Loma de Dílar desde Pradollano

Como que el verano no acaba de irse, seguimos buscando la altura. Ya tenía ganas de hacer la vereda que, por encima del robledal de la Dehesa de San Jerónimo, llega hasta la estación de esquí. Alcanzarla desde abajo, sin embargo, era un poco duro para un inicio de temporada, así que decidimos hacer el tramo que, desde Pradollano, lleva hasta la cabecera del Barranco de Manuel Casas. Borreguiles, piornales y unos pocos robles, sin olvidar los endemismos de esta isla geobotánica…

Exc-Loma-de-Dilar

Llegados a Pradollano, dejamos los vehículos en el aparcamiento de abajo, abierto ¡y gratuito! en estas fechas. Queriendo empezar por la vereda de menor altitud, buscamos la bajada al río sin encontrarla; decidimos entonces cruzar toda la estación por su parte inferior, hasta llegar a la zona de actividades de Mirlo Blanco, desde donde atacamos el carril que allí comienza, hacia la derecha, señalizado como circuito de bicicleta de montaña. Hemos cruzado el río Monachil sin advertirlo, pues discurre bajo nuestros pies, convenientemente entubado para que no moleste. Estamos ya, pues, en la umbría de la Loma de Dílar.

El carril asciende unos metros para luego nivelarse, momento en el que comenzamos a ganar vistas sobre el valle:

La solana del Monachil, atravesada por la carretera, y el Dornajo al fondo.

La solana del Monachil, atravesada por la carretera, y el Dornajo al fondo. Se advierten trabajos de reforestación, incluyendo una hilera de arces granatenses junto al camino.

Tomamos siempre el ramal inferior de los posibles. Atravesamos una zona de típico piornal-enebral nevadense; aquí nos encontramos con un paisano destacado:

Baetica ustulata, la chicharra de las nieves, endemismo de aquí mismo que encuentra su óptimo justo en este tipo de formaciones arbustivas.

Baetica ustulata, la chicharra de las nieves, endemismo de aquí mismo que encuentra su óptimo justo en este tipo de formaciones arbustivas.

En mitad de un llano, dejamos la pista principal por la derecha, por una vereda marcada con unas piedras. No es difícil encontrarla si hemos ido atentos a su objetivo: un amplio prado -ahora amarillo- que destaca en el ápice de la loma:

El prado desde la vereda. Al fondo, Cerro de los Poyos, Cerrajón y Dornajo.

El prado desde la vereda. Al fondo, Cerro de los Poyos, Cerrajón y Dornajo.

La vereda se interna en el prado, dejando a la izquierda una rudimentaria acequia que viene del arroyo cercano sin más propósito que irrigar el pasto. Son numerosísimas en toda la Sierra las canalizaciones que redistribuyen el agua de los barrancos llevándola a las lomas, bien para mantener frescos los prados, como en este caso, o bien como acequias de careo, que infiltran el agua en la loma para que salga, tiempo después y más abajo, en temporada seca. Me ronda la cabeza ir haciendo inventario de estas modestas pero milenarias obras de ingeniería (de cuando la ingeniería todavía colaboraba con la naturaleza).

Al fondo, el repunte de la ladera nos permite disfrutar de una panorámica amplia del valle:

Frente a nosotros, los Prados de las Yeguas, por debajo de la carretera.

Frente a nosotros, los Prados de las Yeguas, por debajo de la carretera. Al fondo y a la izquierda asoma la cabeza la cima del Huenes.

Desde este punto descubrimos la continuación de la vereda, que gira bruscamente a la izquierda para bajar una vaguada y, tras cruzar el arroyito que la recorre -arroyo de Prado Redondo-, subir del otro lado. Tras la cuestecilla, desembocamos en un amplio prado o borreguil:

Bueno, sería más bien vaquil en este caso. Las bestias toman un bocado antes de que sus pastores, al borde del llano, reúnan a algunas dispersas antes de achucharlas para abajo.

Bueno, sería más bien vaquil en este caso. Las bestias toman un bocado mientras sus pastores, al borde del llano, reúnen a algunas dispersas antes de achucharlas para abajo.

Continuamos la marcha, en bajada suave, hasta doblar la esquina de la Loma de Valdeinfierno, tras la cual comenzamos a avizorar nuestro objetivo:

Que no es otro que el robledal que llaman de la Mojonera, parte de la Dehesa de San Jerónimo. Aquí, a 2.000 m de altitud, miramos desde el piso oromediterráneo al supramediterráneo: desde el matorral almohadillado al bosque.

Que no es otro que el robledal que llaman de la Mojonera, parte de la Dehesa de San Jerónimo. A 2.000 m de altitud, estamos mirando desde el piso oromediterráneo al supramediterráneo: desde el matorral almohadillado al bosque; y buscamos justo su zona de contacto.

Pero antes, un proceloso barranco se cruza en nuestro camino:

Es el Barranco de Valdeinfierno, apurando las últimas aguas filtradas tras el deshielo.

Es el Barranco de Valdeinfierno, apurando las últimas aguas filtradas tras el deshielo.

Cruzando el barranco, nos percatamos de que algo nos sigue: una vaca y su ternero nos han tomado por sus pastores y han decidido que les llevemos a alguna parte. Advertidos por los auténticos pastores de que les mandáramos para atrás a las extraviadas, nos vemos en un brete: si seguimos andando se vienen con nosotros, y si las espantamos con lastimosa maña de urbanitas se limitan a mirarnos bovinamente (como es lógico). Al final, aceptamos el reto y nos decidimos, Giulia y yo, a pastorearlas de vuelta. Andando resueltamente hacia ellas, acaban comprendiendo que se trata de ir en dirección contraria; y allá que marchan durante un buen rato (casualmente en la parte más pendiente de la ruta, pardiez). Pero luego se deben de oler que no soy su buen pastor, y se apresuran a refugiarse junto a un bosquecillo, fuera del camino:

Hélas aquí, a la sombra de los robles más elevados del bosque. No conseguimos conectar con los pastores, así que las abandonamos a su suerte, que no parece desesperada en todo caso…

Hélas aquí, a la sombra de los robles más elevados del bosque. No conseguimos conectar con los pastores, así que las abandonamos a su suerte, que no parece desesperada en todo caso… Al menos ya no nos siguen.

Nos reintegramos al grupo, que nos ha esperado junto a una verde vaguada:

Por la senda de los escaramujos, podría decirse.

Por la senda de los escaramujos, podría decirse.

Algo más allá cruzamos el Barranco de la Genara y luego un denso piornal. Llegamos luego a un llamativo conjunto de majuelos bajo los que rezuma mansamente el agua, humedeciendo una hondonada cerrada por un mínimo murete de piedra. Unos metros más allá, un encharcado prado ocupa un rellano de la loma:

Barranco de la Genara

Tanto el prado como la hondonada parecen responder a surgencias difusas de agua, que no sé si llamar manantiales.

Un solitario sauce (atrocinerea?) bebe del encharcamiento.

Un solitario ejemplar de Salix (atrocinerea?) bebe del encharcamiento.

Ya sólo nos queda superar el altozano que hace la loma a continuación -hay que encontrar la vereda, que no es obvia desde el prado pero luego no tiene pérdida: o vas por la vereda, o no vas a ningún lado.

Desde el altozano avistamos nuestro objetivo: un solitario roble marca el comienzo de una hoya con restos de corrales donde tenemos pensado comer.

Desde el altozano avistamos nuestro objetivo: un solitario roble marca el comienzo de una hoya con restos de corrales donde tenemos pensado comer.

Unos caballos han tenido la misma idea que nosotros.

Unos caballos han tenido la misma idea que nosotros.

La hoya es una nueva verde vaguada que precede al vecino Arroyo del Maguillo. Estamos en la Loma de la Perdiz, cuya parte inferior hemos visitado en la Dehesa de San Jerónimo.

La hoya es una nueva verde vaguada que precede al vecino Arroyo del Maguillo. Estamos al borde del robledal, en la Loma de la Perdiz, cuya parte inferior hemos visitado en la Dehesa de San Jerónimo.

Y verde es, pues alguna desconocida fuente aporta el agua que encharca el prado.

Y verde es, pues alguna desconocida fuente aporta el agua que encharca el prado.

Como durante todo el camino, el cólquico (colchicum autumnale) ocupa los suelos menos encharcados. Como florece en otoño, no tiene competidoras que le disputen los insectos.

Como durante todo el camino, el cólquico (colchicum autumnale) ocupa los suelos menos encharcados. Como florece en otoño, no tiene competidoras que le disputen los insectos.

Sentamos los reales cerca de una era, pero todavía avanzamos un poco para llegar al arroyo del Maguillo, a la vuelta de la esquina como quien dice:

No diremos que sea un torrente impetuoso, pero entre sus aguas y las del Arroyo de Riscas Negras se las apañan para dar nacimiento al Barranco de Manuel Casas, uno de los ejes de la Dehesa, que muere en el Monachil casi 400 m más abajo.

No diremos que sea un torrente impetuoso, pero entre sus aguas y las del Arroyo de Riscas Negras se las apañan para dar nacimiento al Barranco de Manuel Casas, uno de los ejes de la Dehesa, que muere en el Monachil casi 400 m más abajo.

De vuelta a la vaguada, el sol y la sombra juegan al gato y al ratón entre el Cerro de los Poyos y el Dornajo.

Mientras volvemos a la vaguada, el sol y la sombra juegan al gato y al ratón entre el Cerro de los Poyos y el Dornajo.

Comemos aquí, mientras las nubes van ganando la partida al sol, tal como indicaba el pronóstico del tiempo. Dos caminantes cruzan el prado por nuestra misma vereda, ellos para subir al Collado del Pino y luego el de Matasverdes para volver a la Cortijuela, excursión muy completa pero bastante más exigente que la nuestra.

Antes de reemprender la marcha, la foto oficial.

Antes de reemprender la marcha, la foto oficial.

Tomamos el camino con cierta urgencia, pues el cielo es cada vez más amenazante. En el altozano nos vemos envueltos en un tumulto:

Debemos abrirnos camino entre un nutrido rebaño de cabras, procurando no esturrearlas ante los perentorios ladridos del mastín que las custodia. Hemos atado prudentemente a Bruno.

Debemos abrirnos camino entre un nutrido rebaño de cabras, procurando no esturrearlas ante los perentorios ladridos del mastín que las custodia. Hemos atado prudentemente a Bruno.

Toda la solana del Monachil se despliega ante nosotros, ahora a la izquierda del sentido de la marcha.

Toda la solana del Monachil se despliega ante nosotros, ahora a la izquierda del sentido de la marcha.

Volvemos a atravesar la zona más densa de piornal. Menos mal que existe la vereda, pues si no sería un suplicio atravesarlo. En la ortofoto estas lomas parecen peladas y parecerían de fácil recorrido campo a través; nada más lejos de la realidad…

Volvemos a cruzar la zona más densa de piornal. Menos mal que existe la vereda, pues si no sería un suplicio atravesarlo. En la ortofoto estas lomas se ven peladas y parecerían de fácil recorrido campo a través; nada más lejos de la realidad…

Antes de volver a atravesar el Valdeinfierno, un par de arbolitos nos llaman la atención por encima del camino. Apostando por arces me acerco para comprobar que no, que son mostajos (Sorbus aria). Empieza a chispear.

Antes de volver a atravesar el Valdeinfierno, un par de arbolitos nos llaman la atención por encima del camino. Apostando por arces me acerco para comprobar que no, que son mostajos (Sorbus aria). Empieza a chispear.

Acuciados por algunas gotas que no llegan a resolverse en chubasco, desandamos el camino hasta el prado grande en la cresta de la loma. Ahora no subimos por donde vinimos, sino que nos dejamos caer cruzando el prado para tomar la vereda inferior. Es muy cómoda en su primer tramo.

Y nos sitúa casi frente a la Estación. A su izquierda, un sinuoso torrente se abre paso entre rocas y pinos.

Y nos sitúa casi frente a la Estación. A la izquierda de ésta, un sinuoso torrente se abre paso entre rocas y pinos.

Todo lo que era comodidad se convierte de repente en complicación: de momento corta nuestra ruta un escarpado barranco lateral (que cruzamos a la ida pero más arriba y por carril). La vereda ha sufrido los rigores del clima, y atraviesa zonas de desprendimiento donde amenaza con desaparecer ladera abajo.

La vereda llega bien que mal al fondo, húmedo rincón donde prosperan algunos sauces. Pero su continuación por el otro lado brilla por su ausencia; lo que podría ser la senda parece llevar directamente a un empinadísimo terraplén de tierra fresca: los desprendimientos parecen haber sido más severos en este lado.

La vereda llega bien que mal al fondo, húmedo rincón donde prosperan algunos sauces. Pero su continuación por el otro lado brilla por su ausencia; lo que podría ser la senda parece llevar directamente a un empinadísimo terraplén de tierra fresca: los desprendimientos han sido más severos en este lado. Algo parecido sucedió hace un par de años con la de la Vegueta del Caracol, en el San Juan, que no sé si llegará a estar operativa de nuevo.

Eso nos obliga a ascender un poco más arroyo arriba y abordar su salida a una cota más alta, lo cual nos mete en un roquedo colonizado por sabinas, precioso pero truculento, antes de poder retornar a la vereda del otro lado:

Superado el roquedo, descendemos hacia la vereda.

Superado el roquedo, descendemos hacia la vereda.

Ahora más cómodamente, superamos un último collado antes de descender al Monachil.

Antes del collado, un último arroyito se adorna, como durante todo el camino, con vistosas matas de Senecio (¿qué senecio?) en flor. Hipérico y ajenjo enriquecen el herbolario.

Antes del collado, un último arroyito se adorna, como durante todo el camino, con vistosas matas de Senecio (¿qué senecio?) en flor. Hipérico y ajenjo enriquecen el herbolario.

Sin mayores problemas llegamos al río, pero el problema es cruzarlo:

Afortunadamente, el caudal es escaso. Esto en primavera debe ser bastante más imposible.

Afortunadamente, el caudal es escaso. Esto en primavera debe ser bastante más imposible.

Y al otro lado, bueno, hay restos de vereda que suben un recodo y luego se pierden. Estamos bajo la depuradora de aguas de la Estación de esquí, en un terreno incierto entre arbustos y arroyitos. Llegar a la depuradora no es difícil, pero está vallada, y con ella la carreterita que nos llevaría arriba. Optamos por rodearla por la derecha para llegar a una curva de la carretera. El terreno es pestoso: empinado, suelto y lleno de la basura sintética que produce la, por otro lado noble, actividad del esquí. Tal parece que hicieron las nuevas infraestructuras sobre la vereda tradicional, sin preocuparse de buscarle acomodo en el nuevo orden.

Como muestra del cuestarrón, un botón.

Como muestra del cuestarrón, un botón.

En fin, que conseguimos llegar a la carreterita, que en un vuelo nos pone en la de acceso a la estación, y por ella en el aparcamiento. La conclusión es que no recomendaría esta última parte de la ruta a un amigo. Pero estamos sanos, salvos y, al final, contentos. Ciao.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s