Dehesa del Camarate

27 de Octubre de 2013

Hacía ya tres años que quería llevar a la gente al Camarate. Tres años de esperar al momento preciso del otoño para disfrutar el óptimo de este bosque de ensueño, para al final tropezar con la lluvia o los imprevistos y tener que posponerlo para el año siguiente. La “ventana de oportunidad” transcurre entre mediados de Octubre y mediados de Noviembre, y este año estaba decidido a no dejarla pasar. Al final no ha sido todo lo esplendoroso que se auguraba a principios de Octubre, pues el mes ha sido seco y caluroso en demasía, pero los que no lo conozcan podrán decir al ver las fotos: “¡Pues cómo será cuando sea esplendoroso…!”.

La finca del Camarate ha sido dehesa de reses bravas hasta hace pocos años, en que fue comprada por la Junta de Andalucía e incorporada al Parque Nacional. Los toros y sus familias se encargaron de mantener alejados a los curiosos y al bosque en perfecto estado de revista, lo que nos ha dejado como resultado el bosque caducifolio más rico y mejor conservado  de toda Andalucía Oriental. Pero vayamos por partes:

Aquí se llega desde el pueblo de Lugros, al que habremos llegado desde Purullena y tras pasar Marchal, Beas de Guadix y Polícar. Llegando a la altura de Lugros, y antes de que la carretera baje y cruce el barranco del Río Alhama, sale a la derecha, junto a unas naves ganaderas, un carril que continúa paralelo al río, por el piedemonte, hasta que se introduce en su valle un par de kilómetros más arriba. Por ahí continúa unos 4 km hasta la entrada de la finca, y si es teóricamente posible llegar hasta allí en vehículo, el mal estado del camino ¡y los problemas de aparcamiento! hacen aconsejable dejarlo junto a alguna de las vistosas alamedas de este tramo. Eso hicimos.

No es mala cosa, porque este adusto valle, absolutamente tapizado por un robusto encinar, nos va a dar el contrapunto perfecto para lo que viene luego. Sólo los álamos y algún solitario fresno rompen el predominio de las oscuras encinas.

No es mala cosa, porque este adusto valle, absolutamente tapizado por un robusto encinar, nos va a dar el contrapunto perfecto para lo que viene luego. Sólo los álamos y algún solitario fresno rompen el predominio de las oscuras encinas.

Caminamos unos dos kilómetros de ligero ascenso sin cambios significativos, si no es que la ribera del río se va enriqueciendo, y junto a álamos y fresnos aparecen los alisos y los sauces (salix alba, salix atrocinerea…), junto a espectaculares majuelos (Crataegus monogyna) y rosales silvestres. Y moreras con que saciar el gusanillo.

Llegamos así a la entrada de la finca, con una portada de obra que tuvo un torniquete permeable a las personas pero no a las bestias, hoy desmontado. Cruzamos la puerta, no diré que en silencio reverencial, que aquello parecía la Gran Vía, pero sí con emoción contenida:

Este lugar se conoce como El Horcajo del Camarate, pues es la confluencia de tres arroyos que aquí se dan cita: el propio Río Alhama por el centro, el Barranco de las Rozas por la derecha y el de Guadix por la izquierda. Entre los tres delinean un espacio llano, sombreado por una hermosa fresneda (de Fraxinus angustifolia), tras la que asoman las trazas inacabadas de lo que quiso ser una capilla o ermita, y bajo la que habitualmente había cercados con ganado.

Este lugar se conoce como El Horcajo del Camarate, pues es la confluencia de tres arroyos que aquí se dan cita: el propio Río Alhama por el centro, el Barranco de las Rozas por la derecha y el de Guadix por la izquierda. Entre los tres delinean un espacio llano, sombreado por una hermosa fresneda (de Fraxinus angustifolia), tras la que asoman las trazas inacabadas de lo que quiso ser una capilla o ermita, y bajo la que habitualmente había cercados con ganado.

Hoy no hay ganado, y es extraño, pues, aunque los toros marcharon, se quedaron sus mujeres e hijos. Creo que en estas semanas del otoño se han ido de vacaciones para no tener que soportar a los turistas. Están los fresnos más verdes de lo que cabía esperar -conociéndolos-, y por un momento temo que nos hayamos adelantado a la estación. Pero no; en cuanto el camino enfila el Barranco de las Rozas, los colores salen a recibirnos:

Estamos en el fondo de un valle estrecho y umbrío, y aquí el otoño ha hecho su trabajo. Nada que ver con la seriedad de ahí fuera.

Estamos en el fondo de un valle estrecho y umbrío, y aquí el otoño ha hecho su trabajo. Nada que ver con la seriedad de ahí fuera.

Por momentos el pasaje es húmedo y sombreado, en fuerte contraste con las llamaradas de los álamos de abajo. Pese a lo poco que ha llovido, aquí se demora el agua sobre le camino, y el aire se enfría a su contacto.

Por momentos el pasaje es húmedo y sombreado, en fuerte contraste con las llamaradas de los álamos de abajo. Pese a lo poco que ha llovido, aquí se demora el agua sobre el camino, y el aire se enfría a su contacto.

Tras unos cientos de metros de subida moderada, el camino hace una cerrada curva a la derecha, y eso va a ser como ser expulsados del paraíso (bueno, expulsados no, realojados provisionalmente por obras de mejora). Pues el camino asciende entonces por la solana, hasta una zona más despejada -y más seca- de robles y encinas. Pero así podemos observar nuestro barranco desde arriba:

Y a fé que da gusto verlo. Aquí mirando de nuevo hacia el Horcajo.

Y a fé que da gusto verlo. Aquí mirando de nuevo hacia el Horcajo, por sobre el tramo que acabamos de hacer por el fondo. Cualquiera diría que Ibarrola pasó por aquí con los botes de pintura…

¿Y qué son? Sobre el gris ceniciento de las encinas, el más rubiasco de los robles (Quercus pyrenaica), y entre ellos las manchas amarillas de los fresnos -más abajo- y los arces (Acer granatense) -más arriba-. Entre ellos los anaranjados del mostajo (Sorbus aria) y el profundo bermellón de los cerezos (Prunus avium). También aportan su granito de pigmento los majuelos, agracejos (Berberis australis), el espino cerval (Rhamnus catharticus), el Cotoneaster granatense o el endrino…

¿Y qué son? Sobre el gris ceniciento de las encinas, el más rubiasco de los robles (Quercus pyrenaica), y entre ellos las manchas amarillas de los fresnos -más abajo- y los arces (Acer granatense) -más arriba-. Entre ellos los anaranjados del mostajo (Sorbus aria) y el profundo bermellón de los cerezos (Prunus avium). También aportan su granito de pigmento los majuelos, agracejos (Berberis australis), el espino cerval (Rhamnus catharticus), el Cotoneaster granatensis o el endrino…

Tras este tramo, otra curva, ahora a la izquierda, vuelve a colocarnos mirando valle arriba:

…lo que tampoco está nada mal, pues la fiesta cromática se enriquece con algunos relieves de más enjundia.

…lo que tampoco está nada mal, pues la fiesta cromática se enriquece con algunos relieves de más enjundia.

Algunos arces junto al camino nos regalan sus transparencias doradas (algo como esto hubo de ser lo que Fëanor atesoró en los silmarils…)

Algunos arces junto al camino nos regalan sus transparencias doradas (algo como esto hubo de ser lo que Fëanor atesoró en los silmarils…)

Conforme subimos, el paisaje recupera un poco la compostura, y atravesamos una zona de robledal más puro y menos colorido:

Igualmente precioso, en todo caso.

Igualmente precioso, en todo caso.

De hecho, si pensaba que cuanto más arriba mejor, estaba equivocado; la inversión térmica funciona aquí de libro: si en el fondo del valle la umbría estalla de colores, en las zonas más altas y asoleadas se nota cuál es el verdadero cariz de este otoño un poco rácano en lluvias y fríos: arces, cerezos y mostajos verdean todavía o se tiñen de colores más apagados.

Me empeño en buscar un maguillo -manzano silvestre- que me maravilló en otra visita, pero fracaso miserablemente. No sé dónde me lo han puesto…

Entre una cosa y otra, estamos ya casi a la altura de la cresta que divide los dos arroyos. Todavía tendremos que cruzar el de las Rozas para alcanzarla.

Entre una cosa y otra, estamos ya casi a la altura de la cresta que divide los dos arroyos. Todavía tendremos que cruzar el de las Rozas para alcanzarla.

Eso no es ningún problema, pues lo hacemos por el carril -aunque esquivando a gente de diversos grupos que han venido a coincidir en ese punto. Después sigue una subida algo más pendiente hasta la divisoria, desde donde dominamos ambos valles, y encontramos una encrucijada:

A la derecha sube el carril buscando el tentadero o pequeño coso donde se probaba la casta de los toros. Lo dejaremos para otro día, y tomaremos el de la izquierda, en bajada hacia el cortijo.

A la derecha sube un carril buscando el tentadero o pequeño coso donde se probaba la casta de los toros. Lo dejaremos para otro día, y tomaremos el de la izquierda, en bajada hacia el Cortijo del Camarate, oculto por los robles del centro de la foto.

Ya lo vemos abajo, contra el telón de fondo de los cerezos de la parte alta del Río Alhama.

Ya lo vemos abajo, contra el telón de fondo de los cerezos de la parte alta del Río Alhama.

En unos minutos estamos en el Cortijo, un par de edificaciones aisladas en mitad de un extenso prado. Algunas cabras se parapetan detrás del perrillo que nos hace saber que no podemos acercarnos a ellas. Siguen ausentes las vacas; sólo una, tal vez enferma, reposa bajo los nogales:

Buenas vistas no le faltan, en todo caso…

Buenas vistas no le faltan, en todo caso…

Superamos el cortijo continuando a cota por el prado, en dirección al río. Un poco a la izquierda, en el límite del bosque, un cartel explica el lugar en que nos encontramos. Un encuentro con viejos conocidos nos demora un momento, y algunos aprovechan para abalanzarse sobre la comida. ¡Aun no, pardiez! Consigo convencer al personal de que lo mejor está por llegar, y seguimos adelante. Aunque lo hacemos por dentro de la valla de alambre que rodea el prado, para luego pasarla por un hueco, luego descubriremos que el portillo comme il faut se encontraba justo por debajo del cartel. En cualquier caso, se trata de alcanzar el camino que circula bordeando toda la parte inferior del claro…

… ya entre robles. Y de los mejores de la zona, con algún ejemplar de medio metro de anchura.

… ya entre robles. Y de los mejores de la zona, con algún ejemplar de medio metro de anchura.

Poco después dejamos atrás los árboles que no nos dejaban ver el bosque, y queda claro que la mía no era una promesa vana:

Pues el curso alto del Río Alhama se abre ante nosotros, intensamente ruborizado por nuestra presencia: cerezos, arces y mostajos le disputan la vecindad del agua a los robles, que se echan al monte…

Pues el curso alto del Río Alhama se abre ante nosotros, intensamente ruborizado por nuestra presencia: cerezos, arces y mostajos le disputan la vecindad del agua a los robles, que se echan al monte…

A partir de aquí todo es un ensueño cromático, y se suceden suaves revueltas, cada una abriendo nuevas y doradas perspectivas…

Llama la atención la variedad en el mismo tipo de árboles: hay arces altos y estilizados, y otros anchos y rotundos; los unos verdes, otros amarillos… Los mostajos están en sazón, y probaremos algún fruto, estas "peras de monte", poca cosa para comer, pero que hacen buenas mermeladas.

Llama la atención la variedad en el mismo tipo de árboles: hay arces altos y estilizados, y otros anchos y rotundos; los unos verdes, otros amarillos… Los mostajos están en sazón, y probaremos algún fruto, estas “peras de monte”, poca cosa para comer, pero que hacen buenas mermeladas.

En un cuarto de hora estamos en el río, que tras el verano y un Octubre seco, viene bastante manso:

Aunque no deja de ejercer su influjo sobre la arboleda, atrayendo a los más necesitados de humedad. Salix atrocinerea y zarzas se suma a la fiesta…

…aunque no deja de ejercer su influjo sobre la arboleda, atrayendo a los más necesitados de humedad. Salix atrocinerea y zarzas se suma a la fiesta…

En un prado a la vera del río comemos y algunos sestean. No yo, que creo que he visto una mancha anaranjada “un poco más allá”, y luego otra un poco más arriba…

Total, que me asomo a un rincón del edén…

Total, que río arriba me asomo a un rincón del edén…

… y luego a otro, ya borracho de color…

… y luego a otro, ya borracho de color…

…y acabo llegando a la confluencia de tres o cuatro barrancos, que forman una deliciosa hoya con todo el muestrario vegetal a la vista: robles, encinas, arces, mostajos, cerezos, fresnos, sauces, majuelos y agracejos y zarzas y eléboro y qué se yó. Observo algunos rascaviejas (Adenocarpus decorticans), típicos del "melojar supramediterráneo". Vale, pero ¿y por qué no un "aceral bético"? Las clasificaciones seriales no alcanzan a dar cuenta de esta variedad…

…y acabo llegando a la confluencia de tres o cuatro barrancos, que forman una deliciosa hoya con todo el muestrario vegetal a la vista: robles, encinas, arces, mostajos, cerezos, fresnos, sauces, majuelos y agracejos, madreselvas y clemátides, y zarzas y eléboro y qué se yó. Observo algunos rascaviejas (Adenocarpus decorticans), típicos del melojar supramediterráneo nevadense, que sería la serie de vegetación correspondiente a la zona (estamos a 1750 m y en terreno esquistoso). La presencia de elementos típicos de los quejigares-acerales béticos -como los propios arces- se explicaría por la existencia de suelos más ricos en bases de lo normal sobre este sustrato. En todo caso, cualquier sistemática tiene difícil dar cuenta de tanta variedad.

El final de mi deambular es esta recóndita estancia entre cerezos. Las hojas caídas reposan blandamente sobre la hierba, a la sombra parcheada de luces de las copas, que colorean de rojo y dorado el interior…

El final de mi deambular es esta recóndita estancia entre cerezos. Las hojas caídas reposan blandamente sobre la hierba, a la sombra parcheada de luces de las copas, que colorean de rojo y dorado el interior…

La hora se me echa encima, a traición y por la espalda, y vuelvo al grupo para arrastrarlos aquí para la foto. Pero, ay, en el intervalo una parejita ha tomado posesión del lugar. Nuestra entrada triunfal se convierte en prudente retirada, y nos conformamos con uno de los paraísos anteriores:

Foto oficial. Con exceso de contraluz, pero las técnicas modernas pueden con casi todo. Todo sea por los cerezos del fondo…

Foto oficial. Con exceso de contraluz, pero las técnicas modernas pueden con casi todo. Todo sea por los cerezos del fondo…

Cumplimentados los ritos, emprendemos la vuelta. El sol empieza a jugar al escondite, ya que nos ha coincidido el día con el del cambio de hora oficial, que abrevia las tardes.

Sin sol directo el bosque es menos ostentoso, más sutil. Todo son matices…

Sin sol directo el bosque es menos ostentoso, más sutil. Todo son matices…

Volvemos a atravesar la zona de los arces. Aquí tenemos tres en semáforo: verde, amarillo y rojo. El del fondo es un estupendo ejemplar, de compacta copa ovoide y gran tamaño.

Volvemos a atravesar la zona de los arces. Aquí tenemos tres en semáforo: verde, amarillo y rojo. El del fondo es un estupendo ejemplar, de compacta copa ovoide y gran tamaño para la especie.

Saliendo de la umbría, los contrastes vuelven a brillar bajo la luz rasante.

Saliendo de la umbría, los contrastes vuelven a brillar bajo la luz rasante.

Llegamos de nuevo a la zona de robles bajo el prado del Cortijo:

El atardecer dulcifica el robledal, lo hace traslúcido a nuestras espaldas…

El atardecer dulcifica el robledal, lo hace traslúcido a nuestras espaldas…

Ganamos de nuevo el Cortijo y comenzamos a remontar el carril, pero sólo unas decenas de metros. Enseguida comenzamos a ver trochas de cabras que arrancan por la derecha, rehuyendo el ascenso: son las huellas del paso de innumerables rebaños, que suelen desplazarse en paralelo a la loma desplegados por una amplia franja de terreno. De modo que escogemos una que parece más marcada, y allá que vamos, permaneciendo pues en el valle del Río Alhama, por la derecha de la loma que lo separa del de las Rozas.

Echando la vista atrás, divisamos todavía el Cortijo, y al fondo, en solysombra, la hoya de la que venimos. Podemos contar una trocha cada dos metros por arriba o por abajo de la nuestra. Lo normal es que vayan confluyendo conforme salgamos del prado y atravesemos algún punto culminante, sobre los tajos que vamos adivinando al frente y hacia abajo.

Echando la vista atrás, divisamos todavía el Cortijo, y al fondo, en solysombra, la hoya de la que venimos. Podemos contar una trocha cada dos metros por arriba o por abajo de la nuestra. Lo normal es que vayan confluyendo conforme salgamos del prado y atravesemos algún punto culminante, sobre los tajos que vamos adivinando al frente y hacia abajo.

Efectivamente las veredas se unifican por encima de una cresta rocosa bajo la que el terreno se desploma hacia el río. La amplitud de la vista y lo airoso del sitio reclaman otra foto oficial:

Al fondo, la loma que separa el Río Alhama del Arroyo de Guadix. El camino que nos llevó al río continúa por ella, y conecta eventualmente con otros carriles que vienen de Lugros.

Al fondo, la loma que separa el Río Alhama del Arroyo de Guadix. El camino que nos llevó al río continúa por ella, y conecta eventualmente con otros carriles que vienen de Lugros.

Por fin nos introducimos definitivamente en la sombra de la loma, pero iluminados por las luces multicolores de la de enfrente:

…lo que crea espectaculares contrastes.

…lo que crea espectaculares contrastes.

Hay un momento en que la vereda parece bifurcarse: se ve clara hacia abajo, buscando directamente el Horcajo; pero aguantamos sin bajar, y llaneando llegamos a un resalte al pie de una cuestecilla herbosa:

Estamos en la divisoria de la loma, y torceremos a la izquierda para dejarnos caer por esta vertiente, que es la que da al tramo inferior del Arroyo de las Rozas.

Estamos en la divisoria de la loma, y torceremos a nuestra izquierda para dejarnos caer por esa vertiente, que es la que da al tramo inferior del Arroyo de las Rozas.

La vereda es empinada y las hojas la camuflan un poco, pero es inequívoca y franca. Es la buena, vamos.

Y además, en esta sombra llena de matices, es un placer bajarla (más que subirla).

Y además, en esta sombra llena de matices, es un placer bajarla (más que subirla).

Entre la verdeante sombra, la llama de un cerezo nos ilumina…

Entre la verdeante sombra, la llama de un cerezo nos ilumina…

Ya cerca del final, los fresnos empiezan a hacerse notar, apenas amarillos. Este tenía un robusto hongo en bandolera.

Ya cerca del final, los fresnos empiezan a hacerse notar, apenas amarillos. Este tenía un robusto hongo en bandolera.

Sale la vereda justo a la primera curva que hacía el camino al subir. Sólo nos queda tomarlo hacia abajo para llegar de nuevo a la fresneda del Horcajo, y cruzar después la cancela de la finca. Estamos en el mundo real, de nuevo…

…aunque un álamo con mechas pelirrojas todavía nos recuerda lo que ha sido.

…aunque un álamo con mechas pelirrojas todavía nos recuerda lo que ha sido.

Un kilómetro y medio hasta los vehículos, luego, a casa. Qué le vamos a hacer.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s