a Vitoria-Gasteiz para patear, con la inestimable guía de mi amigo Pablo, alguno de los montes que rodean la ciudad, marco incomparable de la no menos incomparable joya verde -y diz que sostenible- del País Vasco. Pablo me compuso un recorrido que para él era peccata minuta, pero para mí fue una estimulante inmersión en ecosistemas bastante diversos de nuestro reseco sur…

De manera que nos dirigimos a Armentia, que es un parque al suroeste de la ciudad, antesala de un precioso bosque de quejigos con el mismo nombre, desde donde ascendimos a la emblemática cima de Ezkibel, coronado por una vieja torre de vigilancia, para luego llegarnos a la no menos emblemática de Zaldiaran, coronado a su vez por un potente conjunto de repetidores de señales radioeléctricas para toda la zona.

Parque de armentia, que es la parte urbanizada del quejigar que aquí comienza y que ocupa el llano hasta los cercanos cerros.

Parque de Armentia, que es la parte urbanizada del quejigar que aquí comienza y que ocupa el llano hasta los cercanos cerros.

Ya en el bosque propiamente dicho, caminando por el sendero situado más al Oeste.

Ya en el bosque propiamente dicho, caminando por el sendero situado más al Oeste.

El Bosque es un quejigar al estilo de aquí: no los poderosos quejigos centenarios de los bosques adehesados del sur, sino los mil y un pies delgados y apretados de estas latitudes, acompañados de acebos y otras hierbas. El día era brumoso, la fina lluvia calabobos realzando los verdes y embarrando el suelo. En fin, si está verde es por esto, y los de aquí ya saben que hay que salir -bien impermeabilizados- aunque no veas el sol.

En la linde del bosque cruzamos el Arroyo de Ezkibel.

En la linde del bosque cruzamos el Arroyo de Ezkibel.

Atravesamos luego una pradera con lo que imagino que son -coníferas y caducas- un grupo de alerces pintorescamente bermellones.

Atravesamos luego una pradera con lo que imagino que son -coníferas y caducas- un grupo de alerces pintorescamente bermellones. Comparten terreno con blancos abedules y oscuras cupresáceas.

Por momentos los quejigos recuerdan esas brujas despeinadas de la tradición anglosajona…

Por momentos los quejigos recuerdan esas brujas despeinadas de la tradición anglosajona…

Un sendero embarrado y traicionero, sobre un terreno que por el aspecto parecen ser margas, nos deja en otro no menos embarrado camino que vira hacia el sur, en dirección al caserío de Ezkibel.

Un sendero embarrado y traicionero, sobre un terreno que por el aspecto parecen ser margas, nos deja en otro no menos embarrado camino que vira hacia el sur, en dirección al caserío de Ezkibel.

Apenas avistadas las casas de este último, tomamos a la derecha una bien marcada senda que asciende el cerro de Ezkibel.

Apenas avistadas las casas de este último, tomamos a la derecha una bien marcada senda que asciende el cerro de Ezkibel.

Entre quejigos y encinas la senda progresa ganando altura…

Entre quejigos y encinas la senda progresa ganando altura…

Aparece el enebro, ocasionalmente algún endrino…

Aparece el enebro, ocasionalmente algún endrino…

…hasta que, cerca de la cima, llegamos al nivel del dosel de nubes que la cubre.

…hasta que, cerca de la cima, llegamos al nivel del dosel de nubes que la cubre.

Esta es la semiderruida fortificación que lo corona, parte de un sistema de vigilancia del que en tiempos gozó la ciudad de Vitoria. Un primoroso buzón con forma de edificio alberga mensajes de los senderistas del lugar.

Esta es la semiderruida fortificación que lo corona, parte de un sistema de vigilancia del que en tiempos gozó la ciudad de Vitoria. Un primoroso buzón con forma de edificio alberga mensajes de los senderistas del lugar.

Es buen sitio para la foto oficial, a la que procedemos sin dilación.

Es buen sitio para la foto oficial, a la que procedemos sin dilación.

Del lado contrario al de nuestro ascenso prosigue una escueta senda que resigue la cresta del monte en ligero descenso…

La cresta se asoma a la ladera Norte, en la que, por ser umbría y además enfrentada a los vientos del mar, se desarrolla el hayedo que ya echaba de menos.

La cresta se asoma a la ladera Norte, en la que, por ser umbría y además enfrentada a los vientos del mar, se desarrolla el hayedo que ya echaba de menos.

Por momentos la niebla deja adivinar -y poco más- el valle.

Por momentos la niebla deja adivinar -y poco más- el valle.

En cuanto dejamos la cresta volvemos a encontrarnos rodeados de quejigos:

Estos conservan la hoja como si el otoño ya agonizante no fuera con ellos.

Estos conservan la hoja como si el otoño ya agonizante no fuera con ellos. Es un bosque de cuento, aunque el porte de los árboles sigue siendo discreto.

Llegados al terreno más bajo torcemos a la izquierda para acabar en un carril que progresa entre cerros:

Quejigos, barro y helechos para dar y tomar.

Quejigos, barro y helechos para dar y tomar.

El acebo, con sus rojos frutos en sazón anticipando las fechas navideñas.

El acebo, con sus rojos frutos en sazón anticipando las fechas navideñas.

Una discreta subida nos acerca a un collado. Los pinos ocupan la ladera a nuestra izquierda.

Una discreta subida nos acerca a un collado. Los pinos ocupan la ladera a nuestra izquierda.

Un poco más allá, ya al pie del Zaldiaran, comienza de nuevo el hayedo:

Esto ya sí es un bosque en condiciones, de altos troncos estilizados, pelados por el invierno en puertas. Hay pocas cosas tan evocadoras como un hayedo en la niebla…

Esto ya sí es un bosque en condiciones, de altos troncos estilizados, pelados por el invierno en puertas. Hay pocas cosas tan evocadoras como un hayedo en la niebla…

Y como muestra un botón.

Y como muestra un botón.

Como puede verse, el haya, avariciosa, deja poco sotobosque a sus pies. Sólo las rojas hojas muertas (que no secas, con todo lo que llueve).

Como puede verse, el haya, avariciosa, deja poco sotobosque a sus pies. Sólo las rojas hojas muertas (que no secas, con todo lo que llueve).

Paseamos bajo dormidos gigantes de innumerables brazos…

Paseamos bajo dormidos gigantes de innumerables brazos…

Desde el Sur, por donde ascendemos, encontramos al fin el mogote rocoso que corona el cerro, apenas visible entre la niebla y los troncos.

Desde el Sur, por donde ascendemos, encontramos al fin el mogote rocoso que corona el cerro, apenas visible entre la niebla y los troncos.

Rodearemos la cima por la izquierda, para salir a la carretera que lleva a los repetidores.

En lo alto, monumentos paralelos a los dioses antiguos y modernos…

En lo alto, monumentos paralelos a los dioses antiguos y modernos…

Retomando la carretera en sentido descendente, la abandonamos enseguida por la izquierda, para tomar una escondida senda a través de las hayas:

Suerte que voy con Pablo, porque el camino es apenas una insinuación entre la hojarasca, que desciende de través una pronunciada pendiente.

Suerte que voy con Pablo, porque el camino es apenas una insinuación entre la hojarasca, que desciende de través una pronunciada pendiente.

A nuestros pies, las hayas se difuminan, dejando apenas algún helecho postrado a sus pies.

Hacia abajo las hayas se difuminan, dejando apenas algún helecho postrado a sus pies.

El denso manto de hojas, futura tierra orgánica, no es la menor de las bellezas del lugar.

El denso manto de hojas, futura tierra orgánica, no es la menor de las bellezas del lugar.

Sobre un tronco caído se desarrolla una procesión alienígena. Si alguien conoce el nombre de estos fungosos seres se agradecerá su aportación.

Sobre un tronco caído se desarrolla una procesión alienígena. Si alguien conoce el nombre de estos fungosos seres se agradecerá su aportación, pero desde luego parecen salidos del mismísimo Ctulhu lovecraftiano.

Parafraseando una conocida saga, aquí tenemos "Juego de Troncos".

Parafraseando una conocida saga, aquí tenemos “Juego de Troncos”.

Por fin salimos del hayedo para tomar un camino de nuevo por el quejigar, que nos llevaría al valle. Pero lo dejaremos por otro a la derecha, que vuelve a ascender en un momento en el que la niebla parece querer levantarse un poco:

Algo de vistas, que apenas hemos disfrutado en toda la mañana…

Algo de vistas, que apenas hemos disfrutado en toda la mañana. Miramos hacia atrás, a la ladera del Zaldiaran que acabamos de abandonar.

Este rodeo nos va a llevar, con algún titubeo, a un primoroso altozano donde el día, por fin, nos concede algo de respiro y algún rayo de sol, uo, ho, ho:

Tirad de zoom un par de veces, que la vista lo merece. Cada uno de los 360º ofrece su aquél. Vitoria al fondo, y, más cercano, de nuevo el caserío de Ezkibel. Si no estoy muy desorientado, hemos coronado el cerro que se alza sobre las cuatro casas, y progresado cuerdeando hasta Zaldiaran oculto por las nubes, para luego llegar aquí.

Tirad de zoom un par de veces, que la vista lo merece. Cada uno de los 360º ofrece su aquél. Vitoria al fondo, y, más cercano, de nuevo el caserío de Ezkibel. Si no estoy muy desorientado, hemos coronado el cerro que se alza sobre las cuatro casas, y progresado cuerdeando hasta Zaldiaran oculto por las nubes, para luego llegar aquí.

Y de aquí, una nueva senda embarrada -cómo no- nos conduce, ahora sí, al valle. Mis zapatillas, la pendiente y el cansancio me juegan alguna mala pasada y doy por dos veces con mis posaderas en el suelo. Pago con gusto la novatada.

Dejamos Ezkibel a la izquierda…

Dejamos Ezkibel a la izquierda…

Y ya sólo queda hacer de nuevo el Bosque de Armentia, esta vez por el Este, para llegar al parque y al vehículo. Un húmedo disfrute. Agur.

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