Rodeando el Arroyo de Prado Negro

El pasado 21 de Octubre el tiempo volvió a jugar al despiste, pero esta vez Teresa no se dejó amilanar y se apuntó a nuestra excursión familiar. Fuimos pues a respirar el otoño al Arroyo de Prado Negro, pensando encontrar sus choperas en su óptimo cromático…¡y vaya si lo estaban!

Echamos a andar desde la Venta del Molinillo. El suelo ha reverdecido espectacularmente desde septiembre, y los primeros chopos y fresnos ya anticipan lo que viene…

Como ya habíamos hecho el año pasado la subida por las choperas, buscaba en esta ocasión una vereda por la solana, a media ladera y por debajo del carril del Cortijo Almuéjar. De forma que pronto dejamos el fondo del valle por la derecha, por los prados que preceden al Cortijo de la Casilla.

Cortijo de la Casilla. Al fondo, Majalijar y Orduña. Los amarillos se insinúan. Caminamos hacia las ruinas que se aprecian a la derecha, por encima de las tierras rojas.

When the repente, miramos hacia el valle y…

Woah!

Nos quedamos embobados mirando, traspasados de amarillo.

Mirando el valle desde las ruinas de arriba. Por encima, en el borde superior del prado, comienza nuestra vereda.

La senda en cuestión nos lleva valle arriba pero sin subir, entre encinas, cómoda y agradable, y pronto nos regala vistas escandalosas valle arriba.

Casi todas las choperas del valle, con el Majalijar al fondo.

Los tonos del suelo corresponden a limos rojos, que junto a areniscas y conglomerados, se entreveran con las calizas. La Sierra de Huétor es punto de contacto de las zonas externas e internas de las béticas, correspondiendo esta zona a una banda del manto Maláguide que arranca desde Cogollos Vega. Más de un geólogo ha resoplado intentando comprender su complejidad.

Ajenas a la complejidad geológica, nuestras esforzadas progresan adecuadamente.

Tras pasar el barranquito que viene de Almuéjar, la vista se orienta más hacia el sur, y gozamos de amarillo y blancos al mismo tiempo.

Valle abajo. Al fondo, Sierra Nevada. La chopera es una herida luminosa en el paisaje.

Un alto en el camino.

La vereda ofrece mucho y cuesta poco. Tan solo un paso menos obvio…

…pero que no arredra a nuestro esforzado explorador de avanzadilla.

Una ventana entre las encinas nos concede un vislumbre del Cortijo de la Ermita, arquitectura rural granadina… y ermita.

Hacia arriba, el paisaje es más bravío.

Un poco más allá, nuestra vereda desemboca en el carril, cuando hace un par de revueltas para subir al Cortijo del Despeñadero. Nosotros lo tomamos hacia abajo, para llegar al arroyo. Pero antes atravesamos una zona que tuvo que ser de huertas y frutales, hoy algo desmadejada como la construcción que la preside.

Absortos ante el espectáculo de la naturaleza volviendo por sus fueros.

Todos necesitamos un poco de agua.

Por debajo de las ruinas, un pequeño regalo:

Un membrillero cuajado de frutos. Sólo con los recogidos del suelo nos aseguramos una riquísima carne de membrillo para un par de meses.

Bajo el membrillo, Lucas busca algún elfo despistado.

Por fin nos dejamos caer hacia el arroyo. Es como entrar en otro mundo.

La puerta amarilla se abre.

Y dentro es todo dorado…

Una de familia bajo los chopos.

Tan incomparable es el marco que decidimos hacer la foto oficial aquí mismo.

Foto oficial.

El arroyo está un poco más allá, al borde de los chopos. El carril lo cruza para ascender del otro lado. La última vez seguimos por sendas río arriba, para salir al prado del Cortijo del Despeñadero, pero en esta ocasión seguiremos el camino oficial (por una vez…).

El arroyo. No es un proceloso río, pero para mediados de octubre no está nada mal. Aquí son sauces y fresnos lo que predomina.

Después de cruzar, nos maravilla la paleta de colores…

No falta ningún color, y encima el sol y las nubes juegan a destacar uno u otro en cuestión de segundos.

De modo que decidimos comer aquí:

Unas se aplican a la tarea más que otros.

Bruno fue castigado un rato por ladrarle a unos pacíficos viandantes, pero luego se puso a cavar con Lucas. ¡Si consiguiéramos que lo hiciera sólo donde las trufas…! Acabado el refrigerio, seguimos camino adelante, por un amplio vallecillo lateral que nos dejará en el camino de la Fuente de los Potros a Prado Negro.

Toda la margen del arroyo está poblada de fresnos. La ladera es de encinas y quejigos, que todavía no amarillean.

A la vera del camino, un pequeño averroncho on the musgo.

Las chicas siguieron el camino, mientras Lucas y yo nos aventurábamos por un ramal del arroyo, quedando en vernos en el arranque del camino de Prado Negro, pasada el área recreativa. Un poco truculento, pero fue una ascensión interesante que te evita lo más concurrido. De todas formas, luego tuvimos que volver hacia atrás, y yo me acerqué al comienzo del carril de las Mimbres para completar las fotos de la ruta Mimbres-Linillos. En ello estaba cuando algo atrajo mi atención…

¿Qué es eso en el árbol, en el centro de la foto?

Tan absorta preparando el invierno que me dejó acercarme bastante…(haz click dentro para ampliar)

Nos quedaba volver al Molinillo. Seguimos paralelos a la carretera, pero por el fondo del valle, ascendiendo una vaguada y cruzando al fin la carretera para coger el penúltimo camino…

…que es un carril rabiosamente bermellón que sale a la izquierda de la carretera, cerrado por cadena.

Fue el único momento en que el barro nos incomodó un poco, pero el cromatismo de estos limos rojos compensaba la molestia. Nos acercamos al borde del valle que por la mañana hemos recorrido por la ladera opuesta.

Este camino es una delicia: sube y baja suavemente resiguiendo el borde de este altiplano sobre el Arroyo de Prado Negro, y viene a morir en un último repecho que alcanza una torre del tendido de alta tensión que discurre por la zona. Pero antes de ese último repecho, sale a la izquierda algo que parece una poco prometedora torrentera, pero que resulta ser la vereda que nos llevará de nuevo al fondo del valle.

Pedregosa, sí, pero por lo demás despejada y practicable.

Calculo que las ovejas que circulan por la zona son las usuarias habituales de esta senda, que se adentra en la umbría de encinas y quejigos, y nos devuelve al final a nuestro paraíso dorado…

Volvemos a estar a la altura de las choperas.

Nos queda volver a cruzar el río, pues esta margen es empinada y estrecha. La senda se desdibuja, pero no es complicado buscar sitio para cruzar. Nos encontramos a la altura de la represa de tierra que formaba aquí una balsa orillada de chopos, hoy vaciada.

¿Me concede este perro?

Ya solo queda dejarse ir por los prados de la margen izquierda, en la luz dorada de la tarde.

Piloto automático y a charlar…

Antes de llegar al Molinillo, me acerco a captar el melancólico arroyo entre sauces. Me gusta este tramo, con sugerencias de campiña inglesa… el agua casi no discurre, de puro perezosa.

Al final volvemos al punto de partida. Es como si una antorcha encendida nos indicara el sitio.

Esto fue todo. Un día glorioso en el octubre más húmedo que recuerdan los más viejos del lugar. “Espero que os haya gustado este… post, ¡chao!”

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Un pensamiento en “Rodeando el Arroyo de Prado Negro

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