Cahorros por la Acequia de los Hábices

Caratula-Habices

31 Agosto 2014

El parón veraniego ya pesa, y el “mono” senderista se acrecienta. Como el calor no remite, buscamos horas tempranas de la mañana y sitios fresquitos para, al menos, echar una pata al aire. Así que volvemos a los Cahorros de Monachil, pero en esta ocasión por una ruta que ya me pedía a gritos un pateo: la Acequia de los Hábices. Y no por el sendero que le discurre unos metros más abajo, sino por el mismo borde del agua, que esa solana es mu mala y mu inclemente…

La Acequia de los Hábices nace del Monachil aguas arriba de los Cahorros, poco antes de la Central de la Vega. Discurre por la margen derecha (geográfica) del río -esto es, por la izquierda mirando desde abajo hacia la Sierra. Desde algunos puntos de los Cahorros puede verse -o intuirse- arriba en una ladera por demás bastante pelada, gracias a la conspicua línea de chopos que acompañan la mayor parte de su recorrido, y cuyas raíces contribuyen sin duda a mantenerla en su sitio. Viene a rodear la cima redondeada de la raspa que cierra ese lado del cañón, bajo el paraje conocido justamente como Los Hábices, y reparte sus aguas por toda la Solana.

Pues eso, que lo normal es entrar por el río y volver por el sendero que discurre bajo la Acequia. Pero parecía más lógico hacer de mañanita la subida y la solana, y dejar lo hondo del cañón para el crudo mediodía. Aparte de que veíamos preferible caminar a la sombra de los chopos y a la vera del agua, que arrastrarnos por los arenales dolomíticos pelaos y mondaos del camino. Dicho y hecho.

Así que dejamos el vehículo en la Era del Portachuelo, parking oficial del paraje, a una hora en la que está casi vacío. Pero en lugar de bajar unos metros de carretera para tomar el camino de los Cahorros, salimos por la parte alta de la Era, por el camino que allí nace, casi paralelo al asfalto: el Camino de la Solana:

El sol acaba de asomar tras

El sol ha asomado hace poco entre el Cerro del Sanatorio y el Dornajo, y todavía levanta una leve neblina que envuelve el paisaje en prometedoras sugerencias… Nuestro objetivo es el extremo superior más cercano del alargado cerro que se ve detrás de la pita. Pero con calma, que caminaremos por el valle un buen trecho antes de abordarlo.

En un punto nos llama la atención el repulsivo aspecto - diríase un inconfesable borborigmo lovecraftiano- de estas agallas del chopo.

En un punto nos llama la atención el repulsivo aspecto – diríase un inconfesable borborigmo lovecraftiano- de estas agallas del chopo.

Con numerosos tramos de cemento, no es precisamente un camino llano, aunque a esta hora se hace casi hasta agradable, acompañado como está de árboles, huertos y agua.

Con numerosos tramos de cemento, no es precisamente un camino llano, aunque a esta hora se hace casi hasta placentero, acompañado como está de árboles, huertos y agua.

Tras un tramo empinado, desembocamos en una zona algo más llana, donde el camino se bifurca: un ramal al frente en el sentido del valle, y otro que hace una amplia curva a la derecha, y que es el que tomamos. Orillado por propiedades valladas erizadas de perros, progresa en un par de revueltas ascendiendo la loma (digamos la umbría de La Solana). La presencia de Bruno exaspera a los canes (que parecen dispuestos a comernos de un bocado si traspasamos sus límites). Pero por fin los dejamos atrás (lo que demuestra que cabalgamos) y en una última revuelta accedemos a la divisoria, casi en su parte superior:

… que puede ser una de las panorámicas más estimulantes de la zona: entre nosotros y el Cerro del Castillejo se oculta el profundo tajo del Cañón de Los Cahorros, del que solo asoman las cimas, sobre un fondo quebrado, que desde el Cerro del Sanatorio recorre el Dornajo, el Cerro de los Poyos y el Huenes con el Tajo del Contadero.

… que puede ser una de las panorámicas más estimulantes de la zona: entre nosotros y el Cerro del Castillejo ( a la derecha) se oculta el profundo tajo del Cañón de Los Cahorros, del que solo asoman las cimas, sobre un fondo quebrado, que desde el Cerro del Sanatorio recorre el Dornajo, el Cerro de los Poyos y el Huenes con el Tajo del Contadero como proa. Desde el secano donde termina la explanada debe gozarse de una buena vista de conjunto del desfiladero, pero la presencia de un perro viejo y malhumorado nos disuade de asomarnos.

Estamos en las inmediaciones del derruido Cortijo del Cerrillo (de la Fuente), y justo a su lado vamos a tomar la acequia. El chopo más alto nos marca el lugar, al que nos acercamos con presteza. Bajo el chopo, los redondeados arbolillos resutan ser rebolondos ejemplares de Salix atrocinerea, apostados como siempre en la vecindad del agua. Ascendemos el pequeño talud y… voilà!:

La acequia prometida: de traza antigua aunque con algunas remodelaciones, porta apenas un palmo de agua que discurre mansamente, fresca y transparente (hasta que Bruno mete la pata, claro).

La acequia prometida: de traza antigua aunque con algunas remodelaciones, porta apenas un palmo de agua que discurre mansamente, fresca y transparente (hasta que Bruno mete la pata, claro).

Este es el Cortijo del Cerrillo, que la acequia deja enseguida atrás y por debajo.

Este es el Cortijo del Cerrillo, que la acequia deja enseguida atrás y por debajo.

Echamos a andar por el borde de la acequia, que es practicable de momento, aunque no demasiado ancho…

Y a nuestros pies… ¡amigo! todo el desfiladero, bajo la torturada ladera Norte del Cerro del Castillejo. Fijáos en la línea de árboles que se prolonga por la izquierda de la foto: es el recorrido de nuestra acequia, plano en altura, pero fuertemente quebrado -como veremos- en planta.

Y a nuestros pies… ¡amigo! todo el desfiladero, bajo la torturada ladera Norte del Cerro del Castillejo. Fijáos en la línea de árboles que se prolonga por la izquierda de la foto: es el recorrido de nuestra acequia, plano en altura, pero fuertemente quebrado -como veremos- en planta.

El recorrido es una delicia, los añosos chopos tamizando la luz del sol, y el agua prestando su humedad al ambiente… ¿no estaremos mejor aquí que por el secarral de abajo, por donde va el sendero?

El recorrido es una delicia, los añosos chopos tamizando la luz del sol, y el agua prestando su humedad al ambiente… ¿no estaremos mejor aquí que por el secarral de abajo, por donde vemos el sendero?

Lo cierto es que en algunos puntos, los propios chopos dificultan el paso: hay que rodearlos saliendo a la pendiente. El borde de la acequia, donde es de tierra, aparece cuajado de tocones de carrizo cortado una y mil veces, que contribuyen a la estabilidad del invento. Donde hay poca sombra, enseguida se cierra la aulaga y el paso se hace más penoso, pero en general quedamos convencidos de ir por el sitio adecuado.

Y para muestra un botón…

Y para muestra un botón…

O dos. Fijáos que estamos rodeados de unas ramblas dignas del desierto de Almería, pero, aquí dentro se está como en la Arcadia feliz.

O dos. Fijáos que estamos rodeados de unas ramblas dignas del desierto de Almería, pero, aquí dentro se está como en la Arcadia feliz.

Como digo, una acequia es plana a condición de que siga la curva de nivel. La nuestra no es una excepción y, mientras el camino de más abajo negocia los barrancos laterales de modo más directo, la cinta de agua resigue cada ondulación de la ladera, produciendo en este caso multitud de quiebros a derechas y a izquierdas, que cumplimentamos sin rechistar.

Aquí desde el ángulo interior de un barranquito lateral, estrecho hasta el punto de que la línea casi parece un bosque.

Aquí desde el ángulo interior de un barranquito lateral, estrecho hasta el punto de que la línea de árboles que entra y la que sale casi se juntan, dando aspecto de bosque de verdad.

Otra de luces acuáticas… y podría seguir, pues cada recodo tiene su matiz, pero vamos al grano:

Otra de luces acuáticas… y podría seguir, pues cada recodo tiene su matiz, pero vamos al grano:

Conforme nos acercamos al Barranco de las Revueltillas, que es donde la dirección general  de la acequia pasa de Este a Sur, vemos un amplio camino que sube hacia nosotros:

Ese carril viene de las Azuelas -el paraje abierto por encima de la parte estrecha del desfiladero- y cruzará la acequia, así que no tenemos más que esperar a que nos salga al encuentro.

Ese carril viene de las Azuelas -el paraje abierto del fondo del valle, por encima de la parte estrecha del desfiladero- y cruzará la acequia, así que no tenemos más que esperar a que nos salga al encuentro.

Este es el punto, un poco más allá. El camino viene a ser la continuación del carril de la Solana, que tras rodear el cerro viene aquí para continuar hasta el río.

Este es el punto, un poco más allá. El camino viene a ser la continuación del carril de la Solana, que tras rodear el cerro pasa por aquí para bajar hasta el río.

Despreciando despreocupadamente el camino, seguimos por la acequia, que sigue ofreciendo sus encantos del otro lado:

Véase.

Véase.

En el fondo del barranquito, adherida a un mínimo acueducto que salva el cauce, la Flor de la Viuda (Trachelium caeruleum) despliega sus vistosos corimbos.

En el fondo del barranquito, adherida a un mínimo acueducto que salva el cauce, la Flor de la Viuda (Trachelium caeruleum) despliega sus vistosos corimbos.

Pero enseguida la cosa va a cambiar. Al barranquito principal sigue otro repliegue aun más profundo, donde la acequia se convierte en un estrecho filo de cemento sobre un cortado de cierta altura:

Rocas y vegetación contribuyen a complicar el progreso. Tras breve deliberación, decidimos dejar -con pena- nuestro hilo de Ariadna y volver al camino…

Rocas y vegetación contribuyen a complicar el progreso. Bello pero peligroso, en fin…

Tras breve deliberación, decidimos dejar -con pena- nuestro hilo de Ariadna y tomar una ruta menos comprometida. Desandamos pues la acequia hasta el camino, que tomamos hacia abajo, unos 100m, hasta esta encrucijada:

Aquí es donde la vereda "oficial", que discurre por debajo de la acequia, cruza el camino, buscando permanecer cerca de aquélla hasta el río. Despreciando por segunda vez -aunque sin ofender- el camino, tomaremos a la izquierda la senda.

Aquí es donde la vereda “oficial”, que discurre por debajo de la acequia, cruza el camino, buscando luego permanecer cerca de aquélla hasta el río. Despreciando por segunda vez -aunque sin ofender- el camino, tomaremos a la izquierda la senda.

Coronado un repechito, la senda marcha paralela a la acequia:

No es tan sugerente, pero sí mucho más cómoda, manteniendo la cota a unos metros del agua.

No es tan sugerente, pero sí mucho más cómoda, manteniendo la cota a unos metros del agua.

Conforme progresamos hacia el Sur, nos alineamos con la parte más profunda del cañón. Imposible ver el agua, en todo caso.

Conforme progresamos hacia el Sur, nos alineamos con la parte más profunda del cañón. Imposible ver el agua, en todo caso. El Cortijo del Cerrillo, de donde venimos, ha quedado arriba, dominando el paraje.

La senda va a cruzar una cresta rocosa por una vistosa puerta natural, tras la cual accedemos a una amplia explanada que sobrevuela el paraje de las Azuelas, al borde del Río Monachil, superado ya el estrechamiento del cañón:

La vereda cruza la explanada, manteniendo la distancia con la acequia, y con ella el río bastante aguas arriba.

La vereda cruza la explanada, manteniendo la distancia con la acequia, y con ella buscando el río bastante aguas arriba.

A nosotros, como nos hemos demorado algo más de la cuenta (dicen que he hecho demasiadas fotos…), esa ruta nos resulta más larga de la cuenta, así que, lamentándolo mucho, no vamos a completar la acequia, y buscaremos a la derecha una trocha que baje directamente a las Azuelas:

O sea, directamente ahí abajo.

O sea, directamente ahí abajo.

Encontramos la trocha y en pocos minutos estamos al borde del río, donde un apropiado puente colgante lo cruza entre sauces. Aprovecho para darme medio remojón en la poza del puente, y nos apresuramos a la vuelta por el fondo del desfiladero…

O sea, tal día y hora como hoy, la Gran Vía. Aquí está Giu, entre rocas y chinas de todos los tamaños.

O sea, tal día y hora como hoy, la Gran Vía. Aquí está Giu, entre rocas y chinas de todos los tamaños.

Con pesar comprobamos que el muro de cemento (que contiene un tubo/acequia) ha cedido en algún punto y amenaza desplomarse sobre el río. Y yo me pregunto ¿cómo demonios puedes sacar esos cascotes de ahí, levantar esos lienzos de hormigón, sin maquinaria -apenas cabe una persona-? ¿Habrá que picarlo en trocitos y sacarlo de a poco? ¿O se dejará el trabajo al agua y los siglos?

En el puente grande nos demoramos un rato, pues hay lista de espera para cruzar (estos recortes…). El Ayuntamiento de Monachil tendrá que considerar seriamente la posibilidad de instalar un semáforo en este punto.

Total, es el peaje de la fama. Nosotros nos vamos con nuestra acequia en la mochila. Hasta otra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s